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ENTREVISTA | Vicente Zapata: «Los canarios nos merecemos algo más que ser meros espectadores ante las migraciones»

Vicente Zapata

El director académico del Observatorio de la Inmigración y profesor de la ULL analiza la realidad y las reacciones sociales en las islas al fenómeno migratorio que se ha reactivado

EBFNoticias | Tachi Izquierdo | Vicente Zapata es el director académico del Observatorio de la Inmigración de Tenerife. Además, es profesor titular de Geografía Humana de la Universidad de La Laguna y su participación en proyectos y programas de carácter social y asociativo en el Archipiélago ha aportado su experiencia y conocimientos al servicio de las instituciones.

Conocer el punto de vista del profesor Zapata, en esta nueva crisis migratoria como la que se está protagonizando en las islas, es una obligación, pues este fenómeno requiere de reflexiones pausadas en las que se pueda conjugar propuestas y soluciones para las personas que están llegando a las islas.

También es necesario hacer un poco de autocrítica, pues esta sociedad ya no es la misma que recibía al flujo de inmigrantes hace ahora casi una década. Hemos cambiado como sociedad y también lo hemos hecho a nivel individual, contando también a nuestro alcance con herramientas que amplifican los mensajes, como las redes sociales, donde ha quedado patente, que no solo una parte de la ciudadanía está en contra de la llegada de estas personas, sino que, también una parte de los representantes públicos aportan más sombra que luz a esta problemática.

Cada día arriban a las costas canarias centenares de jóvenes africanos, mujeres, hombres y también niños, que buscan un mundo mejor. Ese es el errático propósito de un viaje que empieza tierra adentro, más cargado de sueños que de certidumbres.

En este año, en este convulso 2020, contagiado de un virus que impide muchas otras acciones, como un mejor control de los movimientos migratorios, ya son más de 5.000 las personas que han llegado, afortunadamente a Canarias, puesto que la cifra de los que se han quedado en el mar, son una terrible suposición.

Esta no es ni la primera, ni será la última crisis migratoria que afecte a Canarias. La del año 2006 se saldó con más de 31.000 personas que llegaron al Archipiélago a bordo de todo tipo de embarcaciones. Comparado con aquella experiencia, ¿cómo calificaría la actual situación migratoria?

Este es un fenómeno que es estructural, lo que significa que seguirá acompañándonos durante  muchísimo tiempo. Desde 1994 tenemos las primeras llegadas de pateras registradas y luego vinieron los barcos chatarra, los cayucos e incluso las embarcaciones de goma. Llegan con mayor frecuencia en ciertas épocas del año, aprovechando el momento propicio para que esos traslados se lleven a cabo. Estamos ahora en una etapa de intensificación, que se ha alineado con la pandemia y con la dificultad para gestionar los flujos migratorios en territorios como Canarias, que es muy limitado y que, habitualmente, tiene buenas comunicaciones con la Península, pero ahora hay muchas dificultades para facilitar que estas personas sigan su periplo migratorio. Hay una intensificación, y este año tendremos unas cifras muy importantes, que en una situación normal, la habríamos asumido con cierta normalidad.

Detrás de este fenómeno hay intereses y grupos organizados, que siempre buscan el momento preciso para intensificar los flujos, como, por ejemplo, periodos de crisis en lo que baja la intensidad de la vigilancia. ¿Buscan esa bajada en la intensidad y coordinación?

No solo hay que pensar que hay organizaciones mafiosas detrás de este fenómeno. Hay una parte que sabemos que sí se canaliza a través de este tipo de organizaciones, pero hay muchas expediciones que las organizan los propios migrantes, quienes conforman grupos amplios para adquirir la embarcación y medios para la travesía. Detrás de todo esto está la necesidad de muchas personas con unas condiciones de vida realmente difíciles y de muchos lugares de África. Muchos son de territorios interiores, que desconocen la realidad del océano y no tienen conciencia de las distancias. Viven en territorios bajo condiciones terribles, que se arriesgan porque es la única salida que les queda, para lo que deben afrontar también una ruta hasta llegar a la costa no exenta de peligros y experiencias desagradables. Si la expedición está planificada, hay que valorar muchas cosas, como las condiciones de navegación o encontrar a alguien que tenga cierta pericia para llevar la embarcación. Pero detrás de estos factores, hay otros más potentes que son los que impulsan a una persona o a una familias a recorrer miles de kilómetros arriesgando la vida, para legar a una región como Canarias, pero pensando que tiene que llegar luego a otro lado.

Con respecto a la anterior crisis migratoria, esta sociedad cuenta ahora con nuevas herramientas para informarse, como son las redes sociales. Desde ahí, parten, precisamente mucha desinformación o lo que se conoce como bulos sobre este fenómeno. ¿Cuál es el efecto de la desinformación en una realidad como esta?

La carencia de información o la información interesada que determinados colectivos, personas o sensibilidades comparten en las redes sociales, está haciendo mucho daño, porque se está generando muchos bulos e informaciones interesadas. Se está implantando un modelo de información, que es la narración en directo de la llegada de a la playas, que a mí me preocupa mucho. Podemos escuchar en algunas de esas narraciones calificativos bastante indeseables por parte de quienes los pronuncian. El contexto no es el mejor para que una persona de la calle pueda entender adecuadamente por qué se produce este fenómeno o qué personas pueden estar implicadas. Eso, lo que nos sugiere, es que hagamos un mayor esfuerzo para mejorar la información. De hecho, en el observatorio estamos trabajando en un nuevo texto donde explicamos otra vez todo el contexto migratorio, con conocimiento y con información.

¿Qué consecuencias tienen ese tipo de narraciones?

Son terribles, porque agrietan nuestra propia convivencia y nos hacen un flaco favor.

Por las protestas vecinales que hemos visto contra los inmigrantes o los comentarios que se pueden leer en las redes sociales, ¿cree que nuestra sociedad ha cambiado desde la última crisis?

Ahí hay que ponerse en las situaciones de las personas. No intento justificar determinadas actitudes, pero también hay que tener en cuenta que, cuando las personas solicitan información o ser parte de la solución a lo que están viviendo, creo que también hay que escucharles, porque, lo que pasa, es que a veces las instituciones toman decisiones sin contar con la ciudadanía, sin informar o no conectan adecuadamente.

¿Cómo analiza el Observatorio la gestión de las administraciones en la actual crisis migratoria?

Podemos mejorarla desde el diálogo interinstitucional y también con la ciudadanía. Ya hemos hecho las sugerencias para que el Estado piense en estrategias de anticipación, para no estar siempre a la espera de lo que va a suceder. No solo hay que trabajar desde el punto de vista administrativo, sino para que también se implique más a las comunidades de los territorios más afectados. Los canarios nos merecemos algo más que ser meros espectadores ante las migraciones.

¿Pero, por qué eso no se ha resuelto la forma adecuada de proceder entre instituciones a estas alturas?

Hace tiempo que venimos diciendo que se gestione este fenómeno contando con todas las instituciones y con la comunidad, para que la población sea parte de la solución y no sea parte del problema. Hay actitudes que son reprochables, pero hay que analizar por qué se llega a la misma. Si una persona capacitada y con condición política hace un encuentro con diálogo, es probable que no se llegue a determinados extremos. Lo que pasa, es que estamos permanentemente en situación de urgencia, y eso crea in certidumbre en la población.

Pero ha habido cargos públicos que no solo han rechazado la llegada de estas personas, sino incluso el modelo de acogida.

Hay casos y casos. Cuando se trata de un cargo público, es todavía más reprochable. Los colectivos, a veces, lo único que demandan es información, para estar tranquilos o para ver que pueden añadir en esta situación para que salga de manera adecuada. Esta sociedad está muy tensionada y cualquier cosa nos solivianta. Tenemos que anticiparnos a estas actitudes que no son positivas, porque van generando fracturas y enfrentamientos entre los propios miembros de la comunidad.

¿Y qué podemos decir de ese discurso que enarbola el argumento de que primero hay que atender a los que son de aquí?

Cualquier persona que está aquí, es de aquí. Quien pone su pie en la playa o es salvado en alta mar, ya es de aquí y, por lo tanto, tenemos el deber de asistirle y acogerlo. Hay que cambiar el chip y pensar que estas personas llegan a nuestra tierra en una situación mucho más desfavorable y que buena parte de los recursos que se van a destinar para que sean atendidos, vienen  de fuera. Además, muchas de las personas que llegan en patera o cayuco, no se quedan aquí, hasta el punto de que el colectivo de africanos en Canarias es minoritario. Los migrantes arraigados en las islas son, mayoritariamente, europeos y latinoamericanos. Este flujo migratorio pretende seguir su periplo europeo y, ojalá tuviésemos los medios para facilitarlo desde las islas y que no tuvieran que jugarse la vida.

¿Y las personas que están llegado a Canarias, qué se merecen?

Que les acojamos de la mejor forma posible, que seamos solidarios con ellos, que busquemos los espacios más adecuados para ser asistidos y que el Estado busque vías para que puedan continuar su periplo migratorio. Se merecen que pongamos cabeza a este proceso de acogida que a finales de este mes contabilizará, probablemente, a unas 6.000 personas, cifra que no parece muy elevada si tenemos en cuenta que en las islas hay una población de 2 millones de personas.

 

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