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OPINIÓN | «¿Y usted cómo se llama? ¡Maradona!» | Salvador García Llanos

-¿Y cómo es míster?

La primera referencia que tuvimos de Diego Armando Maradona fue de Olimpio Romero, quien fuera entrenador del Tenerife –en aquella época, ayudante de Manolo Sanchís- de Puerto Cruz, Toscal, Tenisca, Lanzarote y otros equipos canarios. Olimpio se había ido a Argentina, con el presidente López Gómez, a ver el Mundial del 78, a buscar jugadores, a sondear el mercado.

Estamos en Radio Popular de Tenerife, haciendo el inolvidable ‘Radio Deportes’, a las dos y media de la tarde. A su regreso, Olimpio cuenta su experiencia. Al final, el director técnico argentino, César Luis Menotti, había dejado fuera a Maradona, entonces con 17 años. Pero su figura ya emergía. Olimpio Romero dejó entrever entonces sus apreciaciones sobre el que había de ser, años después, genio del fútbol mundial.

-¿Y cómo es míster?

Recordamos, a grandes rasgos, su respuesta. Le había visto en entrenos y algún amistoso. Sobresalía, pese a ser juvenil. Más o menos literal:

“Es rapídísimo conduciendo la pelota. Una zurda que maneja con facilidad pasmosa. Solo entiende el fútbol vertical. Regate y desborde, lo tiene todo para desequilibrar. Un poco tragón. ¡Le hacen más faltas!…”.

Romero recomendó a López Gómez que le fichara, aunque el club no pudiera incorporar extranjeros. “Pague veinte o treinta millones (pesetas), que luego lo venderá en más, seguro”, echó el resto Romero con tal de persuadir a su presidente. Aquella descripción del técnico era un anticipo de un estilo singular que admiraríamos sin reservas, que se paseó por España e Italia, hasta volver a nuestro país, antes de regresar a Argentina.

Precisamente, en enero de 1993, jugando con el Sevilla, visitó el Heliodoro. Presenciamos aquel encuentro, al que también acudió Jerónimo Saavedra, presidente del Gobierno de Canarias. Bilardo entrenaba al equipo hispalense, en el que jugaba Simeone. Y en el Tenerife, dirigido por Valdano y Cappa, ya brillaba Fernando Redondo, junto a Dertycia, Castillo y Pizzi. Había mucho de argentinismo en aquel duelo al que los medios españoles dedicaron especial atención. Recaudación récord (unos cincuenta y cinco millones de pesetas), bronca en la cancha, muchas tarjetas, una de ellas para Maradona que, en medio de un pique clásico argentino, reclamaba insistentemente una falta de Redondo. Subió la tensión hasta que el árbitro terminó expulsando al jugador del Sevilla que abandonó la cancha en medio de un auténtico escándalo.

Otro tipo de escándalo le acompañó dentro y fuera las canchas a Diego Armando Maradona, fallecido ayer en Buenos Aires. Una verdadera conmoción social y mediática. La dimensión universal del astro argentino ha estado más que contrastada. Brilló allí donde pudo lucir sus virtudes. Que no eran pocas. Fue el futbolista arquetipo del individualismo; al que se le consentía todo, por cierto. Y el individualista es genial, espontáneo. Cuando controlaba o se desmarcaba, podía hacerse una pregunta que terminó enquistándose: ¿a ver qué inventa? En una ocasión, hasta la mano de Dios.

Claro que hay una parte oscura de su desempeño: la camorra napolitana le captó. La tentación fue superior y la FIFA terminó sancionándole, cuando la analítica detecto efedrina. No era el mejor ejemplo para los jóvenes, para los profesionales del balón, aunque en su país le siguieran adorando, le elevaran a la categoría de mito. Intentó refugiarse en las trinchera ideológicas para recuperarse. Tuvo ayudas pero Diego ya se había perdido para la causa. Su aspecto físico de los últimos años dejó mucho que desear. Algunos episodios de los que constan imágenes ponen de manifiesto su deterioro físico.

Hay quien que se queda con la mejor versión futbolística, la que provocó aquella petición del relator Víctor Hugo Morales, cuando lloró narrando aquel espectacular gol a Inglaterra en México. “Ta-ta-ta… Barrilete cósmico, de qué planeta viniste…Gracias Dios por permitirme contarlo”, registró Víctor Hugo.

Otro uruguayo ilustre, el escritor Eduardo Galeano, le definió como “acorralado por la gloria”, en su obra El fútbol, a sol y sombra. Estaba agobiado por el peso de su propio personaje. “Necesito que me necesiten”, fue otra de sus frases, la que aportaba como un regate más de su repertorio.

Y nosotros fuimos testigos de esa dimensión universal cuando en la isla asistimos, hace una década más o menos, al interrogatorio de identificación de los subsaharianos que habían llegado en un cayuco. El funcionario hizo lo que con todos los internados que no disponían de papeles o documentos y preguntó:

-Usted, ¿cómo se llama?

“¡Maradona!”, respondió aquel joven de color. Quién sabe si la pasión futbolera o su memoria solo conservaban aquel apellido en castellano cuando emprendió la aventura en busca de la tierra de promisión.

Dicen que fue el mejor de la historia del fútbol. Ayer lloraba su pérdida. Pero el mito pervive.

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