FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | La derecha, en trance | Salvador García Llanos

Le han dicho al líder del Partido Popular (PP), Pablo Casado, que no le servirá de nada cambiar de sede si no cambia también de estrategia. Y se ha puesto en ello, aparentemente, después de la catástrofe electoral de Catalunya. Concertar con el PSOE la renovación de los órganos –el primero de ellos, el consejo de administración de Radiotelevisión Española- ha sido una primera prueba que, teóricamente, habrá de tener continuidad. Ahí está pergeñándose, en efecto, una solución racional y equilibrada –dentro de las coordenadas políticas, pacta sunt servanda- para el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Ya se verá.

Mientras tanto, Casado debe ser consciente de que su tarea prioritaria es fortalecer esa estrategia política si quiere robustecer, de paso, su liderazgo. No es que pese mucho aquella foto de Colón, de la que no ha discurrido mucho tiempo, sino que el avance de la ultraderecha y la resistencia de Ciudadanos a fusionarse o a integrarse en busca de una casa común, hacen que su papel sea escrutado cada vez con mayor fiereza, expuesto al fuego amigo que ya se sabe cómo se emplea. La sombra de otras causas judiciales, no solo la de Bárcenas, planea inquietante a la espera de resoluciones cuya materialización añade más pimienta al pote de la incertidumbre, sobre todo si profundiza en el desgaste producido.

La democracia española, en tiempos de desafección política como son los que corren, agravada por la crisis sanitaria, necesita una derecha sólida que no esté al socaire de radicalismos ocurrentes y de vaivenes que no conducen a buen puerto. Una derecha con proyecto político que forje una alternativa con mimbres propios y esté a la altura de las exigencias de nuestros días. Ya no bastan discursos sustanciados en patriotismo facilón y descalificaciones recurrentes. Se necesita, ante la amenaza constante de los populismos emergentes y de los ya consolidados, una acción creativa que rechace o destierre los revanchismos y no se entretenga en tacticismos ni disputas que, a la larga, siempre son improductivas. Precisa el conservadurismo español, identificado en el Partido Popular, dosis de pensamiento operativo avanzado y modernista. Un discurso propio, renovado. Ya van unos cuantos viajes al centro y, sin embargo, parece como estancado, a la espera de que las inyecciones liberales, si es que las aplican, surtan su efecto.

Eso significa superar los comportamientos erráticos. Seguir a remolque en el gran escenario sociopolítico de nuestro tiempo es autocondenarse a la pérdida de credibilidad, un lastre demasiado pesado para el debate y la búsqueda de alternativas. España necesita instituciones estables, una sociedad cívicamente saludable que vaya arrinconando corrupción, demagogia y propaganda malsana, despilfarradora y descontrolada. Los agentes sociales, partidos políticos, profesionales, empresas, sindicatos y universidades esperan proyectos políticos serios, bien fundamentados, viables, que abran camino en medio de las incertidumbres que nos azotan. El PP tiene su modelo, de acuerdo, pero ha de hacerse mirar (para sobrepasarla) su erosión política, sobre todo porque no todo depende de la pujanza económica que está por ver y gestionar adecuadamente.

La derecha, en trance. Ardua tarea para Casado. Para el líder y para el equipo, más allá de los poderes influyentes. Que sigue habiéndolos, por cierto. Y está demostrado que van a lo suyo.

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