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OPINIÓN | Síndrome de inmuno-eficiencia aprendida o cómo recuperar la confianza | Oriol Rojas

Los psicólogos que hacemos del análisis de la realidad social un aspecto imprescindible para entender la salud mental, encontramos habitualmente grandes problemas para explicarla. La sociedad se transforma rápidamente y su problemática crece de forma exponencial, un paso por detrás del rendimiento y la producción industrial.
La pérdida de la certidumbre
Según es posible ver, uno de los grandes pilares de la vida, como la conocemos, se ha venido a abajo con la crisis del Covid. Hablo del derrumbamiento del pedestal de la certidumbre que el ideal de eficacia mecánica ha propiciado desde la revoluciòn industrial hasta hoy.
Desde aquella época nos fuimos acostumbrando a un mundo seguro y predecible. Pero  ahora un enemigo invisible ha venido a poner en jaque todo el conjunto de convicciones sobre el que se asienta nuestro modo de vivir. El contagio, la enfermedad y la muerte han reaparecido en la vida de las grandes ciudades como enemigos implacables de la cotidianidad, descomponiendo la convivencia y las normas sociales.
El mundo ha dejado de ser seguro hasta el punto de que la sola presencia de otra persona se ha convertido en un peligro. Incluso el propio cuerpo se ha convertido en objeto de sobreinspección, en búsqueda de síntomas. El daño está impreso en el alma, donde las alteraciones cognitivas que produce la ansiedad conducen a una experiencia de extrañeza e irrealidad, al mirar hacia afuera. Y en la disolución del yo, tal y como se le conocía, al mirar hacia dentro. La cordura, en algunos casos, en tela de juicio.
Afrontamos la pérdida de la certidumbre. La pérdida de la confianza de vivir en el mejor de los mundos posibles y ya no podemos seguir creyendo que la ciencia y la tecnología han resuelto todos los problemas del ser humano, o casi todos.
Inmuno-eficiencia aprendida
Ahora afrontamos el reto construir la «nueva normalidad» , de volver a vivir con la experiencia de seguridad en el mundo, de sentirnos ubicados y de entender las reglas del juego, a sabiendas de que todo ha cambiado. Y para empezar esa difícil tarea propongo usar el propio cuerpo como núcleo sólido sobre el que asentar la certidumbre. Al fin y al cabo es ese lugar tangible, próximo, donde cada persona se reconoce y sobre el que es fácil ejercer cuidados y protección.
Hablar de una nueva ética en la relación con el cuerpo parece urgente. La salud no debe ser por más tiempo patrimonio de la medicina, con ese raro hábito que hemos desarrollado de delegar en el médico todo nuestro cuidado personal, cuando a él sólo le compete la enfermedad.  Puede que este sea el momento de considerar seriamente la noción de «Educación Inmunológica» y con ella reconsiderar todo lo que sabemos sobre la salud y el deterioro del organismo, llámese enfermedad o envejecimiento.
En los experimentos de Ader y Cohen en los años 70 se observaron resultados muy interesantes al comprobar que la simple asociación de sacarina y  un fármaco inmunosupresor era capaz de provocar una respuesta inmunosupresora a la sacarina sola. Es decir el sistema inmune era capaz de reaccionar ante una sustancia que en principio no tenía nada que ver con él.
Esa capacidad de aprender del sistema inmune por medio de condicionamiento ha abierto un fructífero campo de investigación, hasta el punto de que recientemente Suzanne Felten, de la Universidad de Rochester, ha logrado fotografiar la conexion entre el sistema nervioso y un linfocito, célula del sistema inmune, demostrando, visualmente la existencia de la neuroinmunologia.
De la misma forma que las energías fósiles están siendo sustituidas por energías renovables, que suponen una sofisticación tecnológica, resultado de un conocimiento profundo de la naturaleza, podríamos estar en un momento de la historia humana en el toca dejar de lado el acercamiento farmacológico de la salud, para sustituirlo por un acercamiento inteligente, basado también  en un conocimiento profundo naturaleza.
Potenciar la autoinmunidad en la población es la más eficiente y barata estrategia para luchar contra toda clase de enfermedades. Es lícito que cada persona pueda responsabilizarse de su propia salud y controlar las variables críticas que la sostienen. Por ejemplo Ed Blalock de la Universidad de Alabama ha constatado que el sistema inmune reacciona de forma escasa y lenta en presencia de ACTH, la hormona adrenocorticotropina que se produce en el organismo en respuesta al estrés. Es decir, el estrés, léase ansiedad, depresión, daña defensas del organismo y facilita la aparición de enfermedades.
Propongo entonces, estimular el debate sobre una respuesta organica que denomino «Síndrome Inmuno-Eficiencia Aprendida» , para convertirlo en una entidad capaz de guiar la búsqueda de los procedimientos para la Autoinmunidad, y coordinar un conjunto de prácticas sociales para educarla, en coherencia con una nueva visión del bienestar humano. Propongo difundir el conocimiento científico sobre la psiconeuroinmunologia, tanto como sobre  los alimentos y las condiciones ambientales y sociales que protegen la respuesta inmune saludable.
No porque vaya a erradicarse la enfermedad sino porque la prevención es una responsabilidad de los estados que podría integrarse en los currículos educativos. Y porque el tratamiento farmacológico de la enfermedad está sujeta a  intereses mercantiles no emancipatorios y como todo proceso de intercambio comercial, debe ser objeto de sospecha.
El «Síndrome de Inmuno-Eficiencia Aprendido» podría llegar a ser una respuesta coordinada socialmente, facilitadora de la «Inmunidad de Grupo», que redefine la responsabilidad individual en la enfermedad y trasciende la soluciónes mecánico-químicas saturadas de «efectos secundarios», que una idea obsoleta de salud prescribe. Del mismo modo que la solución para el exceso de coches en las grandes ciudades no es hacer autopistas en su interior, sino promover el uso de las bicicletas, habrá de concebirse la salud con propuestas  inteligentes, emancipatorias y sostenibles.
Dr. José Oriol Rojas | Oriolrojas.es

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