FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | De los secretarios del príncipe | Francisco Pomares

Hay quien se ha sorprendido del informe del secretario del Ayuntamiento de Arona, que ha impedido que Mena sea considerado no adscrito por haber cursado una carta al PSOE, oponiéndose a la expulsión del partido, al tiempo que endosa esa misma consideración –la de no adscrito- a su oponente, Luis García, que no hizo lo propio.

La decisión del secretario se me antoja claramente contraria a las normas vigentes sobre transfuguismo, unas normas chapuceras y muy restrictivas de los derechos políticos de los cargos públicos electos, a los que se convierte en marionetas dirigidas por los partidos. Pero esa no es ahora la cuestión. Si lo es una interpretación torticera –no me atrevo a asegurar que prevaricadora- de un secretario que en estos meses ha demostrado una evidente empatía con Mena y sus decisiones.

Por eso no debiera extrañar este penúltimo capítulo de la saga de Capuletos y Montescos en que se ha convertido el culebrón protagonizado por políticos y empresarios (ahora con esta variante secretarial) del PSOE de Arona. Nicola Macchiavelli, que no era veronés, sino florentino, dedicó el capítulo 22 de su obra más conocida –‘El Príncipe’- a glosar las características que debe tener un buen secretario, y de cómo la elección de un buen secretario define el carácter y capacidad de su príncipe. Dice don Nicola: “No es punto carente de importancia la elección de los secretarios, que será buena o mala según la cordura del príncipe.

La primera opinión que se tiene del juicio de un príncipe se funda en los hombres que lo rodean: si son capaces y fieles, podrá reputárselo por sabio, pues supo hallarlos capaces y mantenerlos fieles; pero cuando no lo son, no podrá considerarse prudente a un príncipe que el primer error que comete lo comete en esta elección…”

Y sigue: “porque con tal que un príncipe tenga el suficiente discernimiento para darse cuenta de lo bueno o malo que hace y dice, reconocerá, aunque de por sí no las descubra, cuáles son las obras buenas y cuáles las malas de un secretario y podrá corregir éstas y elogiar las otras; y el secretario, que no podrá confiar en engañarlo, se conservará honesto y fiel. Para conocer a un secretario hay un modo que no falla nunca.

Cuando se ve que piensa más en él que en uno y que en todo no busca sino su provecho, estamos en presencia de un ministro que nunca será bueno y en quien el príncipe nunca podrá confiar. Porque el que tiene en sus manos el Estado de otro jamás debe pensar en sí mismo, sino en el príncipe, y no recordarle sino las cosas que pertenezcan a él.

Por su parte, el príncipe, para mantenerlo constante en su fidelidad, debe pensar en su secretario: debe honrarlo, enriquecerlo y colmarlo de cargos, de manera que comprenda que no puede estar sin él, y que los muchos honores no le hagan desear más honores, las muchas riquezas no le hagan ansiar más riquezas y los muchos cargos le hagan temer los cambios políticos. Cuando los secretarios, y los príncipes con respecto a ellos proceden de tal forma, pueden confiar unos en otros; pero cuando proceden de otro modo, las consecuencias son perjudiciales tanto para unos como para otros.”

Pues eso, si el florentino viviera hoy y se pasara por Arona, pensaría sin duda que el alcalde Mena es un hombre ilustrado, lector de los clásicos y entendido en secretos, secretarías y secretarios. Sabe perfectamente cómo proceder, lo que debe hacerse y como y cuando.

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