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VIAJES | La Costa de la Muerte: Entre las Islas Sisargas y Finisterre

FOTOS: Guillermo Ariza

EBFNoticias | Guillermo Ariza | 

Ya varado en tierra, por poco tiempo espero, retomo alguna etapa anterior a otros tantos viajes que me han llevado por Europa, África, Asia…. No por más antiguos menos auténticos.

Y vuelvo a aquella BMW R 1200 R que tanto me ha acompañado. Viajes que no se hacen en solitario sino con joyas vestidas en ‘boxer’, nobles y salvajes a un tiempo…

Como soy un romántico y un enamorado de estos motores que te cimbrean, (los refrigerados por aire más que los refrigerados por agua), a cada golpe de acelerador, reproduzco lo escrito hace ya algún tiempo por tierras gallegas. No hubiera sido lo mismo, insisto, sin la ‘compaña’ de esta moto que parece pensada para todo tipo de carreteras.

Estaca de Bares

Mucho se quedó atrás y mucho más me traje para envidia sana y absurda de tanto ‘artista’. Y como siempre, mereció la pena…

Nadie ha sido capaz de delimitar la extensión de la Costa de la Muerte. Si unos quieren ser principio o final, otros andan ansiosos por declinar semejante honor y que no se asocie el nombre de sus pueblos a esta porción de costa, que ya con su nombre no augura nada bueno.

Algunos dicen que al Este tiene su comienzo en las Sisargas (Grande y Chica), y que al Suroeste encuentra su final en el Cabo de Finisterre. Tampoco se ponen de acuerdo los coruñeses con el significado de esta inmensa extensión de agua.

En una misma aldea te topas con explicaciones variopintas, todas verosímiles, todas ciertas o falsas, todas mágicas. Tanto como son estas tierras. Tierras que se bañan cercanas a estas aguas traicioneras.

Carril

Antes de las Sisargas alcanzas Malpica de Bergantiños. De allí nace la primera explicación o leyenda, según quien mire o escuche.
Piratas, pero piratas de tierra, resultaron ser los de Malpica.

Que la necesidad aguza el ingenio y no iban a ser éstos menos espabilados en el arte de subsistir en este infierno de mares arbolados.
Embolaban a sus bueyes con antorchas de paja y brea para así atraer hacia sus escolleras a tanto desgraciado perdido en la mar. Huérfanos de sus tierras y de sus familias.

Hombres a los que despertaba la luz, el miedo, la melancolía y el cansancio.
Hombres que se dormirían en la oscuridad, el pavor, el llanto y el agotamiento.

Cabo Silleiro

Engañados por los destellos de aquellos cuernos mansos intentaban huir de la zozobra, sin saber que aquellas luces asesinas y bastardas, les conducían a una muerte segura.

Y de eso comían los de Malpica… Del engaño y de la maldad. O quizá de su misma hambre y miseria. ¡Quién sabe!
Lo cierto es que esta curiosa forma de piratería en tierra, se extendió por toda la costa.

Piratas sin honor, sin riesgo. Bucaneros carentes de romanticismo. Aves carroñeras, hienas alimentadas por el miedo de sus presas.
Acechaban y perseguían hombres, que si no acababan muriendo por sus ardides era porque llevaban tiempo muertos en sus barcos.
Siempre fue más difícil ayudar que dar la puntilla… De esto saben mucho las gentes de Cádiz.

Embudo

Se ríen de sí mismos, pero no dudan poner en suerte sus vidas si alguien, allá afuera, ha perdido el Norte. Cuestión de luz. Supongo…
Quizá sólo existan dos lugares en la península tan llenos de desgracias. La Costa de la Muerte y el estrecho de Gibraltar.

Algo tendrá que ver que, entre estas dos provincias, La Coruña y Cádiz, haya el mismo número de faros que en el resto de Poniente.
Y por fin, Finisterre. Fin del mundo para todo descendiente de los celtas.
Antes de conocerse el Camino de Santiago, tenía ganado su nombre y fama el Camino de las Estrellas. Moría en Finisterre.

Camino alternativo, pleno de ocultismo y creencias paganas y no por ello menos auténtico del que acaba en Compostela. Rezuma magia desde su mismo nombre.

Y su Cabo… Un antes y un después, un morir para seguir viviendo.

Balcón hacia el infinito. Antesala de aquel campo santo azul. Salto hacia lo desconocido, hacia lo incomprensible.
Será todo lo anterior lo que da nombre a esta costa. Hubieran podido llamarla la de la vida, la del tránsito.

Pero se hubieran quedado los gallegos sin su metáfora, sin lo indefinible. No hubiera importado…

Lariño

Piratas de Malpica, náufragos y mares de leva (arbolados), caminos sin más luz que sus estrellas. Quizá todo sea más sencillo.

Basta mirar hacia la mar desde cualquier faro para entender la cercanía de lo inmenso. Basta mirar su cielo para ver tantas estrellas como en cualquier otro. Basta con bucear en sus tradiciones para sentirse embajador de las propias.
Resulta accesorio ensalzar con historias y leyendas mezcladas, lugares hermanos en belleza.

La expectativa puede conducir al desconcierto. Y sin duda a la decepción.
Nada hubiera sido lo mismo sin la R 1200 R…

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