FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Elogio de las sanitarios | Salvador García Llanos

Pasó el Día Mundial de la Salud sin que hubiera una celebración especial. Hay ocupaciones prioritarias. Y, en cualquier caso, el aplauso vespertino que a diario se escucha desde terrazas, balcones y ventanas, acaso sea la mejor prueba de reconocimiento a la abnegación y a la profesionalidad de su trabajo, el de los sanitarios, que lo reciben compartido con otros colectivos y servidores públicos y privados que se han dejado y se están dejando la piel para sobrellevar y contener la pandemia.
Pero es en los sanitarios donde hoy queremos poner el foco. Porque “no somos héroes, somos víctimas”, tal como expresó el doctor Gabi Heras, de un centro hospitalario madrileño, volcado en una tarea que ya dura semanas. “No somos héroes -dice al relatar su experiencia- porque nosotros elegimos voluntariamente nuestro trabajo y lo único que queremos es poder desarrollarlo de la mejor forma posible. Sin heroicidades, con profesionalidad. Y sí somos víctimas. Porque cuando uno va a una lucha tiene que ir con armas, con un escudo, con recursos humanos y técnicos para defenderse. Y en esta pandemia no hemos tenido suficientes. No los han puesto a nuestra disposición”.
Claro que habrá casos como el del doctor Heras, cientos, miles, muchos. Y como los médicos, las otras escalas del personal sanitario. Algunos han dejado la vida en el ejercicio de sus funciones. Los más, han atesorado una experiencia singular que les marcará para siempre. Cuentan que muchos precisan de atención psicológica y otros muchos tratan, con ayuda de terceros y con su propio esfuerzo, evitar incurrir en depresión o estrés postraumático. Seguro que la experiencia es de tal dimensión que muchos sanitarios se estarán planteando su futuro. Se entendería. Por eso tiene razón de ser la afirmación del doctor Heras: los sanitarios, sin dejar de ponderar su entrega y su responsabilidad, también son víctimas, sobre todo cuando han tenido que luchar con carencias y limitaciones.
Pero nadie dejará de valorar su papel en el curso de la pandemia que requiere también de mucha paciencia. Gracias, sanitarios, muchas gracias.
Día 24 de la alarma
 
En efecto, este martes se conmemora el Día Mundial de la Salud. Es el día de la humildad y paciencia, si la Semana Santa discurriera por su orden natural de cultos y celebraciones. Habrá que conformarse con las campanas recordatorias.
Temprano aparece el repartidor de butano, después de que los operarios del servicio de recogida de residuos luzcan en su tarea vestimenta protectora.
Entre los primeros mensajes de la mañana, hay uno conmovedor: “Se nos muere la mejor de las generaciones que ha tenido nuestro país. ¡Los vulnerables se nos van!”. Viene firmado con una iniciales, FJGP. “Se van sin poderles dar un merecido adiós a los que menos merecen irse sin ser meritoriamente elogiados. ¡Hasta siempre valientes!”, escribe en el fragmento final del mensaje. Emocionante, sí señor.
Como también lo es la escena de media mañana, bajo el balcón, en torno al cono superviviente de no se sabe qué. Un equipo de Caritas Diocesana baja de un furgón y a los pocos minutos ya está informando y atendiendo a un ciudadano extranjero, barbado y de abundante melena rubia, que deambula y precisa ayuda, está claro. Se entienden en inglés. No sabe dónde vive. ¿Se estará quedando al raso? ¿Junto a una embarcación quizá? El personal de Caritas trata de orientarle y hasta le ofrece picadura de tabaco, antes de dejarle una garrafa de agua y una bolsa con alimentos. La escena se repite minutos después, con otro (presumible) extranjero, descamisado y cubierto por un sombrero de estilo mejicano. Le ofrecen una bebida caliente que sorbe sin apenas detenerse. Después de acerca al furgón y le dicen que se separe. Acepta de muy buen grado, como si estuviera advertido de la distancia social. Se van, también el personal de Caritas, tras el enésimo servicio en plena calle.
No se escucha por la tarde la voz del barítono o tenor invisible. El día anterior nos había dejado con fragmentos de la aria de la ópera Rigoletto, ‘La donna é mobile’. ¡Quién iba a decir que tendríamos tan cerca, en este peculiar escenario, a Giuseppe Verdi!
El canto, el ensayo, lo que sea, tras bambalinas de pisos o apartamentos, proporciona un especial sentido musical a las largas jornadas de confinamiento. Hoy, por fortuna, parece remitir el encendido tono de los intransigentes y odiadores de una red social. Acaso habrán tenido en cuenta la manifestación del presidente del Partido Socialdemócrata portugués, líder de la oposición y ex alcalde de Oporto, Rui Fernando de Silva Río, cuando en un discurso memorable se dirigió al actual presidente del Gobierno, Antonio Costa: “Le deseo coraje, nervios de acero y mucha suerte. Porque su suerte es nuestra suerte”.
Esto sí que es patriotismo de verdad.

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