FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | «El que a hierro mata…» | Francisco Pomares

La inminencia de la dimisión de Juan Ramón Lazcano como concejal de Santa Cruz de Tenerife era desde hace semanas un secreto a voces, aunque nadie esperaba que se produjera durante el confinamiento. Los hechos se precipitaron precisamente porque cuando dio comienzo el encierro, Lazcano se vio atrapado en Santander -la ciudad donde residía hasta conseguir el acta de concejal de Santa Cruz, y donde viven sus hijos-, y después de un mes fuera, tomó la decisión de no reincorporarse a su puesto.

La renuncia de Lazcano

Un cúmulo de pequeñas deslealtades de Matilde Zambudio, su compañera en la operación que desalojo a José Manuel Bermúdez de la alcaldía, sumado a la incapacidad para adaptarse a la vida en Santa Cruz y un creciente malestar con su papel en el Ayuntamiento, adelantaron su decisión de dejarlo. La quiebra de la disciplina de voto de Zambudio y Lazcano, el pasado 15 de junio, le había pasado factura personal, y tuvo que enfrentarse a la incomprensión de amigos y familiares. Zambudio, una abogada catalana con escasos vínculos con la isla, no tuvo que soportar ningún rechazo por su apoyo al PSOE, todo lo contrario, se incorporó como una más a la alegre cofradía del nuevo poder municipal. Cuando Lazcano y su compañera fueron expulsados de Ciudadanos, por no haber obedecido las instrucciones de su partido, él lo vivió como un drama personal, mientras ella convirtió el episodio en una fiesta de declaraciones y amenazas?

La renuncia se esperaba, pero su adelanto fue una sorpresa para la mayoría. Aún así, pocos echarán a Lazcano de menos: se había convertido en un verso libre en el grupo de gobierno, un personaje sin apoyos ni en el entorno de la alcaldía, ni en ninguno de los bandos de su partido -el oficial y el que se sumó a la operación de transfuguismo que convirtió a Patricia Hernández en alcaldesa-, ni tampoco entre sus viejos amigos de juventud y sus familiares.

Pero el drama personal de Lazcano no es lo que ha convertido su dimisión en un acontecimiento que ha removido la abulia, el cansancio y el miedo de este mes largo de encierro. Es la posibilidad de que su sustitución por Evelyn Alonso -la siguiente en la lista de Ciudadanos- pueda colocar en minoría a Patricia Hernández. Las informaciones y rumores sobre una operación en marcha para ‘devolverle’ la alcaldía a Bermúdez, han disparado los nervios, en una ciudad que vive muy encerrada en sí misma. El viernes, tras hacerse pública la dimisión, la histeria contagió al Partido Socialista de Tenerife y a sus socios, Podemos y la concejal Zambudio, cogida por sorpresa mientras ella misma preparaba una operación de aproximación al Partido Popular, ofreciéndose a facilitar un cambio de poder en el Ayuntamiento, para garantizar su continuidad en el Gobierno. Hasta pocos días antes de iniciarse el confinamiento, Zambudio había mantenido reuniones con el presidente del PP tinerfeño, Manuel Domínguez, para tantear la posibilidad de su traslado al PP. La oferta no fue demasiado bien recibida: es difícil confiar en alguien que, cuando no ha pasado siquiera un año desde el engaño a su propio partido, se ofrece para una segunda traición. Si llega a producirse la salida de Patricia Hernández de la alcaldía -y eso está aún por ver- lo más probable es que Zambudio tenga que irse con ella y volver a su diario trajín como abogada?

En el origen del acuerdo

El futuro de Matilde Zambudio no preocupa a nadie en el PSOE, pero sí el de Patricia Hernández. Después de la derrota que para Patricia y su equipo supuso el cese de la consejera de Sanidad, Teresa Cruz Oval, nadie asume en el PSOE tinerfeño la posibilidad de que su ‘mujer maravilla’ pueda perder la alcaldía. Una alcaldía que sólo el tesón guerrillero de Patricia logró arrebatar a Coalición Canaria, después de más de 40 años de continuidad de Manuel Hermoso y sus herederos instalados en el poder municipal. La historia de cómo logró hacerse con la mayoría es la de una concienzuda operación, desarrollada previamente a las elecciones, en la que la candidata socialista consiguió que varios dirigentes locales de Ciudadanos se comprometieran a apoyarla frente a Bermúdez.

En esa operación, Hernández y los suyos actuaron con extraordinaria habilidad: lograron primero la complicidad de Juan Amigó -empresario con intereses inmobiliarios y ex mandamás de Ciudadanos en Canarias- y de rebote la de la entonces diputada Melisa Rodríguez, que dio su aprobación a la operación de desalojo de Coalición en Santa Cruz, después de haber cerrado un acuerdo secreto con Asier Antona para repetir la hazaña en toda Canarias. Pero el hombre clave, el que garantizó el voto decisivo de Zambudio y su compañero Lazcano, fue Mario Moreno, un emprendedor dedicado a la publicidad y la farándula festiva, responsable de la campaña de la candidata municipal de Ciudadanos, que actuó durante las negociaciones como una suerte de infiltrado de Patricia Hernández en el equipo de Zambudio.

Gracias a Moreno y la bendición de Amigó y Rodríguez, en el momento de la verdad, Zambudio y Lazcano votaron junto con Podemos -que quedó fuera del gobierno municipal- contraviniendo las instrucciones expresamente comunicadas por su partido, tanto por el equipo responsable de la negociación local, como por la dirección nacional contraria a participar en cualquier acuerdo que contara con el apoyo de Podemos. Los dos concejales que sumaron sus votos al del partido de Pablo Iglesias fueron fulminantemente expedientados por la dirección nacional, a pesar de las gestiones realizadas por Melisa Rodríguez que intentó sin éxito evitar las expulsiones.

Lo ocurrido en Santa Cruz influyó en el desarrollo posterior de los pactos de Gobierno, que se saldaron con acuerdos -apoyados algunos también por Ciudadanos- que provocaron la salida de Coalición Canaria del Gobierno y de todos los cabildos de Canarias. La votación en el Ayuntamiento de Santa Cruz y la censura en el Cabildo de Tenerife, en la que Ciudadanos y Podemos apoyaron conjuntamente al candidato del PSOE, Pedro Martín, fueron expresamente desautorizadas por la dirección nacional del partido, pero sólo desde Ciudadanos se denunció el proceder socialista: el PSOE pasó olímpicamente de los acuerdos antitransfuguismo, renovados por el partido en 2006, y los concejales y consejeros que apoyaron a Patricia Hernández y Pedro Martín fueron compensados con la segunda y tercera tenencia de alcaldía y con la vicepresidencia primera del Cabildo tinerfeño.

Cumplir los acuerdos

Menos de un año después de aquellas componendas, Pedro Martín -en su condición de secretario general del PSOE tinerfeño- amenazó ayer con cesar a Enrique Arriaga como vicepresidente del Cabildo, y sacarlos a él y a Concha Rivero del gobierno insular, si llega a prosperar una censura contra Patricia Hernández en el Ayuntamiento capitalino.

Ha exigido Martín que Ciudadanos cumpla lo que suscribió en Santa Cruz con el PSOE, y se mantenga a la alcaldesa, al margen de la sustitución de Lazcano. Pero es que Lazcano no actuó en nombre de su partido, sino justo contraviniendo sus instrucciones. El PSOE no puede pedir que Evelyn Alonso, que sustituirá a Lazcano cuando el consistorio recupere la normalidad, cumpla unos acuerdos que ni su partido ni ella respaldaron. En coherencia, el PSOE ni siquiera podría pedir a Evelyn Alonso que cumpla las instrucciones que pueda darle su propio partido, porque ellos aplaudieron y premiaron a quienes actuaron pasándose las instrucciones partidarias por el arco de triunfo, cuando eso les convenía. Aparte de eso, no creo que la situación del Cabildo permita muchas amenazas. Martín no puede gobernar sólo con el apoyo de Sí Podemos. La salida de Arriaga y Concha Rivero del gobierno insular dejaría a Pedro Martín en minoría y podría abrir una crisis de estabilidad que convirtiera el Cabildo en ingobernable? mal asunto.

En la situación de emergencia que vivimos, que nuestros dirigentes puedan vivir más pendientes de una moción de censura que de estar a lo que hay que estar parece casi una broma de mal gusto. En la Quinta Regla de la Primera Semana de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, se dice bastante claro que «en tiempo de desolación nunca hacer mudanza?». Lo sensato -y lo decente, ahora más que nunca- sería mantener la estabilidad de las instituciones, al menos mientras dure la situación de emergencia, y aprovechar este tiempo de tregua para que la política recupere su sentido, centrándose en solucionar los gravísimos problemas a que nos enfrentamos. No es este el momento de operaciones de poder, desde luego, pero el PSOE no puede olvidar la forma en que consiguió hacerse con los gobiernos de la capital chicharrera y de la isla de Tenerife. Fue haciendo trampas, y es ridículo pretender ahora que Ciudadanos cumpla unos acuerdos contrarios a sus criterios y principios y a los que se opuso, expulsando a quienes los suscribieron.

Alcanzar el poder siendo minoría, buscando la alianza de otras fuerzas políticas, es completamente legitimo en democracia. Pero hacerlo apoyándose en aventureros que utilizan en su propio beneficio -el día después de obtenerlo-, un puesto adquirido en una candidatura de cuyas normas y compromisos se desentienden, es -simplemente- una golfada. Con la que está cayendo (y va a seguir) no parece el mejor momento para devolverla. Pero se puede entender que algún damnificado por lo que ocurrió en los meses de junio y julio del año pasado, encuentre que hay justicia poética en la situación abierta por la renuncia de Lazcano.

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