FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | El eco de Fuerteventura | Francisco Pomares

Sandra Domínguez dio ayer la espantada y presentó en el registro del Parlamento su solicitud de abandonar el grupo Nueva Canarias. Sandra está bastante enfadada con Román Rodríguez, y lo está por la negativa de Román a permitir un cambio en la presidencia del Cabildo en Fuerteventura. Es la respuesta de la presidenta de Asambleas Municipales a que Román quiera imponerse a la mayoría del grupo insular NC-AMF, contraria a mantener el pacto con el PSOE en la isla.

Sandra esperaba cándidamente que Román no boicoteara el recambio de Blas Acosta, una moción de censura contra otra moción de censura, que cuenta sobre el papel con votos más que suficientes para prosperar: los siete consejeros de Coalición, los cuatro del PP y los dos de AMF que iban en las listas de NC-AMF. Lo que pasa es que la ley de Cabildos mantiene algunas rémoras curiosas en materia de mociones de censura, y una de ellas es que sólo quienes encabezan las otras, pueden ser candidatos en una censura.

Por supuesto, pueden renunciar y dar paso al siguiente y al otro y al otro, pero eso es lo que Alejando Moreno anunció ayer que no piensa hacer, rompiendo el acuerdo de que las decisiones del grupo NC-AMF se adoptarían por mayoría de sus consejeros. Román pretende obstaculizar la censura pero al hacerlo rompe a su vez con los compromisos adquiridos con sus socios majoreros.

Que Alejandro Moreno no se preste a la censura no la evita: la oposición a Acosta cuenta con 13 de los 23 consejeros del Cabildo majorero. Pero Román necesita escenificar que hace todo lo que está en su mano para evitar que Acosta sea censurado, y que el PSOE se la devuelva en Gran Canaria. Es algo más bien teatral, porque la única persona que aún puede evitar la censura a Blas Acosta es el propio Blas Acosta, un hombre hábil y con los escrúpulos justos, que desde el primer día que supo la que se le venía encima, está trabajando en la recomposición de una mayoría alternativa con el partido del Marqués de La Oliva, intentando romper la unidad del PP.

Acosta intenta seducir con cargos y canonjías a dos de los cuatro consejeros de la tribu de María Australia Navarro, a los que ofrece su futura incorporación al partido de González Arroyo y familia, con mando en plaza. Si algo logra parar la censura en Fuerteventura serán las habilidades de Acosta y no las de Román y su pupilo local.

Lo que sí ha logrado Román ha sido precipitar la decisión de Sandra Domínguez de mudar su escaño desde el grupo Nueva Canarias al de no adscritos. Una decisión que provocó ayer histeria de alta intensidad en el Parlamento. Se trata de un exceso: el eco de lo que ocurra en Fuerteventura puede provocar un efecto dominó local, debilitará el peso de Román en el Parlamento, y restará poder local al PSOE.

Pero es muy difícil que tumbe al Gobierno. Ni está claro que Domínguez quiera hacerlo, ni mucho menos que en esa operación cuente con el apoyo de los diputados de Ciudadanos y mucho menos del de Curbelo, imprescindible. Para cambiar el Gobierno ni salen las cuentas ni parece que haya demasiadas ganas con la que está cayendo. Y si las hubiera, resulta que Torres cuenta con un botón nuclear, que es el de adelantar las elecciones si le aprietan. La reforma del Estatuto le permite hacerlo. Y no creo que se lo pensara dos veces si fuera necesario.

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