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VIAJES | Oporto, tierra de navegantes (del Miño al Duero)

Faro de Leça, Oporto

EBFNoticias | Willy Sloe Gin |

Recorridos tantos kilómetros por la cornisa cantábrica y poniendo rumbo al sur después de bordear Galicia, no tengo por menos que contar algo de lo sentido en tierras portuguesas. Entre Oporto y Lisboa.

Como siempre con mi R 1200 R. Lo mismo hubiera dado otro modelo siempre que fuera BMW… En momentos ciertamente bajos recuerdo aquella complicidad total con aquella moto.

A eso de las ocho de la mañana dejé Villagarcía para, costeando, cruzar la desembocadura del Miño como Dios dispusiera y así entrar en Portugal. Varios faros me esperan. De todos, quizá sea el de Cabo Silleiro cerca de Bayona, el más bello.

Pegado a una carretera estrecha, en una atalaya olvidada e invisible para tanto coche y a un tiempo consuelo para tanto pesquero, se alza Silleiro. Navega su Luz  estas costas tan traicioneras como las dejadas atrás ayer mismo.

Es el final de este río la primera cicatriz que cose o dibuja la piel de Portugal. Llegarán luego el Duero y el Tajo. Costurones mezclados con agua salada y dulce. Heridas sin sangre que parten el país en tres…

Nazare, sur de Oporto.

Pasado Montedor, su faro y su gato*, continúo viaje hacia Oporto. Voy en busca de su farol, el de San Miguel, y de su historia. Historia escrita por marinos de otras épocas. Marinos nacidos aquí mismo…

A eso de las tres entro en la tierra de Fernando de Magallanes. Se respiran por acá aires marineros y antiguos, plenos de sal. Aventuras y peligros mezclados con la necesidad de conocer lugares lejanos.

Lugares en los que además de arriesgar dineros propios o prestados, se ponía en juego la vida de todo aquel que osaba aventurarse en aquellas singladuras sin vuelta, las más de las veces.

Con veinticinco años se enroló Magallanes en ‘La Armada de la India’. Conoció Asia y sus mares. Pero no eran especias ni aromas orientales lo que andaba buscando este aventurero. Aun así, en aquella escuadra, aprendió el arte de la navegación.

Aprendió de artillería y de vendavales navegando hacia Buena Esperanza, el Índico, Filipinas, Macao y otros tantos puertos del Lejano Oriente. Pero su intención era otra. Circunnavegar el Globo. Partir desde la Península hacia Poniente, bordear Cabo de Hornos y cruzando el Mar del Sur, arribar a Filipinas. Ya bordearía luego el Cabo de Buena Esperanza, esta vez en sentido contrario, para trepar la Costa de África y pasado el Estrecho, volver a Portugal.

Faro de Montedol.

Si no resulta fácil, sin duda por cuestiones burocráticas, entrar en Portugal en moto, no quiero pensar lo que debió ser abandonar el país al mando de cinco naves con un destino incierto. Sencillamente era imposible.

Debido al Tratado de Tordesillas*, las aguas del Atlántico pertenecían casi en su totalidad al Reino de Castilla. (No haré comentarios sobre semejante paradoja). Fue éste y no otro, el motivo por el que Magallanes se trasladó a Sevilla, puerto desde el que partían las expediciones al Nuevo Mundo.

Expediciones amparadas por un Dios común y protegidas por leyes dictadas en tierras de secano que gobernarían cientos de miles de millas de agua. Un Nuevo Mundo partido por una linde invisible que no sólo separaba España de Portugal, sino que dividió el mundo por la mitad.

Tampoco estaban exentas estas expediciones de problemas económicos, o lo que es lo mismo, que andaban todas raquíticas en lo que a financiación se trataba.

Por fin consiguieron zarpar del Puerto de Sevilla cinco naos. La Trinidad, la Victoria, el San Antonio, la Concepción y el Santiago. Y de allá hacia la desembocadura del Guadalquivir, a Sanlúcar de Barrameda. Cádiz con el infinito enfrente. Como siempre. Antes y ahora.

Willy en Nazaré

Doscientos dieciséis hombres componían las tripulaciones de las cinco naves. Hombres en su mayoría vascos, gallegos, portugueses y aunque parezca extraño, algún griego que otro. De Guetaria era el piloto de la Victoria, Juan Sebastián Elcano. Uno de los dieciocho que consiguió volver a España tras tres años de viaje. No sería posible entender la historia de la navegación sin tener presente esta expedición, sus logros y sus descubrimientos.

Un primero de noviembre se adentraron por canales de agua salada, muy al sur de las Américas y así evitar el Cabo de Hornos. Consiguieron de Este a Oeste atravesar el continente. Del Océano Atlántico al Mar del Sur.

Ya cambiarían más tarde los nombres de aquel estrecho y de aquel mar, al pintar rutas y derrotas en nuevas cartas náuticas. El Estrecho de Todos los Santos pasó a llamarse el de Magallanes y aquel Mar del Sur, se llama desde entonces Océano Pacífico.

Mas fatigas estaban por venir antes de que alcanzaran Las Molucas primero y luego las Islas Filipinas. Tres meses para alcanzar las Molucas desde el continente. Tres meses de hambre, rebeliones y escorbuto.

Cabo Silleiro (Galicia)

Hambre saciada malamente a base de ratas compradas, cuero seco o todo lo que en aquel infierno fuera masticable. Rebeliones zanjadas con condenas a muerte o al abandono del amotinado en la primera isla que vieran por babor o estribor. Y aquella enfermedad que engordaba las encías para primero, esconder los dientes y luego regarlos por aquellas cubiertas.

“La galleta que comíamos ya no era más pan sino un polvo lleno de gusanos que habían devorado toda su sustancia. Además, tenía un olor fétido insoportable porque estaba impregnada de orina de ratas. El agua que bebíamos era pútrida y hedionda. Por no morir de hambre, nos hemos visto obligados a comer los trozos de cuero que cubrían el mástil mayor a fin de que las cuerdas no se estropeen contra la madera… Muy a menudo, estábamos reducidos a alimentarnos de aserrín; y las ratas, tan repugnantes para el hombre, se habían vuelto un alimento tan buscado, que se pagaba hasta medio ducado por cada una de ellas… Y no era todo. Nuestra más grande desgracia llegó cuando nos vimos atacados por una especie de enfermedad que nos inflaba las mandíbulas hasta que nuestros dientes quedaban escondidos…”. Antonio Pigafetta, cronista de la expedición

En Filipinas murió Fernando de Magallanes. Desde allá, rumbo el Índico, tomo el mando Elcano. Navegó en la Victoria hacia el Cabo de Buena Esperanza, para cruzado éste, trepar la costa de Africa, saltar el Estrecho de Gibraltar y volver a Casa.

Ando pensando en toda esta historia soñando la mar desde la falda del farol de San Miguel. Con la mirada perdida en ese horizonte que conducía al Nuevo Mundo. Recordando a marinos portugueses y españoles.

Comprendí entonces que no empezó aquí la aventura, que lo hizo en España, en Cádiz, en Sanlúcar. Aventureros que partieron buscando nuevas rutas, nuevos mundos. Rutas nacidas en el Sur de España. Rutas andaluzas y gaditanas…

*El gato de Montedor.

Tuve que pasar más tiempo del debido en el Faro de Montedor. Habitado por el farero, su familia y un gato sin dueño que por allí andaba. Se subió al asiento de la moto y no hubo forma de bajarlo hasta que le di una latita de pate de atún que pensaba comerme en la siguiente parada. Allá se quedó relamiéndose los bigotes con mi aperitivo.

*El Tratado de Tordesillas

Compromiso suscrito en la localidad de Tordesillas el 7 de junio de 1494[1] entre Isabel y Fernando, reyes de Castilla y de Aragón y Juan II de Portugal, en virtud del cual se estableció un reparto de las zonas de navegación y conquista del Océano Atlántico y del Nuevo Mundo mediante un meridiano situado 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde a fin de evitar conflictos de intereses entre la Monarquía Hispánica y el reino de Portugal.

BMW R 1200

 

@willysloegin @entremapasycandiles

 

 

 

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