FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Imposición de arbitrios | Salvador García Llanos

Fernando_VII_| Foto de Vicente López | Wikipedia.
Los arbitrios se definen como una contribución fijada por un ayuntamiento para sostener el gasto público. Dicho de otra manera, son las tasas que se pagan por la prestación o el mantenimiento de un servicio público individualizado en el contribuyente.
En 1822, el Puerto de la Cruz registró algunas determinaciones curiosas sobre la naturaleza de lo que llamaríamos hecho imponible. Antes de explicarlas, veamos el contexto histórico de entonces:
Con el regreso a España de Fernando VII en 1814 queda abolida, junto con la Constitución de Cádiz, toda la obra legislativa y reformadora de aquellas Cortes instaurándose un período de absolutismo que perdurará hasta 1820, cuando Riego se pronuncia en Cabezas de San Juan (Cádiz) instaurándose otra vez la Constitución y las Cortes.
Pero el llamado Trienio Liberal (1820-1823) fue un corto período de nuestra historia al que sucedieron diez años de absolutismo, la llamada década ominosa (1823-1833), declarándose por segunda vez la abolición de la Constitución y las Cortes.
Estos cambios entre regímenes liberales y absolutistas afectaron no solo al acontecer de la vida política y de sus instituciones, sino también a la vida de muchos españoles cuya adhesión a un régimen o a otro podía influir en su seguridad y en su subsistencia.
Entonces, en aquel 1822, la Diputación Provincial hizo un estudio sobre la necesidad de establecer un sistema de arbitrios para proveer fondos o recursos con que atender a las cargas generales de la provincia y a las particulares de cada municipio.
Según relata el que fuera cronista oficial del municipio, Nicolás Pestana Sánchez, en un trabajo personal de investigación elaborado en noviembre de 1964, el Intendente General presentó a la Diputación un Plan de Arbitrios al que la corporación dio conformidad, aprobando las tarifas de los derechos que deberían exigirse de los frutos y afectos de estas islas, “en su exportación de unas a otras, al extranjero, a las Américas y a la Península, así como también en la importación de algunos y del vino y aguardiente que se vendiese en las tabernas al por menor”.
La corporación local designó una comisión para que realizase un detenido estudio sobre el particular. El Puerto tenía entonces empadronados mil ciento trece vecinos. Cuenta Pestana que “de la lista formada al efecto, resultó que había sesenta y tres comercios o tabernas en las que se vendía vino y aguardiente”,
Y es cuando se empieza a hacer los cálculos. La comisión concluyó que el gasto diario debería ser de una pipa de vino y cuarenta cuartillos de aguardiente, como mínimo. Por consiguiente, al año se consumirían trescientas sesenta y cinco pipas de vino y treinta pipas y cinco barriles de aguardiente. En consecuencia, el valor de estos arbitrios sería:
· Por 365 pipas de vino, a 4 maravedís por cuartillo: 20.611,26 reales.
· Por 30 pipas de vino y 5 barriles de aguardiente, a razón de 8 maravedís por cuartillo: 3.465,10 reales.
-Total: 24.047,2 reales.
Consignando en los presupuestos los haberes que percibiría la persona a la que se encargase el cobro de los arbitrios, la cual percibiría una comisión del 25 % del total de lo recaudado, o sea 6.011,25 reales, el importa quedaría reducido a 18.035,11 reales.
Luego estaba el capítulo de gastos de la municipalidad que estaban estipulados de la siguiente manera:
· Sueldo del secretario del Ayuntamiento: 3.000 reales.
· Sueldo del maestro de primeras letras: 6.000 reales.
· Gastos de la secretaría general: 3.000 reales.
-Total 12.000 reales.
De acuerdo con la investigación de Pestana, descontado este importe de lo recaudado anualmente por los arbitrios sobre el vino y aguardiente, quedaban, como sobrante, 6.035,11 reales.
En definitiva, que con el gravamen impuesto solamente al vino y al aguardiente, “que pagaban las personas de buen beber, quedaban cubiertos los gastos de primerísima necesidad del municipio en aquella época y aún sobraba para el arreglo de alguna calle”.
El consumo de alcoholes, desde luego, servía para la financiación de gastos fijos y servicios públicos que habría de prestar la corporación.
Día 14 de la alarma
Mañana radiante. Pero ya no se distingue un sábado de los demás días de la semana. Son todos igual de vacíos, de preocupación, de miradas proyectadas sobre un paisaje urbano monótono. Paisaje de postales antiguas, que diría Manolo Torres. El paso de los dueños y sus perros atados es lo único que anima y altera. La proximidad de las palomas invita a un juego breve.
Los medios se hacen eco del fiasco de la cumbre europea. Hasta la impactante foto del papa Francisco, impartiendo la bendición para todas la ciudades y para todo el mundo, vacía la plaza de San Pedro, en el Vaticano, hace presagiar lo peor para la suerte de la Unión Europea. Nunca antes se mostró tan débil, tan incapaz de alcanzar un acuerdo para solventar una situación con arreglo a la filosofía con que fue concebida. Aprietan al máximo Alemania y Holanda para que Italia y España utilicen el fondo de rescate. La voz del primer ministro de Portugal, Antonio Costa, refiriéndose a la postura neerlandesa, que incide en la necesidad de investigar a España, retumba: “Es repugnante”. Cosido con alfileres, el europeísmo está herido de gravedad. “Si ahora no, cuándo”, se pregunta el editorial de El País.
Ligero alivio en el número de personas que han salido de la enfermedad. Pero las cifras de contagios y fallecidos son apabullantes. Y también las de sanitarios en nuestro país que han dado positivo, cerca de nueve mil quinientos.
A última hora de la tarde, comparecencia televisada del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Con temple, sigue dando la cara. Es su deber, desde luego. Avisa que el periodismo es un servicio esencial. Sabe que cualquier anuncio encontrará rechazos pero en nuestra opinión sigue creciendo su estatura política en medio de la desoladora situación y de una de las más graves crisis a la que se haya enfrentado presidente alguno de la democracia, recuperada en 1978.
Y ya de noche, la noticia del fallecimiento de Macario Benítez, alcalde socialista de El Rosario (La Esperanza), durante varios mandatos. Benítez trabajaba desde que salía el sol hasta que se despedía de sus habituales visitas a domicilios vecinales o les daban las tantas jugando una partida de envite, tal era su campechanía habitual. Preocupado por el desarrollo del municipalismo, se integró activamente en los debates de las principales cuestiones que lo afectaban e hizo cuanto pudo para engrandecer su municipio. Pese a los reveses finales, será siempre recordado.

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