FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Fiel y eficaz segundo | Salvador García Llanos

Juan Alberto Martín FOTO: Captura de una entrevista en RTVC en 2010

La mejor cualidad de Juan Alberto Martín Martín, fallecido ayer, era la tolerancia. Un político al que criticaron a veces con crueldad en sus distintas responsabilidades públicas. Asistió en primera fila al nacimiento de la autonomía canaria, a la que accedió desde el Cabildo Insular en el que fue consejero después de las elecciones locales de 1979, tras la fusión del Partido Socialista Popular (PSP), en el que militaba, con el Partido Socialista Obrero Español. Era licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, funcionario público. Fue de los primeros que se ocupó de la organización de la maquinaria administrativa autonómica, cuando casi todo estaba por hacer.

Se lo llevó Jerónimo Saavedra –junto al secretario particular, Julio Martín- al primer gobierno autónomo, como vicepresidente y consejero de Industria. También compartía afanes en la vicesecretaría general del PSC-PSOE, cuando en sus órganos regionales se debatían cosas tan serias como el Estatuto de Autonomía, la creación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, el modelo de adhesión de Canarias a la entonces Comunidad Económica Europea o la Ley de Aguas.

Juan Alberto, un palmero de los auténticos, fue un fiel y eficaz segundo en todas esas tareas. Nunca aspiró a más. Al contrario, dio la cara por Saavedra cuando empezaron a llover las críticas por el atribuido sesgo canarión de aquel ejecutivo que se tomó muy en serio la modernización y la vertebración del archipiélago pero que no acertó con la gestualidad. Ni siquiera con una decisión de calado como fue aquel impuesto a los carburantes, obra suya, con una finalidad recaudatoria clara: mitigar el déficit que las islas sufrían en infraestructura educativa.

Y cuando tocó pasar a la oposición, le correspondió la portavocía del Grupo Parlamentario Socialista Canario, ejercida junto a Augusto Brito, con quien se encerraba para redactar proposiciones de ley –aún se recuerdan sus manuscritos, de excelente caligrafía- y las interpelaciones para fiscalizar la acción del Gobierno. Su ejercicio fue cabal, equilibrado, procurando llevar en la cámara la iniciativa política.

No sería brillante Juan Alberto Martín en las lides políticas o parlamentarias pero la tenacidad con que se empleaba le permitió superar muchas veces a sus adversarios. El tiempo le otorgaba la razón. Estuvo presente en varios procesos de negociación y defendía las posiciones con paciencia y habilidad. Su alto sentido de la responsabilidad institucional le hacía distinguir el sentido partidista del interés general.

Cuando Saavedra fue investido presidente por segunda vez selló su lealtad con un escueto abrazo. Sabía que no estaría en el Gobierno pero era otra prueba de su confianza. Hasta que tomó posesión, permaneció a su lado, sugiriendo pormenores para afrontar una nueva etapa gubernamental que se presumía fuerte y estable. Pero el hormigón tenía aluminosis.

Ya con un ejecutivo de otro signo, se incorporó, en su condición de funcionario público, a un gabinete de estudios en el que fue volcando su experiencia y conocimientos hasta que llegó la oportunidad de presidir la Zona Especial Canaria (ZEC), la cual impulsó para afrontar los retos y los cambios que habría de experimentar la economía canaria, ya con una dimensión internacional que habría de ganarse progresivamente.

Ni siquiera jubilado ni cuando enfermó, se alejó Juan Alberto Martín de la política que contemplaba desde fuera con la comodidad que le proporcionaba la veteranía. Ironizaba con las declaraciones y gestos de los actores sociales, sobre todo en algunas mociones de censura en las instituciones locales. Pasaba de las pugnas intestinas y cuando advertía las contradicciones, meneaba la cabeza y prefería seguir con otras cosas. Por ejemplo, con la Fundación Pedro García Cabrera, en la que se empeñó en dotarla de pluralismo y espíritu participativo parea cualificar la actividad política y cultural de la isla.

Siempre sin ánimo de protagonismo ni de postureo. Los fieles y eficaces segundos no los necesitan para acreditar su valía.

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