FIRMAS

OPINIÓN | Contra el Uno y lo Único | Jean-François Gautier

Frisoso del Partenon | Foto: cedida por Elmanifiesto.com

Para los modernos es difícil comprender que las figuras de los dioses y diosas no designan nada ni nadie existente.

En las tierras de Europa, las religiones antiguas representaron de formas muy diversas los arcanos del mundo vivido. Sus relatos y leyendas, aunque variados y lingüísticamente alejados unos de otros, tienen un carácter común: desde el Mediterráneo hasta el círculo polar, los personajes divinos se enuncian en plural. Ya se trate de tradiciones nórdicas, célticas, helénicas, romanas o incluso católicas populares, la evidencia primera es la de la multiplicidad de las funciones feéricas o divinas. Lo singular es inconocible. Ninguna palabra le conviene y su soberanía única se enfrenta con lo ininteligible.

Vista por los politeísmos, la escena del teatro divino está plagada de tal modo de dioses y semidioses, personajes desbordantes de impulsos salvadores, de intervenciones calculadas, de acciones inesperadas. Con esta diversidad esencial es con lo que tenían que concordar, en aquellos lejanos tiempos, las representaciones de quien deseaba pacificarse, de quien proyectaba adecuar su existencia a los equilibrios de una sabiduría tal que las recapitulaciones de uno estuvieran en concordancia con la diversidad del mundo, accedieran a su misma métrica y estuvieran acordes con el diapasón del mundo.

Y es aquí donde, para los modernos, empiezan las incomprensiones. Si los antiguos condensaron en panteones las pluralidades representativas con las que mantenían vecindades esenciales, es porque los dioses, para ellos, equivalían a leyes generales de la existencia, dispensadores de ayuda tanto para las vidas cívicas y colectivas que para las individuales. Pero ¿cómo abrirse a semejante mentalidad, a semejante mitos, a semejantes modelos de pluralidades en acto?

Contemplados hoy, los politeísmos parecen a la vez ingenuos  y superados, si es que no folklóricos o exóticos, o peor aún, destinados a los frívolos. Nos enriquece sin embargo nuestra percepción tratar de examinar lo que gobernó la figuración de tales y cuales personajes divinos, Zeus, Apolo, Odín, Belenos y toda la retahíla de las demás potencias divinas. ¿Cómo concebir su engendramiento, que no fue obviamente espontáneo? En el siglo XXI la dificultad estriba en que todos venimos después de la muerte de los dioses, y nadie comprende ni por qué nacieron ni cómo desaparecieron. Es preciso constatar que el contenido de las religiones antiguas parece superado, o ingenuo, o caduco. Lo cual no excluye en absoluto considerar toda la gran seriedad que presidió su larga elaboración.

Para darnos cuenta de ello, basta tomar un ejemplo. ¿Qué significa, para los atenienses, el personaje de Atenea? Evidentemente, nada singular. La percepción de la función de la diosa depende del punto de vista adoptado. Se esclarece al restituirla en el panteón en el que sobresale y del que no hay forma de separarla. Como todas las divinidades, Atenea no se puede comprender de forma aislada sino relacionada. Los cortejos de piedra que las piedades antiguas habían reclamado a los talleres del escultor Fidias y que se habían alzado en los frisos del Partenón, estas procesiones de los panatenaicos conceden desde luego a Atenea un lugar central y privilegiado por encima de la entrada este del templo, en el lado del sol naciente; pero, a lo largo de ciento sesenta metros de longitud, Atenea está en presencia de Zeus y de Hera, de Hefaistos y de Apolo, de Hermes, de Dioniso y de Ares, así como de un extraordinario número de otras potencias hacia las que convergen carros y caballos, ofrendas, bestias destinadas al sacrificio,  jóvenes, muchachos y muchachas, todo un pueblo de centenares de personajes y de animales, sueños de piedra que encuentran en este cortejo ordenado de esculturas una expresión ornamental de su propia diversidad.

Así es como la cultura ateniense relata en este friso la diversidad a la que se halla confrontada y que constituye su propia identidad, la que expone a la vista de los demás, de los ciudadanos de otras ciudades que tienen otras prioridades, es decir, otros conjuntos plurales diferentemente organizados. Aquí, figurado en el mármol, el impulso común detalla una forma de vivir en sociedad: la propia de los ciudadanos atenienses. Quien dice la diversidad y quien la celebra dice también que cada uno debe poder identificar su lugar en la vida común, un lugar relativo, ya que toda sociedad es multipolar y estratificada, obteniendo de estas mismas divisiones su capacidad de estimular los resortes de una ciudadanía en constante devenir.

Frente a semejante diversidad es como toma sentido el viejo adagio del templo de Delfos: gnôthi seautón, “conócete a ti mismo”. No se trata de un consejo de introspección, sino de un marcaje de situación, del tipo: tú no eres ni un dios ni un auriga de una carrera de carros; entonces, ¿quién eres tú dentro de esta diversidad, por tu oficio, por tu familia, por tu participación en la vida colectiva? Ser ahí no funciona, para las sabidurías antiguas, sin un ser con. O por decirlo de forma moderna, no hay dasein [“ser ahí”, el célebre concepto de Heidegger. N. d. T.] sin un mitsein [“ser con”. N. d. T.], cosa que el propio Heidegger renunció a desarrollar.

Para los modernos, es evidentemente difícil comprender que las figuras de dioses y diosas, en medio de tantos otros personajes míticos, no designen nada ni nadie existente en el sentido moderno de la palabra. Lo divino, en sociedades antiguas cuya riqueza devota y cuyas capacidades de renovación fueron olvidadas por los mundos que les siguieron, lo divino antiguo, menos que una realidad visible, es una especie de lugar en el que se expresan esperanzas y desconfianzas, credulidad y aversiones, todas ellas sin un acta registrada ni encomendadas a la custodia de un cuerpo de clérigos, lo cual no hace sino amplificar su riqueza de promesas y de sabidurías. […]

La racionalización de un mundo entendido como un mundo creado por un Dios único siempre se ha topado, entre nosotros, con el elogio de las diversidades vividas. La identidad se entendía, en efecto, como alteridad, diversidad, pluralidad. Ningún personaje en la Ilíada o en la Odisea, o en una de las tragedias de Esquilo o de Sófocles, se habría aventurado a preguntarle a Zeus o a Apolo: “¿Quién eres?”. Respuestas bíblicas y monoteístas a esta pregunta, tales como Ehyeh  Asher Ehyeh , “Yo soy el que soy”, o “Soy el que seré”, traducidas al griego por algo como “Soy el que es” (Éxodo, 3, 14) habrían carecido de toda significación en las lenguas y en las representaciones de la antigua Europa.

 

El presente texto constituye la Introducción del libro À propos des dieux, que Jean-François Gautier, hombre renacentista donde los haya (médico, musicógrafo, filósofo, desbordante de cultura clásica…) acaba de publicar en la editorial Éditions de la Nouvelle Librairie, de Paris.

 

Fuente: elmanifiesto.com

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario