FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | El relato de la negación | Francisco Pomares

Concentración de negacionistas

Yo nací en 1957, el mismo año que la gripe asiática provocó la muerte de un millón cien mil personas, muchos de ellos niños, escolares, adolescentes y adultos jóvenes. El mundo tenía entonces menos de 3.000 millones de habitantes, de los que se contagiaron casi un tercio.

Una extrapolación del daño en vidas humanas que habría causado esa gripe en un mundo poblado por casi 8.000 millones –como el nuestro- daría por encima de los dos millones y medio de fallecidos. Una cantidad de muertos que triplica los datos oficiales de fallecidos por esta Covid de ahora. Mis padres jamás me hablaron del año de la gripe, ni del miedo que debieron pasar con tres niños –los tres con menos de tres años en 1957- ni de los cines abiertos pero vacíos de Madrid (donde vivíamos), ni de los hospitales llenos, ni de los partidos de fútbol suspendidos, ni de las noticias que llegaban sobre la enfermedad de todas partes del mundo, y a las que la gente hacía menos caso que a las que contaban la guerra de Corea. En diciembre de 1957, la OMS –que ya realizaba todos los años vacunas incorporando las variantes de cada gripe estacional– logró en un tiempo récord una vacuna efectiva, de la que se produjeron y distribuyeron 34 millones de dosis. La mayoría no llegaron siquiera a utilizarse. En 1958, la gripe afecto más a los adultos, y acabó por ser domada por los anticuerpos de casi mil millones de contagiados.

El mundo no desapareció, como no había desaparecido 40 años antes, con la gripe española y sus 20 a 40 millones de muertos en apenas dos años. Las historias de apocalipsis y destrucción tienen un extraordinario efecto sobre las sociedades, pero –por lo que hoy sabemos– es difícil que una enfermedad pueda llegar a barrer de un plumazo a una civilización. No lo consiguió ni siquiera la peste negra en la Edad Media, y mira que estuvo bien cerca. En ese sentido, el relato negacionista se soporta sobre una base positiva, una base de esperanza, que es la de que el ser humano prevalecerá ante cualquier calamidad.

El problema no es esa creencia –por otro lado perfectamente discutible desde la conciencia científica del calentamiento global– sino el adobo conspiranoico que acompaña el discurso de esta panda: Bill Gates fabricando la infección en un laboratorio secreto de Wuhan, los gobiernos compinchados para reventar una a una las economías de sus países, los ejércitos del mundo preparados para rociar con matarratas nuestra atmósfera, y –por poner en el cóctel algo real– la guerra farmacéutica para hacer negocio con la vacuna y los ricos pensando como salir aún más ricos de la crisis.

No conviene desdeñar la influencia de esos relatos que se extienden con tanta facilidad y seducen a millones de personas. Una de las causas por la que tanta gente se opone a creer lo que dice el consenso social y científico es la tendencia humana a querer imponer una estructura y una explicación personal al mundo. A pesar de lo que pueda creerse, los hechos, en general, tienen menos prestigio que las ideas, por peregrinas que estas resulten. La vida social requiere capacidad para someter a la mentira los argumentos basados en la razón, la verdad o la lógica. La verdad no suele ser demasiado eficaz para alterar las creencias.

Por eso, el discurso de la negación tiene tanto público, y sería básicamente un entretenido cuento de terror, si no incluyera un programa de acción basado en la resistencia a la protección frente al contagio. Es entonces cuando el relato se vuelve patógeno, una suerte de reverso peligroso de sí mismo, y la mera memez se convierte en tontería criminal.

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