FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Anular a los desinformadores | Salvador García Llanos

El profesor emérito de la Kent State University (Estados Unidos), Thomas J. Froehlich, escribe en su obra ‘Diez lecciones para la era de la desinformación’, que “la información y la desinformación no están equilibradas. Insistir en que los dos lados valen lo mismo es caer en una equivalencia falsa. Aunque puede haber dos lados en cada historia, cada lado no tiene el mismo apoyo ni la misma base”.

La conclusión, según un trabajo que publica el sitio digital maldita.es, es que cuando se enfrentan la información y la desinformación, concederles la misma importancia es un error peligroso. El enfoque de dicho trabajo se orienta desde la idea de que hacer buen periodismo no significa dar voz a los dos lados. Lo que deben hacer los medios es contar los datos y las evidencias y destapar las mentiras pues el periodismo tiene una responsabilidad en cómo realiza la verificación: no se le puede dar voz al que difunde el bulo y, mucho menos, ponerlo al mismo nivel que el que lo desmiente con datos, hechos y conocimiento basado en la evidencias científicas y fuentes contrastadas.

Se pone como ejemplo el hecho de entrevistar primero a un difusor de patrañas y luego a científicos especializados. Ello significa poner a las dos partes al mismo nivel en la argumentación, dando a la primera un peso que no merece, y ahí sí, dando más relieve a sus infundios o paparruchas. Y esto no solo sucede con la ciencia, también pasa en otros ámbitos como la política o los derechos sociales. Además, si los desinformadores aparecen en un medio de comunicación consolidado en vez de en sus redes sociales consiguen dar una sensación de seriedad que no se merecen sus desinformaciones y que puede provocar que alguien acabe creyéndose sus mentiras.

Atentos porque seguramente estamos ante un salto cualitativo en el modo de hacer periodismo. Para maldita.es, “los desinformadores se fijan como objetivo llegar a los medios de comunicación para aprovecharse de su capacidad de difundir mensajes”. A los mentirosos no les importa abrirse paso y lanzar sin cesar sus especies con tal de captar cada vez mayor cantidad de público. Los bulos circulan con facilidad en sitios anónimos de internet o en redes sociales, “tratan de avanzar por espacios cada vez con más audiencia y su verdadero éxito se consigue si logran alcanzar los medios de comunicación”.

Entonces, la alternativa es el fact-checking o los verificadores de hechos. Es el mejor antídoto para los difusores de desinformación, a quienes no hay que conceder tribunas ni pantallas ni micrófonos para que intoxiquen. Existen varios estudios e investigaciones científicas que acreditan que esas correcciones funcionan.

Hay quienes dudan de la eficacia del fact checking. Plantean que cuando se explica a alguien que se ha creído una patraña, en realidad se está ayudando a confirmar sus creencias y que por lo tanto la verificación puede resultar contraproducente. Pero, de nuevo, hay evidencia académica disponible que apunta a lo contrario. El texto de maldita.es sobre el que trabajamos precisa que en un experimento llevado a cabo hace cinco años alrededor de esta idea del sesgo de confirmación fue sometida a ocho mil cien personas sujetas a verificaciones aplicadas a políticos sobre treinta y seis asuntos diferentes. Solo una de estas provocó que se desencadenara un efecto contraproducente. La conclusión de los investigadores fue que «en general, los ciudadanos prestan atención a la información fáctica, incluso cuando dicha información desafía sus compromisos partidistas e ideológicos».

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