FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | El relato de consuelo | Francisco Pomares

Jóvenes en Las Verónicas

La reescalada de la pandemia en este mes de agosto ha sorprendido a todos: hemos pasado de 400 casos diarios a principios de junio a 2.000 en julio y 6.000 cuando aún no termina este mes. Una situación que nos coloca en cabeza de la lista entre los países europeos.

Hay ciudades o comarcas en las que los contagios crecen exponencialmente, duplicándose cada dos días, como en el peor momento del confinamiento. Hay repuntes y brotes por todos lados y ya comienza a hablarse de que en varias regiones estamos en la antesala de una transmisión comunitaria sin control, similar a la que vivimos hace unos meses. Nadie sabe qué hacer exactamente para frenar la propagación de la pandemia, ni nadie parece estar haciendo de verdad nada que pueda poner fin a esto.

De hecho, hace tiempo que los responsables sanitarios parecen más ocupados en analizar las causas de lo que está ocurriendo que en plantear soluciones. Y cuando las plantean, en la mayor parte de los casos tienen que ver más con el deseo de que no ocurra lo que probablemente va a ocurrir que con ofrecer fórmulas, propuestas o mecanismos para evitar que ocurra.
Ante la incapacidad de actuar, se articulan relatos de consuelo.

Nos hemos convertido en especialistas en ese tipo de discursos: por ejemplo, se nos dice que hay más casos confirmados porque ahora tenemos más capacidad que hace cinco meses para hacer PCR y que eso es bueno. Simón dijo la semana pasada que el incremento de casos se debía a la mayor capacidad de diagnóstico. Pero no es eso. Lo que ocurre es que se hacen más PCR porque hay más enfermos que acuden a que se las hagan. En la salida del confinamiento, apenas el dos por ciento de los PCR daba positivo.

Hoy, esa cifra ha subido al siete por ciento. Los PCR se hacen a personas que se sospecha pueden estar infectadas. No se hacen aleatoriamente. En Las Palmas de Gran Canaria, donde el crecimiento de los contagios se ha disparado, las colas de los coches con presuntos contagiados que esperan turno para hacerse la prueba se han multiplicado por cinco en un par de semanas. Nadie acude a hacer esa cola sin ser enviado previamente allí por el sistema de salud.

Es cierto que hemos mejorado nuestra capacidad de hacer PCR, pero no los hacemos para descartar que la gente esté contagiada, sino para confirmar quién da positivo tras detectar los síntomas. Este relato consolador es una falacia.
Otro discurso de consuelo: nos cuentan que el sistema sanitario está preparado para hacer frente a este sorprendente adelanto de la segunda ola de la Covid. Son palabras. Si no se frena la escalada, Sanidad se enfrentará a una situación similar a la de abril en apenas un mes. A principios de junio pasado, eran menos de 200 los pacientes ingresados cada semana. La siguiente semana, menos de 300.

Esta última, casi 1.500. Si se mantiene el ritmo actual de contagios, la próxima podrán ser más de 2.000 y la siguiente, alrededor de 3.500. Estamos viviendo una versión siniestra de la fábula del jugador de ajedrez que pidió al rey que le pagara un servicio con un grano de trigo en la primera casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera y, al llegar al final, en la casilla 64, el trigo necesario para pagarle era equivalente a más de mil veces el trigo cosechado en todo el mundo.
Y luego está el discurso de consuelo sobre la disminución de la letalidad, porque son jóvenes los contagiados.

Es cierto, hay menos muertes, pero es cuestión de tiempo: esta última semana ha crecido la media de edad de los infectados, porque los jóvenes contagian a los mayores. No es tiempo de consolarnos con mentiras, empecemos por decirnos la verdad: que a día de hoy nadie sabe dónde nos lleva esto. Lo que sí sabemos es que habrá decenas de miles de muertos más.

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