FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Restricciones en aerolíneas | Salvador García Llanos

¿Han reparado ustedes en ello? Veremos qué determinaciones toman las aerolíneas si, cuando reanuden sus operaciones, se mantiene la distancia social como medida preventiva para contener contagios de la COVID-19. La traducción sería que en filas de dos asientos, solo se podrá ocupar uno. Y que en las de tres, habría que dejar uno libre, como mínimo (el del centro). Ello comportaría la reducción del aforo en cabina. Las compañías estarán haciendo sus cálculos, tarifas incluidas, para ver si es económicamente viable mover los aparatos y estudiar alternativas que se correspondan con la rentabilidad.
No es de extrañar que, ante un panorama tan sombrío, algunas compañías ya hayan solicitado su nacionalización, en tanto otras (como se ha hecho por muy distintos sectores) hayan pedido inyecciones de fondos para sobrevolar, si se nos permite el término. Con la visión de negocio que les caracteriza, business is business, los americanos ya han anticipado su posición: a cambio de subvenciones o ayudas en efectivo, el Estado podrá obtener una participación en el accionariado de las compañías aéreas.
Bueno, todo se andará. Lo que parece evidente es que la pandemia tendrá también consecuencias en el transporte aéreo. Puede que algunas se estén palpando ya en las escasas operaciones que las aerolíneas estén llevando a cabo. Se nos ocurre que, además de proceder a desinfecciones periódicas o diarias, suprimirán la distribución de revistas o publicaciones, que no habrá comidas (calientes, sobre todo) para evitar manipulaciones de alimentos e intensificarán el control médico sobre el pasaje y los tripulantes.
Pero, ¿cómo se resuelve lo de la estancia en cabina? Esa es una incógnita. Es fácil predecir que las restricciones afectarán a la movilidad en pasillos pero no tanto la colocación en los asientos, supeditada también a la configuración y distribución interior de los mismos. Pongamos el ejemplo de un A-320: si van dos pasajeros por fila, el máximo sería sesenta. En los aviones de fuselaje ancho, igual o peor. ¿Se imaginan los precios? ¿Y las dificultades para acceder a un billete?
El problema está en tierra. Pero, igualmente, en el aire.
Día 35 de la alarma
El chaparrón, el ruido del chaparrón, nos despertó de madrugada. Nos levantamos antes de las cuatro, cuando arreciaba. En el horizonte se adivinaba en el cielo una tonalidad rojiza. Cortinas de agua iluminadas por el alumbrado público. Acertamos a comprobar cómo se volvía a inundar el costado norte de la plaza desde el que se accede a la calle San Felipe. No operarían, por supuesto, en la parada de taxis. Ya de día, habrán levantado tapas de alcantarillado colocaron señales previsoras. Otro episodio del estado de alarma que se prolongó por la mañana, con un nuevo aguacero de cierta intensidad que empapó, desde luego.
En la nueva estación de guaguas se notaron los efectos de esta lluvia intensa. Algunos grabaron las filtraciones de agua que, en algunos espacios, caía de forma similar a la que se ha visto en algunas ocasiones en el aeropuerto Tenerife Norte-Los Rodeos. Las grabaciones circularon en redes desatando un torrente de quejas: no hace mucho tiempo que las obras fueron recepcionadas y tuvo lugar un acto de inauguración. Independientemente de las responsabilidades a que hubiera lugar, ¡qué mala suerte tiene siempre el Puerto con la obra pública? Bueno, siempre no: ahí está la última reforma del refugio pesquero, al que popular y jocosamente llamaron ‘muelle de los pitufos’, que resiste y resiste los embates del Atlántico. Y aprovechando: ¿para cuándo los revestimientos del dique de contención desprendidos? La manchas son cada vez más extensas.
Pero el día se queda radiante. Se nota la mejora, la limpieza del medio ambiente. Gusta el calor del mediodía. Aún así, hay personas que pasean a sus perros con un paraguas en la otra mano. Por si acaso. Pero no vuelve a llover, el cielo está azulísimo (si es válido el término), tal es así que una mujer y dos hombres hacen metros y metros dando vueltas en la despejada azotea de un edificio cercano en el aludido costado norte. Si se quiere, hay tiempo y espacio para todo.
Esta Naturaleza, a la que tantas veces hemos calificada de caprichosa, parece estar disfrutando. En una red social ponen imágenes de orcas navegando en las inmediaciones del refugio o la playa de El Médano, en el sur de la islas. El otro día, dos delfines penetraron en el la rada del muelle portuense. Los naturalistas, los medioambientalistas están gozando, seguro. Vuelven a correr algunos barrancos. Si todo es efecto de la pandemia, otra lección a estudiar y tener en cuenta.
No es de extrañar, por consiguiente, que se acumulen centenares de firmas en plataformas sociales que piden que no desaparezca la Organización Mundial de la Salud (OMS), afectada por un absurdo, otro más, del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, empeñado en reducir los fondos presupuestarios para su financiación. Mientras tanto, manifestantes armados con rifles se manifiestan pidiendo el punto final del confinamiento. ¡Qué país!
El presidente Sánchez, en una nueva comparecencia, anuncia que la desescalada se llevará a cabo por territorios, gradualmente pues. Y que los niños podrán salir (pendiente la concreción de las condiciones) a partir del lunes 27 de abril. Habrá que ir con mucha cautela: nunca antes las recaídas son tan temidas.
De noche, Venus aparece con cierto esplendor. El cielo está límpido. Ha bajado la temperatura pero no parece que vaya a llover. Un título radiofónico de hace años vuelve a la memoria: mañana será otro día.

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