FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Mutaciones | Francisco Pomares

La nueva variante del coronavirus detectada en el sureste de Reino Unido, más contagiosa pero no más grave que la cepa de origen, ha sido localizada también en Gibraltar, disparando la alarma sobre la posibilidad de una transmisión rápida a España.

En realidad, las autoridades sanitarias españolas no han localizado aún la nueva cepa británica en nuestro territorio, pero eso no significa en absoluto que no esté. Es posible que su presencia sea detectada en las próximas horas en entornos próximos a turistas o viajeros británicos. Si algo ha vuelto a recordarnos esta pandemia es que los virus no se detienen nunca en las líneas que marcan los hombres sobre los mapas: pueden tardar más en saltar de un país a otro si se reduce entre ellos la circulación de personas, pero siempre acaban pasando. Por eso, tampoco la tardía decisión de España y Portugal para evitar llegadas de viajeros de Reino Unido garantiza que la nueva cepa vaya a quedarse fuera de nuestras fronteras.

El Gobierno de Reino Unido reconocía ayer la detección de contagios de la nueva variante en Dinamarca, Países Bajos, Italia, Australia y Gibraltar. Y saltaba la sorpresa al saberse que los casos de la mutación detectada en Sudáfrica no son realmente de origen británico, sino que responden a una variante sudafricana autóctona y muy similar a la inglesa, también más infecciosa pero probablemente no más mortífera que la cepa más difundida.

La OMS confirmaba ayer la información facilitada por Reino Unido, constatando que su cepa es hasta un 70 por ciento más contagiosa, igual que la sudafricana, aunque no existen pruebas de que pueda ser más dañina o que no responda ante la vacuna.

Hace falta tiempo para determinar los efectos epidemiológicos de esa mayor capacidad de contagio, pero es evidente que –como mínimo- implican el riesgo de una extensión más rápida de la enfermedad y de una mayor saturación de los centros de atención sanitaria. Y a esa preocupación se añade el hecho –reconocido por la OMS también ayer– de que este coronavirus muta más velozmente que el de la gripe. No es una sorpresa: a mayor capacidad de contagio, mayor posibilidad de mutación, aunque las mutaciones no siempre deberían ser más dañinas, por mucho que sean esas las que ahora nos atormenten.

De hecho, es frecuente que se produzcan mutaciones benignas. Ocurrirá. Pero también habrá otras que sin ser necesariamente más dañinas puedan no ser tratables con la vacuna actual. Eso ya ocurre con la gripe estacional, que requiere de dos formulaciones de la vacuna cada año: una para el mes de octubre, que es cuando se vacuna en el hemisferio norte, y otra para el mes de mayo, para vacunar en el hemisferio sur. De momento, las mutaciones detectadas hasta ahora no han demostrado resistencia a la vacuna, y eso es una muy buena noticia.

También lo es que el miedo a los efectos de la enfermedad comience a ser mayor que el rechazo a la vacunación: en todo el planeta parece aumentar el número de personas decididas a vacunarse en cuanto puedan hacerlo. Los datos en España son muy significativos: una de cada tres personas –el 28 por ciento del total– rechazan aún vacunarse, pero hace apenas unas semanas, era una de cada dos personas las que se negaban a ser vacunadas: el 47 por ciento. Es cuestión de tiempo que una mayoría aplastante reclame ser vacunada. El problema será contar con vacunas suficientes para todo el planeta.

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