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OPINIÓN | Lo que nunca tendremos | Sertorio

Imagen: elmanifiesto.com

A algunos lectores no les falta razón cuando nos advierten de que no podemos llamar comunistas a los progres burgueses de nuestra izquierda extrema. Seguramente, el número de marxistas-leninistas en Podemos sea insignificante; y cada vez lo será más, a medida que se llenen sus filas de precariado académico en busca de un carguito en la nomenklatura de una posible III República. Pero los denominamos comunistas porque, para empezar, así se consideran sus dirigentes y porque, por su linaje intelectual, no desmerecen de ese concepto.

El dos de septiembre de 1841, Moses Hess le escribía a Auerbach: «Imagínate Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel combinados en una sola persona». Así definía a Marx el socialista alemán. Y no se equivocaba: en Marx se resume toda la trayectoria radical de la IIustración, desde Beyle y La Mettrie hasta el liberalismo económico inglés. Marx era el fin lógico de un camino implacable hacia la unificación, homogeneización y racionalización de la realidaden él se consumaba toda una herencia que negaba la tradición, la sangre y los afectos: todo lo que no era racional. El futuro del esfuerzo prometeico de los radicales demócratas y socialistas consistía en construir una sociedad igualitaria de la que desapareciera todo atributo individual, toda distinción, todo sentimiento de pertenencia que no fuera a una comunidad ideal, dominada por la Razón que regiría la economía, el pensamiento y la voluntad del ciudadano. Una utopía cuadriculada y perfecta, como un cuadro de Mondrian.

Marx nunca fue tan ingenuo como para trazar un plan utópico de sociedad ideal, cosa que hicieron Fourier o Cabet. Era demasiado inteligente y meticuloso: por eso no acabó El Capital y la mayor parte de su obra es una serie de ensayos y artículos que se pueden interpretar de mil maneras. Lo que Marx dejó fue un método, una crítica, que sigue inspirando a nuestra izquierda extrema, salvo que lo que en Marx era rigor intelectual y análisis tan despiadado como brillante, en sus tristes émulos de la hora presente es emocionalismo, irracionalidad sentimental y pedantería académica, muy próxima a aquella de la que Marx se burlaba en La Sagrada Familia La Ideología alemana. El objetivo básico no ha cambiado, lo que sí ha sufrido una degradación innegable es la calidad intelectual. Marx fue un pensador agudo, un escritor de talla y un crítico mordaz, cuyas páginas aún nos entretienen y del que algunos textos, como el libro III del tomo I de El Capital, siguen siendo dignos de una lectura atenta. No se puede decir nada semejante de sus discípulos del siglo XXI.

Marx, por cierto, fue un decidido mundialista; pensaba que el desarrollo del capitalismo iba a crear las condiciones de unificación e interdependencia económica previas a una gran revolución global. Hoy sería un funcionario ideal de la ONU o de la UNESCO, un apóstol de un mundo sin fronteras y de la abolición de las identidades en el melting pot del globalismo. Sin duda, en ese aspecto, nuestros radicales burgueses también son unos buenos comunistas.

La experiencia de la URSS

En 1917, contra todas las previsiones de los propios marxistas, que consideraban a Alemania o a Inglaterra más maduras para la Revolución, el gobierno democrático de izquierdas de Rusia fue derribado —sería mejor decir que se autoextinguió— por una facción marxista, los bolcheviques de Lenin, que pensaron que, pese a su presunto «atraso», las condiciones objetivas propias del país y la naturaleza altamente centralizada de su capitalismo posibilitaban una revolución socialista en el antiguo imperio de los zares. Todo, por supuesto, a la espera de la gran revolución alemana y europea que nunca se produjo.

Lenin era una versión concentrada de Marx. Buena parte de su vida la pasó alejado de una Rusia que despreciaba, y durante su dictadura implantó un orden social muy parecido al igualitarismo progre de hoy, salvo en la economía, pero en medio de un terror y una escalada de crímenes que convirtieron a los bolcheviques en los herederos de Robespierre y Saint-Just. Como primera paradoja del socialismo real, la revolución proletaria triunfó porque supo manipular una colosal jacquerie en el campo ruso. Y,

Por primera vez en la historia,en la URSS un grupo de intelectuales controlaba un país y hacía con él un experimento desnacionalizador radical

por primera vez en la historia, un grupo de intelectuales controlaba un país y hacía con él un experimento desnacionalizador radical: persecución y exterminio de sus élites culturales, religiosas y sociales; práctica proscripción de la misma palabra «Rusia» y de su conciencia nacional. La historia empezaba en 1917 y el resto del pasado era algo que exorcizar. Desde 1917 a 1934 Rusia fue un país dominado por una serie de personajes de dudosa calaña cuya seña de identidad básica era ser no-rusos, con escasas excepciones como Bujarin o Rykov. El Estado-Policía apenas contaba con los nacionales en los altos cargos, sólo en las fuerzas armadas predominaba el elemento ruso, ya que se formaron con antiguos oficiales de Ejército imperial. Fruto de la ajenidad de la élite cosmopolita del Kremlin fue la aniquilación despiadada del elemento campesino, al que las teorías marxistas consideraban enemigo natural de la Revolución, pese a que sin ellos la experiencia bolchevique sólo habría durado un poco más que la Comuna de París. Sin duda, las principales víctimas de la URSS fueron sus campesinos, los depositarios de la tradición nacional, del Volksgeist. En esto también nuestros izquierdistas siguen la tradición de Lenin, pero sin ejecuciones en masa.

La dictadura del Proletariado de 1917 pasó a ser la dictadura del Partido en 1918 y la de José Stalin en 1927. Las purgas de 1934 a 1939 acabaron con la élite de intelectuales que amenazaban el poder del georgiano y, nueva paradoja, el peso de los rusos étnicos fue creciendo, especialmente a partir de 1941, cuando la invasión nazi acaba con la Unión Soviética marxista y origina la Unión Soviética «rusa», el comunismo «nacional», un oxímoron teórico que, pese a todo, duró medio siglo. La Gran Guerra Patriótica (1941-1945) es la mayor hazaña colectiva de un pueblo en el siglo XX y la más colosal de las paradojas rojas. No se deje engañar el lector por la propaganda americana: a los nazis sólo les podía derrotar una dictadura más eficaz e implacable que la suya, con una viva conciencia colectiva de ser comunidad popular, de formar un pueblo (narod).

A los nazis sólo les podía derrotar una dictadura más eficaz e implacable que la suya, con una viva conciencia colectiva de ser comunidad popular

Hasta la operación Barbarroja, las democracias occidentales se habían limitado a traicionar a Polonia y a correr delante de la Wehrmacht. En junio de 1941, el tinglado leninista se vino abajo y, mientras las tropas alemanas arrollaban las defensas rusas, el primer personaje importante que llamó al pueblo a la resistencia no fue Molotov, ni Kalinin, ni Stalin, sino el patriarca Sergio en una carta pastoral. Stalin reaccionó tarde pero bien: la Internacional dejó de ser el himno de un Estado sin patria y se compuso la magnífica música que todavía hoy representa a Rusia. Se sacaron del olvido a Kutúzov, a Suvórov y a Pedro el Grande. Rusia, inmortal, demostraba que la dominación cosmopolita de unos cuantos intelectuales y polizontes iba directa al basurero de la Historia. En 1945 seguían existiendo el Partido y las bases teóricas de Régimen, lo que tuvo como consecuencia la esclerosis de las décadas siguientes, pero ya no se podía tapar la conciencia nacional rusa, sublimada a duras penas por los sicarios del Partido en «patriotismo» soviético. Entre 1953 y 1991, en la URSS, el comunismo se vuelve lugar común, consigna de burócratas y piel de zapa que de año en año mengua y pierde prestigio. Se siguió persiguiendo a la Iglesia, especialmente con Kruschev, y el poder soviético no dejó de asesinar a religiosos hasta en una fecha tan tardía como 1990 (padre Aleksandr Men). Pero el mito comunista estaba herido de muerte; tan es así que, en los años ochenta, la nomenklatura de Brezhnev prefiere a los nacionalistas antes que a los liberales del propio aparato del PCUS, pero el comunismo ya hacía mucho tiempo que era una cáscara ineficaz, un herrumbroso armazón que impedía el desarrollo económico.

Stalin, por motivos de pura supervivencia, se había convertido en el restaurador de Rusia y demostró así que las entelequias abstractas, los entes de razón de los intelectuales europeos, pueden construir un régimen policial y tener sometidos durante un par de décadas a sus súbditos, pero en los momentos decisivos, a la menor crisis, esa dominación se hunde: como pasó en el este de Europa entre 1988 y 1990. En este sentido paradójico, el del comunismo «nacional», del socialismo «patriótico», nuestros progres no son comunistas ni nunca lo serán porque son marxistas clásicos y odian la idea de España, de la misma forma que Lenin odiaba y despreciaba a Rusia y a los rusos étnicos. Una izquierda «nacional» es una contradicción en los términos; pero existe: los comunistas de Ziugánov en Rusia y hasta los gorilas de Cuba y Venezuela se consideran patriotas. Aquí pasa todo lo contrario: el partido de Errejón, el más inteligente pero el menos audaz de los progres, no tuvo los redaños para llamar a su partidito Más España, se quedó en un mediocre y desangelado Más «País», algo que lo retrata de manera implacable.

Con todo, en España es necesaria una izquierda nacionalista y no marxista, inspirada en Proudhon y no en Marx, que contrarreste desde otra perspectiva lo que corre el riesgo de acabar por convertirse en un discurso rancio de banderita de España, baile por sevillanas y cabra de la Legión. No se puede permitir que un conservadurismo mediocre, estrecho de miras, heredero del cacique Fraga, usurpe la idea de España y se olvide de la justicia social y del sentimiento colectivo, de una igualdad no igualitarista, que es la esencia de toda comunidad nacional. Esa aspiración, por lo visto, está condenada a un eterno fracaso porque aquí nunca se producirán las paradojas rojas, pues padecemos los rigores de una izquierda sesentayochista y antinacional, partidaria de la desintegración del Estado en taifas antes que de su fortalecimiento. Y es una verdadera desgracia para España, porque la necesita.

Fuente e imagen: elmanifiesto.com

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