FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Mr. Hyde & Mr. Hyde | Francisco Pomares

Resulta que hay dos Pablos Iglesias. Y no me refiero al tipógrafo fundador del PSOE en 1879 y a este de ahora. Me refiero solo a las dos personalidades del Iglesias actual, una constante en su vida: si uno revisa los miles de cortes de vídeo que ha ido dejando sueltos, Iglesias ha dicho una cosa de casi todo. Desde su desprecio inmisericorde por Anguita, convertido después de mandarlo a la mierda (por el pecado de ser viejo) en su luz y su faro ideológico, hasta sus sentimientos antimonárquicos, disimulados como ministro de jornada de la reina Letizia, pasando por su admiración por los escraches como jarabe democrático, siempre que no se los apliquen a él.

Iglesias sufre de una suerte de desdoblamiento de la personalidad que no es exactamente una esquizofrenia (no compiten en él dos personalidades enfrentadas, sino una sola con discursos adaptables, al estilo marxista, sector Groucho: «Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros»). Iglesias es el abanderado nacional de una forma muy actual de hacer política en la que no son necesarias ni la verdad, ni la coherencia, pero sí resulta imprescindible la contundencia. Pedro Sánchez o Casado son apenas malos imitadores de su estilo impostado y vehemente de vendernos la mota, pero nadie se le acerca ni de lejos en el dominio de un estudiado desparpajo escénico, adquirido en horas y más horas de despendole complutense.

Si Pablo Iglesias fuera un personaje de derechas, sería probablemente el lerenda más parodiado por los humoristas españoles, pero ya se sabe que en este país tomarse a guasa a un tipo de izquierdas es aceptar que te endosen automáticamente el peor estigma que puede uno sufrir si no eres Pérez Reverte, que es que te llamen facha. Reírse de las posturitas místicas de la Ayuso en plan Virgen del Rocío o Mater Dolorosa es sin embargo una cabal demostración de sano sentido del humor.

A mí, cuando Iglesias no me produce el mismo miedo insomne que antes le producía al presidente Sánchez (antes de necesitar sus votos), me provoca risa: verán que es un tipo bastante cómico, con su coleta, su camiseta anticasta y su corte de admiradoras, su espíritu de revolucionario con tendencia al disfrute de los privilegios burgueses y su extraordinaria capacidad para el enredo. Si en este país no tuviéramos tanta afición a colgar de un pino al adversario después de sacarle las tripas, Iglesias sería aplaudido como nuestro Colouche o nuestro Beppe Grillo nacional: un cómico más o menos malencarado, una suerte de Eugenio con menos gracia que Eugenio, y puede que más mala leche.

El jueves se cabreó tanto Iglesias con lo de Bildu y la reforma laboral, el coitus interruptus que Sánchez tuvo que montar a cambio de cinco votos, que no sólo remedó al presidente con sus latinajos, sino que reclamó el indulto para los presos del prusés. Eso después de cogerse una monumental pataleta, que su colega más vice que él, la señora Calviño, se encargó de rematar en lo que ya parece el culebrón recurrente del Consejo de ministras y ministros. Estamos a la espera de ver dónde para la nueva ocurrencia. En un país donde centrar al PSOE es darle aire a un Gobierno cuyo presidente ofrece los nombres de a los que hay que escrachar y también de a los que hay que indultar, puede pasar de todo. Podria ocurrir que uno de los dos Iglesias decida romper el Gobierno. Y que el otro diga que eso es hacer política masculina, tanto como apedrear guardias.

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