FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Suspender la Navidad | Francisco Pomares

????????????????????????????????????

Entre la tiranía de lo políticamente correcto y las trampas del lenguaje, cada vez es más difícil escuchar o leer propuestas que de verdad pretendan algo. Obsesionados por el equilibrio, la equidistancia y el temor a la ofensa, el lenguaje se ha ido convirtiendo en una herramienta completamente inútil para cambiar el mundo: ahora las únicas revoluciones que se hacen se hacen cambiando el lenguaje, para que las mismas cosas se signen y digan de otra forma. Y encima nos creemos que eso es un gran invento de la modernidad.

No lo es: los humanos llevamos cambiando nuestras palabras y la forma de presentarlas para adaptarlas a lo que puede ser asumido por los demás casi desde que empezamos a hablar. En los inicios de la cultura, esa fue una tarea reservada a chamanes, brujos y sacerdotes. Ahora es manejo de asesores, propagandistas y vendedores de humo. Y cada vez es algo más generalizado.

Aunque es cierto que solo las dictaduras han logrado la unanimidad necesaria para hacer prosperar las falsedades más gordas solo cambiando su denominación: a la ausencia de democracia, la llamas democracia orgánica, y sigue siendo ausencia de democracia, aunque suena mejor.

A la falta de libertad la defines como unidad, y te sacas el carné de prócer de forma instantánea. Al asesinato político lo defines como justicia y puedes escribir tratados de Derecho. A la miseria que todo y a todos contagia la denominas igualdad, y te aplaude el pueblo. Al miedo a los otros lo llamas patriotismo y acabas gobernando un país. A la cobardía intelectual la presentas como respeto a las opiniones ajenas, y se te aplaude por tolerante. Al descontrol sobre la pandemia lo consideras un esfuerzo de coordinación y tienes ya muchos números para ser nombrado responsable de algo.

El lenguaje es un arma extraordinaria, pero no para cambiar o mejorar las cosas, sino para hacer que –pareciendo distintas– sigan lampedusianamente iguales. Por siempre. En fin, que me gustaría poder decir las cosas de tal forma que fuera posible que todo el mundo entendiera lo que realmente quiero decir. Pero soy hijo de un tiempo en el que hablamos una común lengua de Babel que nos impide entender lo que queremos de verdad decirnos.

Por eso, porque prefiero sucumbir por mis propias palabras a convertirlas en un juego de tópicos y sombras, aunque llegue tarde, aunque no sirva ya de mucho, quiero hablar claro y sumarme a esas voces que dicen lo que muchos probablemente piensan pero callan: que la única manera de evitar un inicio de año de desastres acumulados, UCI desbordadas, miles de muertos y una economía aún más deshecha, es suspendiendo esta concreta Navidad. Respetando el aviso de las dos últimas mutaciones, reduciendo las opciones de contagio, olvidándonos de la fiesta del consumo, renunciando a los encuentros familiares, apretando los dientes en un confinamiento voluntario, aprendiendo de la soledad y de la compañía cotidiana, resistiendo la tentación de actuar como si nada pasara, exigiendo a quienes nos mandan la adopción de medidas más drásticas, más seguras, más severas. Pidiéndoles que este año no haya Navidad. Que se suspenda. Y que se haga ya. Para que miles de personas puedan seguir vivas el próximo año.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario