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VIAJES | Fin de año en el Sáhara con la BMW 1200 RS

EBFNoticias | Guillermo Ariza | Acabado hace pocos días aquel otro viaje que me llevó a Italia en busca de sus faros, me surgió nuevamente otra aventura. Historias inesperadas y recurrentes que me hacen pensar que no está mal planteada la ‘ruta’.

En esta ocasión se trata de recorrer Marruecos en nueve días, pasando Año Nuevo en el desierto. No suena mal la copla… Y desde el desierto estoy escribiendo esta crónica.

Primera entrega plena de contrastes. No es menor el hecho de que en esta ocasión viajo acompañado, cosa por otro lado desconocida para mí, que siempre me han pertenecido rutas y soledades…. Vienen conmigo otras cinco motos que casualmente son todas GS’s.

Al saber de la ruta y cerciorarme de la ausencia de pistas, caminos de tierra, de cabras y demás monsergas, opto por una moto que me ha acompañado en viajes anteriores. Moto con tantas virtudes que necesitaría alguna que otra resma para poder enumerarlas, la R 1200 RS. Y así, como el que no quiere la cosa y con mi nueva compañera, añado algún contraste más a tanto kilómetro.

Sin tener la polivalencia de la GS, se comporta magníficamente por cada una de las carreteras que venimos agarrando. Basta con ajustar los mapas de motor y suspensión para disfrutar tanto en autopistas, (ciertamente escasas), puertos de montaña, carreteras secundarias e interminables que te conducen al desierto, como en pistas suaves que te adentran en sus dunas.
De este modo empieza esta historia.

Con dos pequeños contrastes a la espera de lo que se me viene encima. Porque son otros, mucho más profundos los que aguardan a cualquier viajero que se adentre en estas tierras, tan próximas y lejanas a un tiempo.
Cultura milenaria y sabia mezclada con el abandono y desprotección de las más de sus gentes. Carencias cimentadas sobre tres pilares. Social, económico y cultural. Todo para sustentar desigualdades inmensas y separadas por pocos metros. Palacios, mezquitas, hoteles y ‘riads’ de lujo arropados por las casas de tantos, que ni ventanas tienen.

                    Es en las grandes ciudades donde este abismo se 
                      hace más patente. Tánger, Rabat, Marrakech…

Probablemente sea esta última el paradigma de la diferencia, de la contradicción, del contraste.

Ciudad majestuosa, moderna y al unísono, poseedora de la plaza más caótica, bella y ancestral que pueda imaginarse. Fundada por los almorávides hace ya tanto y que sigue manteniendo el mismo pulso de antaño. La plaza Jamaa El Fna. Chiringuitos, encantadores de serpientes, músicos y cientos de mendigos… Todo empapado en olor a incienso, sándalo y mil especias difícilmente descriptibles. Plaza anclada en el pasado. Poseedora de una magia sólo rota por las carreras de algunos ciclomotores que la profanan sin misericordia. Es Jamaa El Fna Patrimonio de la Humanidad.

Es, ya entrada la noche, cuando estas tierras te transportan a tiempos anteriores. Aquellos, que los que estamos al otro lado del estrecho, conocemos bien.
Almohades, Almorávides, las Tribus Bereberes del Gran Atlas…, crisol de caracteres unidos por fuerza y que diferencian norte y sur como lo hace la forma de entender la vida del árabe y del bereber. Parece ser esto la historia y realidad actual de Marruecos. Ciertamente son estos pueblos bien distintos. No podrá entenderse este país sin participar de éste, su mayor contraste.
Pertenece el pueblo Bereber al desierto, o quizá sea el desierto del pueblo Bereber. Seguramente tanta inmensidad ha hecho a estas gentes unos seres amabilísimos, hospitalarios, entrañables, orgullosos y ciertamente pobres. Parece recurrente pensar que la riqueza se queda en el norte como en el sur el arte.

Todo lo plasman y entienden en sus tres verdades, Oasis, Tierra y Cielo. Y así son los colores de su bandera. Probablemente sea el amarillo el color con el que más se identifican. El color de su desierto. Porque este mar infinito de arena es suyo.

Mañana, sin prisa como dicen ellos, partiremos hacia el norte. Algo de uno se quedará aquí y mucho más nos llevaremos. De regreso a mi casa en Zahara de los Atunes, miraré hacia el Estrecho, hacia Marruecos de otra forma. Lo haré acordándome de algún niño diciéndonos adiós desde el borde de estas carreteras solitarias…

De Merzouga a Tánger. Camino de Al-Andalus

Ya sentado en mi casa de Zahara de los Atunes, con esa tranquilidad que te proporciona mirar la mar desde el otro lado y saber que lo vivido más allá del estrecho se quedará grabado en uno para siempre, parece haber llegado el momento de intentar poner en orden tanta historia, tanta magia…
La premura y también la imposibilidad de mandar aquella primera crónica a tiempo, hicieron que muchas cosas se quedaran en el tintero.

Aun así, recuerdo con un inmenso cariño aquel treinta y uno de diciembre. Mezcla poderosa de bereberes rodeando hogueras, de arenas imposibles y de mi negación absoluta para poder enviar aquel primer apunte. Ahora es fácil enviarlo, pero no tiene aquel misterio.

Aquel, fue en el Atlas du Sable, en los dominios de Alí el Cojo. Verdadera institución para moteros y para viajeros que, como yo, hemos vuelto del Sahara con su amistad a cuestas. Será quizás porque algunos buscamos ‘duendes’ que se han subido a nuestras motos sin haber sido invitados. Duendes que sin ellos, todo estaría al alcance de cualquiera y no es el caso.

Me impresionó, y así lo conté en la anterior entrega, los mil contrastes vistos y vividos. Pueblos opuestos, razas distintas, paisajes contradictorios. Todo dividido a sangre por esa espada sarracena que no es otra cosa que el Gran Atlas.

Difícil se hace definir una jornada que arranca en Marrakech, crece en el Col du Tichka, bañado en nieve y acaba en Ait Benaiddou, en pleno desierto.

Mucho podría contarse de estas gentes del sur, bereberes tocados en azules bellísimos. Personajes, personas que te lo dan todo, que nada te piden. Que te regalan su amistad sin esperar la tuya a cambio. Tan grandes como el desierto en el que viven, tan inmensos como sus sonrisas… Envueltos en azul turquesa. Cielo que me he traído para Andalucía. Amigos ciertos. Azules que no hacen otra cosa que engrandecer su historia y su belleza.

(Los bereberes constituyen importantes porcentajes de población en países como Marruecos o Argelia. Su población es cada vez más reducida, a medida que muchos de ellos adoptan la lengua y la cultura de los árabes. Al igual que éstos, su religión es el Islam; sin embargo, son menos ortodoxos y sus ritos, algunos de ellos animistas, provienen de religiones preislámicas y paganas. La mayoría vive en zonas rurales y habita en tiendas o chozas de barro; los bereberes que viven en poblaciones más grandes habitan en casas de piedra. Sus ocupaciones tradicionales son la cría de ganado, principalmente ovejas, y la agricultura, actividad a la que se dedican cada vez más.

Otras actividades son: la molienda de harina y la fabricación de piedras de molino, la talla en madera, la elaboración de utensilios domésticos, herramientas de campo, cerámica, joyería y artículos de piel. El pueblo bereber habita en el norte de África desde tiempo inmemorial. Las primeras referencias datan del 3000 a.C. y aparecen con frecuencia en antiguos documentos egipcios, griegos y romanos. Durante muchos siglos ocuparon la costa norteafricana, denominada Berbería (topónimo que de hecho proviene de la palabra ‘bereber’), donde permanecieron hasta el siglo VII d.C., cuando los árabes conquistaron esta zona y expulsaron a la mayoría de sus habitantes hacia el interior, en concreto hacia la cordillera del Atlas y algunas zonas del desierto del Sahara.

Después de la conquista árabe, los bereberes se convirtieron al Islam, religión de sus nuevos gobernantes. A principios del siglo VIII, en el 711, los musulmanes invadieron la península Ibérica acaudillados por el bereber Tarik ibn Ziyad, hecho que supuso el fin del poder visigodo en España. Los invasores, en su mayoría bereberes dirigidos por árabes, conquistaron casi todo el territorio peninsular.)

Dejados atrás desiertos y páramos, volvimos a cruzar el Atlas camino de Fez, esta vez más a Levante. Y trepando hacia el norte te invade una nostalgia desconocida. Nostalgia que se ha embarcado en la moto, (como aquellos duendes) y que ni a tortas la bajas. Tristeza que se te viene encima cuando eres consciente de que el viaje se está acabando.

Llegando a Fez

Paraíso árabe donde lo dejado atrás no existe. Allá nos codujo por su Medina un guía, del norte por supuesto, que resultó ser una amalgama perfecta entre Jack el Destripador y el cochero de Drácula. Poderoso aspecto.
¡Qué decir de esta Medina! Callejones ciegos a la vera de curtidurías con olores imposibles. Mercados donde pescados de antaño conviven con carnicerías presididas por alguna cabeza de camello sin ojos y con medio metro de lengua colgando. Un encanto.
Tengo que mencionar a la fuerza el paradigma de la tienda. Garito anclado en este mercado ‘de antes’. Mostrador insolente que expone no menos de veinte dentaduras postizas. Todas relucientes.

Lo peor viene cuando te enteras que son para alquilarlas, que por allí aparece el árabe, se la ‘calza’ y si le viene bien, se la lleva un viernes para devolverla un lunes. Luego de ‘jartarse” de tayines, cuscuses y hariras. En fin, un asco.

Muchos me han preguntado a mi vuelta por el viaje, que si mereció la pena. Sin duda. Hay que hacerlo y lo tenemos a la vuelta de la esquina. Y hay que hacerlo en moto. Que es la única forma que nos queda de disfrutar como se hacía antaño, intensamente.

Seis BMW’s, seis personas increíbles, diez días inolvidables. (Aunque algún motero temerario se subiera a un camello por babor y del mismo impulso aterrizara por estribor para sorna de bereberes y cristianos de Al Andalus).

Mi agradecimiento a todos ellos. Luís, Manuel, Roberto, Chema, Aritz, Hassan, Ana , Claudia, Alí el Cojo y tantos amigos que allí nos esperan.

Cuántas estupideces se curan viajando…

 

Desierto del Sahara. Un enero cualquiera…

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