FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Puertas cerradas | Francisco Pomares

La Laguna era ayer la cuarta ciudad española con mayor incidencia acumulada de contagios. Con 443 casos por cada cien mil habitantes, los datos son hoy muy superiores a los que se produjeron en cualquier momento de la pandemia durante el pasado confinamiento, muy superiores a los del peor momento vivido en Las Palmas de Gran Canaria durante el verano, muy superior a todo lo esperable tras las medidas de los últimos meses.

Y Santa Cruz no va a la zaga: hace sólo una semana ocupaba el número 51 en la lista de contagios en grandes ciudades. Ayer era la octava, con 357 contagios por cien mil habitantes. Ambas ciudades, Santa Cruz y La Laguna, distorsionan los datos del conjunto de Tenerife, provocando una media de 214 casos por cien mil en los últimos 14 días.

Una cifra de contagios superior a la nacional, y que además manifiesta una tendencia al crecimiento superior al 60 por ciento en las últimas dos semanas. Y también los muertos siguen sumando, por más que esa fatiga de pandemia a la que se refieren los psicólogos haya logrado que normalicemos una situación absolutamente anormal.

Con esos datos, es difícil no aplaudir las medidas del Consejo de Gobierno. El cierre de las entradas y salidas a la isla de Tenerife, que entrará en vigor mañana por la noche y durará al menos hasta quince días después, es de un simbolismo brutal: se ha querido presentar esa decisión como un mecanismo de protección para los tinerfeños, pero no lo es.

Lo que persigue es proteger al resto de los canarios de la expansión de la situación descontrolada que hay en Tenerife, y de la que ayer el presidente del Cabildo, muy enfadado, responsabilizaba a los propios ciudadanos. Pedro Martín tiene toda la razón: la pandemia se extiende básicamente porque los tinerfeños incumplimos las recomendaciones sanitarias. Por supuesto que las administraciones han cometido y cometen errores, pero la responsabilidad última de los contagios es sin duda colectiva.

No estamos en los primeros días de esta enfermedad, cuando no sabíamos a lo que nos enfrentábamos. Ahora sabemos cuáles son las cautelas que hay que mantener, las precauciones a adoptar, y hay decenas de miles de personas que no las mantienen, especialmente de puertas para adentro.
En general, se cumplen las medidas públicas para evitar sanciones o el rechazo social. Pero en la intimidad de hogares y los centros de trabajo todo se relaja.

Uno se pregunta si el adelanto del toque de queda a las diez de la noche, o la prohibición de que haya más de seis personas en las reuniones familiares, o todas esas medidas sobre aforo en centros comerciales y transporte, o de suspensión de actos multitudinarios, o de limitar voluntariamente los movimientos entre municipios, serán suficiente para controlar el impacto de la enfermedad. Personalmente, tengo mis dudas.

Creo que sería razonable pedir el confinamiento de todas aquellas personas que no sean imprescindibles para la actividad económica, los mayores y los jóvenes, fundamentalmente en las dos grandes ciudades. Y actuar con contundencia ejemplar en las sanciones.

Mejor eso que esperar a un incremento exponencial de los contagios, después de esta Navidad absurda, cuando ya estamos a las puertas de la campaña de vacunación más esperada de la Historia.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario