FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Síndrome de pico caliente | Francisco Pomares

Dicen que el que no hace ni dice nada nunca se equivoca. Y es cierto. Y también lo es que rectificar cuando uno yerra es de sabios: Blas Acosta pidió el lunes perdón por lo que dijo un par de días antes sobre la Justicia en Fuerteventura. Su invectiva contra el sistema judicial (se refería solo al de su isla) fue directa, contundente y yo diría que hasta brutal, pero no muy diferente de lo que miles de ciudadanos dicen todos los días en las barras de los bares o en ese patio de monipodio en que se han convertido las redes sociales.

La mayor parte de los ciudadanos creemos que la Justicia funciona mal, que tarda demasiado en dictar sus sentencias, y que sus señorías no son ajenas al corporativismo, la falta de diligencia o la corrupción, igual que les ocurre a los funcionarios, los médicos, los periodistas o los castradores de pollos.

Probablemente Blas Acosta debería haberse abstenido de emitir un juicio de valor sobre la Justicia, dado que está afectado por dos procedimientos judiciales que pueden concluir con él en prisión. Pero eso no quita que lo que dijo pueda ser compartido por mucha gente. Lo que le ha llevado a pedir disculpas –aparte no añadir un nuevo caso a los que ya adornan su expediente procesal– es que lo que dijo lo dijo en un espacio público. No ocurrió en una sesión institucional del Parlamento o el Cabildo, como le ocurrió a Enrique Arriaga, al que también se le fue el baifo el lunes queriendo hacer una gracieta equívoca sobre la humedad del agua de los puertos. Acosta se descolgó con unas declaraciones a Evaristo Quintana en SER Las Palmas, una emisora que se rige de acuerdo con las normas y convenciones de lo público. Y dijo lo que dijo, siendo además expresidente del Cabildo majorero, y consejero ejerciente. No era un ciudadano anónimo hablando con sus amigos, no se lo dijo al tipo al que le compra la fruta y verdura en el súper, ni fue la suya una reflexión personal en una reunión con afiliados de su partido, todos ellos ámbitos que –aún perteneciendo al espacio público–, permiten la consideración de privados.

Ocurre que en privado, nuestras opiniones se expresan con una libertad más amplia, podemos ser más agresivos, más categóricos, menos cuidadosos al expresar lo que creemos o sentimos. En privado, la mayoría de la gente se permite chascarrillos sobre la maldad congénita de los inspectores de Hacienda, la estupidez de los policías locales o la desidia de los funcionarios. En privado, mucha gente habla con un lenguaje sexista o misógino, y hace chistes sobre la incapacidad de las mujeres para aparcar y de los hombres para hacer dos cosas al mismo tiempo, o sobre el recurrente deseo de asesinar a la suegra. En privado no nos contenemos a la hora de llamar negros a los africanos más oscuros, moros a los magrebís o machupichus a los sudamericanos. La complicidad, la familiaridad con nuestros interlocutores o el sentido del humor permiten que los excesos del lenguaje privado no causen estragos ni nos retraten como imbéciles, machistas o racistas, si no lo somos. Pero la cuestión es que hoy hablamos todos mucho más de lo que se hablaba antes –y con más frecuencia que nunca– interviniendo en el espacio público, y eso requiere cierta formalidad y solemnidad, una elección cuidadosa de las palabras que usamos y una mayor precisión y corrección en lo que decimos y también en cómo lo decimos.

A Blas Acosta y Enrique Arriaga se les calentó el pico donde eso no debe ocurrir. Han hecho bien pidiendo disculpas.

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