FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Esta España nuestra | Salvador García Llanos

Si hay cataclismos políticos, el miércoles hubo uno en España. Raro, si se quiere, con derivaciones insospechadas, fisuras en los núcleos de fragua y ondas expansivas en territorios lejanos –pero no menos importantes- a partir del epicentro murciano. Veinticuatro horas después, los analistas discutían el sexo de las respectivas censuras según el color del cristal con que se miran, los especuladores volcaban sus deseos en forma de vaticinios hasta el punto de fabricar encuestas de opinión en menos de veinticuatro horas, algunos firmantes estaban en claro desacuerdo y los juristas desgranaban el rosario de las interpretaciones.

Tienen turno, desde luego, aún cuando de sus dictámenes, sea cual fuere su sesgo o su orientación, se va a dudar o discrepar. “Mi querida España, esta España nuestra”, que compusiera Cecilia antes de fallecer. Es sabido que esta hija de diplomático viajaba con frecuencia al extranjero y eso le permitió comparar las realidades entre países.

“¿Dónde están tus ojos?, ¿dónde están tus manos? ¿dónde tu cabeza?”, se preguntaba la autora en sus versos. “Mi querida España, esta España nueva, esta España vieja…”. Ahora esta sacudida reedita las interrogantes y hasta los adjetivos de los años setenta, cuando fue compuesta la canción, resultan válidos.

La sacudida ha sido notable, desde luego. Pero no se ciñe a los puntos de vista técnico-jurídicos. Que hay que tener en cuenta y respetar, faltaría más, que para eso, España sigue siendo un Estado de derecho. Esta, en todo caso, es una discusión que trasciende sus ámbitos y que en las coordenadas políticas suscita muchas variables.

El enfoque debe ir más allá de la partida de póker o de ajedrez con que ha sido comparado el escenario a tenor de los movimientos emprendidos por los jefes de gabinete de las respectivas presidencias de los gobiernos de España y de la Comunidad de Madrid. Si la política se reduce a eso, en plena pandemia, cuando los informativos siguen atiborrando de cifras de contagios, fallecidos e incidencias acumuladas (término epidemiológico que refleja la expansión de una enfermedad en una población y en tiempo determinado), es que atravesamos, cuando menos, una etapa de incertidumbres en la que no sabemos el lugar de los ojos, ni de las manos ni de la cabeza. Algo estamos haciendo mal.

Ni por asomo se cuestiona la moción de censura, que conste. Otra cosa es que se utilice esta figura para modificar una determinada situación política y los consiguientes cambios en las esferas del poder público. Especialmente en circunstancias como las que conocemos y que sugieren un enfoque mucho más maduro. Los políticos promotores deben ser conscientes de ello si no quieren –difícil evitarlo- que se acentúe la desafección política o que la impresión de que todos son iguales y que juegan en la pura y exclusiva defensa de sus intereses vaya agigantándose. Hay que sopesar, sí o sí, la sensación de rechazo. Por desgracia, la política de nuestros días, la España nueva, la España vieja, sigue desmotivando a mucha gente y hace un flaco favor a la convivencia democrática.

Aquí, las impresiones de prisa o de apremio se desataron en cuestión de horas y dejaron a unos cuantos boquiabiertos. Esa es otra: operaciones políticas de este calado hay que materializarlas con seguridad. La seguridad es aritmética, sobre todo. No parece que fuera un factor envolvente.

Por supuesto, los relatos de cada quien son respetables, sobre todo cuando de defenderse se trata. Pero los partidos intervinientes tienen ahora otra asignatura: tienen que valorar las consecuencias y revisar sus estrategias. Incluso buscar candidatos. Por descontado, auscultar las reacciones del electorado.

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