FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Acoso inasumible a Cruz Roja | Salvador García Llanos

Leemos que miembros de la Cruz Roja han optado en algunos lugares de Canarias por esconder su chaleco identificativo, por guardar el uniforme en el maletero de su vehículo cuando antes lo tenían al alcance en el asiento del copiloto y por retirar las pegatinas que acreditaban su condición de voluntario. Tal es el grado de acoso que los cruzrojistas sufren desde hace meses por atender a los migrantes que llegan a las costas de la islas.

El subdirector de Inclusión Social de la institución, José Javier Sánchez Espinosa, ha reconocido que es más prudente que lleven el uniforme solo cuando sea necesario, “con todos los incidentes que hay fuera a raíz del acoso racista”. Por su lado, Belén Viloria, directora de Comunicación de Cruz Roja es bastante explícita: “Llevamos un año dejándonos la piel en Canarias y la tensión ha ido creciendo. Es muy simbólico que la gente tenga que quitarse el uniforme para protegerse, porque también se ha convertido en un objetivo de la política radical”.

Hechos y testimonios significativos de esa extraña e impensable deriva del fenómeno migratorio en las islas. ¡Quién diría que Cruz Roja iba a padecer las reacciones y los brotes de xenofobia y radicalismo que han surgido! Contrarrestados, eso sí, por manifestaciones y pruebas de solidaridad que hacen efectiva la tradicional hospitalidad y comprensión de los canarios.

Se quejan desde la institución del acoso y de las críticas infundamentadas y desproporcionadas que reciben sus componentes de forma presencial en los lugares de recepción de embarcaciones y de concentración de los migrantes, incluso desde algunos sectores mediáticos y redes sociales. El presidente de Cruz Roja en Canarias, Antonio Rico, ha constatado ese acoso en forma de gritos, reproches y algunos incidentes. “¡Cruz Roja criminal!”, han llegado a escuchar. O esta otra frase: “¡Fuera de aquí, vendidos!”.

Parece increíble pero esa es la realidad. Escenas que corroboran la impresión de que la sociedad, o una parte de ella, está enferma. Seguro que las hay más delicadas y más complicadas. Es una pérdida de valores constante si no se es capaz de comprender el trabajo y la dedicación de quienes han decidido ayudar y prestar su colaboración, en su inmensa mayoría de forma desinteresada. Claro que afectan los hechos a la moral de quienes ya tienen temor a lucir su uniforme en público. Los más veteranos seguros que estarán experimentando esta inasumible involución, aquellos que gozaron del respeto y del afecto de otras instituciones y de la ciudadanía en general estarán que no saben qué decir ni hacer.

El caso es que el recelo y los reproches caracterizan la presencia de cruzrojistas allí donde radican los núcleos de la que parece ser una escalada racista. Los discursos de odio y exclusión están haciendo mucho daño, máxime si tienen amplificación mediática en ciertos sectores sociales, de ahí que esas iniciativas que tratan de contrarrestarlos sean bienvenidas y apreciadas.

Cruz Roja, ya lo hemos escrito en alguna ocasión, merece respeto. Su historia, su trayectoria, su predisposición, su pericia y sus despliegues, su desprendimiento y su generosidad, son acreedores de que su trabajo sea tenido en cuenta. Ese acoso, esos insultos, esas descalificaciones y esos infundios que muchos de sus miembros vienen recibiendo en Canarias durante los últimos meses, en actitud claramente ofensiva, deben ser reprobados.

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