FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Los tuits de Agoney | Francisco Pomares

Resulta difícil entender qué clase de rabia puede llevar a un joven con poco más de un cuarto de siglo a sus espaldas, un profesional cualificado, graduado en ADE y con dos masters académicos, contratado y bien valorado por su trabajo en una empresa solvente, con relaciones influyentes en el mundo del poder y con posibilidad de llegar muy lejos, a dejarse arrastrar a una espiral de ataques personales, descalificaciones y amenazas al hijo de una mujer a la que considera su enemiga.

Agoney es el autor de algunas de las amenazas contra el hijo de seis años de la concejala Evelyn Alonso, y de una asombrosa colección de insultos e improperios salvajes, no sólo contra Evelyn Alonso, también contra otros cargos públicos, adversarios políticos o periodistas, subidos directamente por él a su cuenta de twitter, con su nombre y apellidos, la misma que ayer, después de que se publicara la noticia de su hazaña, fue bloqueado por su propietario.

No es un caso único el de Agoney en Twitter. La red social creada por Jack Dorsey tiene mucho menos impacto del que la gente cree. A pesar de los millones de usuarios falsos, que definen y caracterizan la red del pajarito, en España no llega ni a la tercera parte de usuarios de los que tiene Facebook, ni a la mitad de los de Instagram. Pero su uso preferente por gentes que aman la actualidad –políticos, periodistas, influencers– y la facilidad para crear cuentas no identificables (se calcula que más de las tres cuartas partes son cuentas anónimas), la han convertido en una red donde se cultiva una ironía efervescente, el talento más punzante, y también se acumula la basura: en la red en la que se vierten de forma más contundente insultos, amenazas y descalificaciones, y también –y quizá por eso mismo– la red más ideologizada.

Muchos de sus hilos son un compendio de barbaridades, falsedades y venganzas personales que –en un ambiente no virtual– serían suficiente para liarse a bofetadas. Pero lo de Agoney no es eso. Lo de Agoney es una amenaza a un niño de seis años –ni se me pasa por la cabeza que pudiera pensar en cumplirla, o que deseara que otros la cumplieran– destinada sobre todo a amedrentar a su madre, para hacerle saber que su decisión de apoyar la moción de censura contra la alcaldesa Patricia Hernández podía costarle muy cara.

El joven emprendedor Agoney, un chico formado y preparado, lo que quería al amenazar a una madre utilizando a su hijo era sumarse al linchamiento colectivo al que se sometió a Evelyn Alonso para forzarla a cambiar de parecer. Y fue premiado después, tras ser presentada la denuncia contra él en los juzgados, con el puesto de coordinador de Diálogos por la Juventud y Gestión de Políticas Europeas de Juventud para la Unión Europea e Injuve, el instituto del Ministerio de Derechos Sociales. Así funciona este país.

Cuando se presentó la moción de censura en Santa Cruz escribí en esta misma tira que me parecía un error, en un momento en el que lo que había que hacer era cerrar filas frente a la devastación provocada por la enfermedad. Es la misma opinión que he manifestado sobre las censuras de Murcia y Castilla-León –ahora impulsadas por el PSOE–, sobre el adelanto por Ayuso de las elecciones en Madrid o sobre el numerito de Pablo Iglesias a lo baron noir. No comparto esas decisiones, pero no creo que se pueda insultar ni mucho menos amenazar a quienes las plantean, aunque rechace esta política cada día mucho más instrumental y cínica.

Seré un dinosaurio, pero siento como un fracaso colectivo los tuits de Agoney. El de las amenazas y todos los demás que desde ayer intenta evitar que sean leídos. Me confortaría que fuera porque ya no se sienta orgulloso de haberlos escrito…

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