FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Recuperar la concordia | Francisco Pomares

La pandemia continúa su crecimiento fuera de control, mientras la nueva cepa del sureste inglés –hasta tres veces más contagiosa, según las autoridades sanitarias británicas– provoca reacciones desiguales de los distintos países europeos. Mientras la mayoría de ellos –incluso la república de Irlanda– ha optado por distintas modalidades de cierre preventivo de las fronteras con Reino Unido, España se mantiene en la indefinición.

Parece que nuestro país está más preparado para hacer feroces diagnósticos públicos sobre las causas de nuestros problemas, que para aportar medidas que los solucionen. Más preparado para la crítica política destructiva, que para la gestión de los asuntos ciudadanos.

La política sigue instalada en la crispación y el sectarismo, justo en el momento de mayor gravedad de la crisis sanitaria, que ya es también económica. A los partidos y líderes políticos les resulta más fácil intercambiar dicterios que adoptar decisiones o proponer medidas.

En la política que se hace hoy, centrada no en convencer al que piensa distinto a nosotros, o en escuchar sus razones, sino en jalear al público propio y seguro, los debates parlamentarios se convierten en una sarta de descalificaciones destinadas a buscar el aplauso de los más proclives, y dentro de ese grupo, siempre de los más radicalizados. La aparición de nuevos partidos –en las izquierdas y derechas extremas– rompió la tendencia natural a querer ocupar el espacio central de la política, sustituyéndola por la búsqueda de lo que se sitúa en los extremos.

El PSOE, un partido que durante años formó parte del paisaje de este país reivindicando la moderación socialdemócrata y logró gobernar ocupando el centro del tablero, se ha redefinido como la izquierda, en una sorprendente y acomplejada necesidad de posicionarse frente a la izquierda comunista, un espacio en el que campa Podemos a sus anchas. Esa operación llevó en la pasada legislatura –con la sorprendente complicidad de Albert Ribera, un líder infantilizado y engreído, ya retirado del patio político– a calificar al que era el socio natural del PSOE –Ciudadanos– como “un partido ultraderechista”, en una de las operaciones más torpes jamás vistas en este país. Aunque es de justicia reconocer que tampoco desde la derecha se han hecho bien las cosas, en absoluto: la foto de Colón presentando a todas las formaciones a la izquierda del PSOE bajo el mismo paraguas fue una gigantesca insensatez. Dio alas a la operación de Iglesias para cerrar un acuerdo permanente de la izquierda con los grupos nacionalistas e independentistas.

Hoy la política que se hace en España está lastrada por un relato falsario que divide y fracciona a la sociedad española en dos mitades irreconciliables. Es el relato que logró prosperar en Cataluña, trasladado ahora a lo ideológico. Ese recurso constante al litigio y el enfrentamiento –agigantado por el efecto corrosivo de las redes– se lleva por delante los consensos que han permitido la más larga y próspera etapa de convivencia entre españoles en los tiempos modernos. El maximalismo, la política del rencor, la determinación de convertir al adversario en enemigo y destruirlo después nos acercan a los modos y hábitos del viejo laberinto español, aquel en el que si no eras de los míos, acababas siendo candidato al cementerio.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario