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OPINIÓN | Heredar el problema político | Pablo Zurita

Heredar. En sentido figurado, se entiende, que cuando hay un cambio de color político los que salen no mueren. Llorar sí lloran, pero morir no, sería una macabra casualidad. Tampoco podríamos darle carácter de bien patrimonial a determinado problema que afecta a la gente y, por tanto, tampoco resultaría posible enajenarlo, hipotecarlo o dejarlo en herencia, ni en legítima ni de libre disposición. En cualquier caso, por contradictorio que pueda parecer, cuando los problemas se enquistan -por inacción y/o incapacidad-, se heredan a beneficio de inventario.

Sorpresa. Si se repite en el cargo ahí están, viejos amigos. Cuando el regalo es de los tuyos, ajo y agua, con mucha cautela quizás consigas meterles mano, pero calladito no vaya a ser que salpique. La situación se complica cuando los problemas los heredas de tu adversario político ancestral que llevaba mil años y tiene las gavetas repletas de asuntos. Y se complica más cuando te das cuenta de que el trance precisó también de colaboradores necesarios entre el propio personal al servicio público y no siempre por falta de ganas sino por alguna otra causa que también hay que investigar. No se pueden publicar la lista en la web de transparencia porque aparecen poco a poco, el nuevo no conoce su magnitud y existe riesgo cierto de que tal información pública les implique.

Vaya marrón. “Nosotros no hemos llegado hasta aquí para enmendar lo que hizo la corporación anterior”, me contaba un concejal recién investido unas semanas después de haber desalojado a sus predecesores, inquilinos de renta antigua, por cierto. Un precioso gesto de nobleza que refleja su calidad humana, dicho sin ironía alguna. Político de casta sin vocación de policía judicial ni de inspector del tribunal de cuentas, lo entiendo y lo comparto. Y la cara que se le quedó después cuando afloraron cuestiones que no admiten más patada pa’lante, cuando ya no caben más dilaciones y toca enfrentar ese lo que sea que cuesta dinero, desenmascara intereses particulares y no admite una solución que satisfaga a todas las partes, que precisamente por eso quedó pospuesto sine die. Miedo a la reacción de los damnificados, claro, aunque prevalezca el interés general.

Riesgo. Si uno no acepta un regalo, ¿de quién es el regalo? -preguntaba Buda-, ¿de quién pretende entregar el obsequio o de la persona que se niega a cogerlo? Una enseñanza que sirve para protegernos cuando alguien nos insulta o nos critica: no lo aceptes que no es tuyo, que te resbale. En política conviene tener presente este principio budista para los ataques verbales pero no es aplicable a las cuestiones que afectan a la ciudadanía. Y surge el dilema. Tratar de resolver un conflicto enquistado tiene un coste personal muy alto y hay que estar dispuesto a pagarlo. Puede acabar con la carrera política del osado y/o afectar a su futuro profesional. Y no exagero. Tremendo dilema porque la opinión pública, si es que existe, el ciudadano de a pie, para entendernos, no sabe de dónde sale determinado conflicto ni quiénes son los culpables ni quiénes tienen razón ni quiénes sufren abuso, en su caso.

Un ejemplo. La pesca recreativa es la afición de miles de canarios, decenas de miles, un hobby saludable y muy absorbente, mi padre dedicaba sus vacaciones a la pesca de caña desde el muellito en Ten-Bel, formaba parte del paisaje estival. Entre una inmensa mayoría de aficionados respetuosos con la práctica deportiva pululan los furtivos que capturan y comercializan sin control, esquilman e incumplen la seguridad alimentaria. Un problemón histórico que ahí está y a ver quién es el valiente que intenta poner orden.

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