FIRMAS Marisol Ayala

OPINIÓN | Ser niña en Medellín | Marisol Ayala

No ha crecido mucho, dice con magua, por no haber sido de más estatura «como mis primas”, era una “chiringa”, describe. Nació en Medellín allá donde los hombres de la familia viven bordeando con prudencia el mundo del narcotráfico. La mujer de esta historia habla de su infancia en el reino de la droga en el patio de una casa antigua, preciosa, de Las Palmas de GC.

Su familia colombiana sabe bien que los capos de su tierra están dotados para la venganza, matar y limpiar charcos de sangre. En ese mundo la crueldad no tiene dique. Un ejemplo. Los vecinos de la niña de entonces a la que llamaremos Omayra, saben que la pequeña juega con niños que si reciben orden de matarla, la cumplen sin pestañear. Es probable que lo que cuenta con gracia no sea del todo cierto, un relato de supervivencia.

Habla de los capos con nombres y apellidos. De pronto hace un gesto de cerrar su boca con una cremallera. Ahora hablará con los ojos pequeños y vivos. Como siempre fue menuda y gatuna; entraba a casas vecinas y escuchaba más de lo conveniente. Las hazañas de Escobar que tanto escuchó desde que tiene uso de razón creció con ella y la puso en peligro. Un día una de sus tías la sacó del país. Prevenir que curar. “Me trajo a Canarias para que no escuchara, más de la cuenta, de las balaceras.

La tía fue advertida por un primo que conocía bien lo fácil que los narcos compran voluntades. La niña fue correo de traficantes. “De eso comían mis nueve hermanitos”, recuerda.

En los tubos de una bicicleta que le regalaron Omayra escondía la droga, driblaba caminantes y subía montañas, veloz como una ardilla. Hoy tiene treinta años y desde hace doce cuida de un chico discapacitado. La familia del muchacho le ha dado cobijo.

Gratitud eterna.

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