FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Secretario general | Francisco Pomares

Fernando Clavijo se convirtió ayer en secretario general de CC, tras ser votado telemáticamente por una amplia mayoría de los 330 compromisarios que participaron en el VII Congreso. Desde luego que Clavijo ganara abrumadoramente una elección que nadie se prestó a disputarle no constituye mucha sorpresa.

La elección estaba asegurada, pacientemente cocinada desde hacía meses, y retrasada varias veces por la pandemia, a la espera de que el congreso pudiera celebrarse con mayor lucimiento mediático. No ha podido ser: Clavijo se convierte en el principal responsable orgánico de su partido en un congreso celebrado a través de las cámaras de los ordenadores y dispositivos. Un congreso tan aburrido que hasta más del diez por ciento de los compromisarios se abstuvieron de votar.

La situación a la que se enfrentan tanto su partido como Clavijo es muy distinta a la que Coalición se enfrentaba al finalizar el Congreso anterior. Ahora, a pesar de un moderado crecimiento del voto en las últimas elecciones, ha perdido el Gobierno, ha perdido todos los Cabildos en los que gobernaba, y ha perdido la mayoría de los ayuntamientos importantes de las islas.

Prácticamente, los nacionalistas fueron desalojados de todas partes donde dejaron de tener mayoría absoluta, en una operación coordinada por toda la izquierda y en la que contaron en muchos lugares con la entusiasta colaboración del PP y parte de Cs, actuando ambos en abierto desacato de las instrucciones recibidas.

Podría argüirse que después de un cuarto de siglo instalados en la mayoría de las instituciones, con su candidato a la presidencia –el propio Clavijo– arrinconado por la fiscalía, y el país entero iniciando un ciclo político izquierdista, era razonable esperar que la continuidad en el poder de Coalición provocara tanto rechazo entre el resto de las fuerzas que finalmente se pusieran de acuerdo para sacarla de todas partes. Probablemente haya ocurrido así, aunque resulta chocante la participación activa del PP de Asier Antona y de los entonces díscolos de Cs, Matilde Zambudio y Enrique Arriaga. La moción de censura a Patricia Hernández y la recuperación de Santa Cruz ha equilibrado algo la situación, pero las operaciones para recuperar La Palma y Lanzarote o el Gobierno regional ni han prosperado ni parece que puedan hacerlo. Clavijo asume el mando de Coalición sin grandes expectativas, sin estar en el Parlamento de Canarias –renunció a su acta de diputado para ser nombrado senador y sacar el caso gruas de la órbita de la Audiencia Provincial, donde parecía perdido– y en la peor situación económica y social.

Hace falta tener muchas ganas para dirigir un partido en tan penosas condiciones. Probablemente a Clavijo no le falten, y quienes le han votado confíen en él como la mejor opción posible. Pero el tiempo no pasa en balde: Clavijo no supone ya la posibilidad de renovación del nacionalismo empantanado por los excesos del paulinato. Es un político que perdió la presidencia después de perder unas elecciones, que aún tiene abierta una causa judicial y que no cuenta con muchos aliados ni en la derecha ni en la izquierda. Si espera volver a ser algún día presidente, tendrá que reinventarse él mismo, y reinventar un nacionalismo que Román Rodríguez y Rivero fraccionaron en dos mitades irreconciliables. Es esa es una tarea compleja, quizá imposible.

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