FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Una política criminal | Francisco Pomares

La Organización Mundial de la Salud volvió a insistir ayer en la necesidad de realizar masivamente el test para determinar la infección por Covid-19, aislar a las personas que den positivo y romper la cadena de transmisión para evitar más infecciones y salvar vidas. De una forma u otra, es lo que están haciendo países que superan los quinientos casos diagnosticados.

Excepto Reino Unido. Mientras el resto de las naciones impiden la concentración y circulación de personas, confinan a la población y cierran fronteras, el Gobierno británico ha defendido que todo se mantenga como si no sucediera absolutamente nada: no realiza test, no ha cerrado las escuelas, no ha introducido medidas para aislar los casos, y su primer ministro, Boris Johnson, ha explicado que el país no va a pararse por la enfermedad, que el coronavirus solo afecta a un porcentaje muy pequeño de los infectados y que lo primero es salvar la economía. Hace menos de una semana, cuando los diagnosticados en Reino Unido no superaban los 300 infectados, el Gobierno de Johnson impuso una estrategia diferente a la del resto de la comunidad internacional ante esta crisis: decidió defender la economía por encima de la salud, y contra el criterio de la comunidad científica, anunció que su Gobierno dejaría que la enfermedad circule libremente, y contagie a 40 millones de personas aunque se produzcan cientos de miles de muertos, convencido de que creará inmunidad, hipótesis que nadie considera cierta.

Johnson pidió a los británicos que se preparen para el sacrificio de los más débiles, habló de fosas comunes y de instalar una morgue gigantesca en Hyde Park. En realidad, lo que hizo fue poner en marcha una estrategia acientífica basada en la maquinaria propagandística post-brexit, netamente ideológica, un discurso político inspirado en los mismos cuentos que defendió para lograr sacar a Reino Unido de la Unión Europea: la autonomía de Westminster frente a Europa, la confianza en la capacidad de las islas británicas de mantenerse al margen de la pandemia, y la defensa del capitalismo por encima de las personas.

Ayer, cuando Reino Unido superaba el millar y medio de diagnosticados, la mayoría en Londres, Johnson comenzó a moderar algunas de sus propuestas y pidió a los británicos que se mantengan aislados, eviten cualquier contacto social «no esencial», recurran al teletrabajo y dejen de frecuentar pubs y teatros. Pero no se decide a darle la vuelta a su estrategia criminal: sigue pensando que el país puede desarrollar una inmunidad de grupo que proteja a los más sanos, y plantea que los mayores de 70 años se recluyan voluntariamente durante cuatro meses, mientras se niega a cerrar escuelas y mandar a los niños a sus casas. Él y su gobierno son el peor ejemplo de ese nacional-populismo creado por propagandistas y asesores electorales, que no resuelve problemas, pero siempre encuentran la forma de culpar a otros de que existan.

Johnson es un desastre para su país y para el mundo: está jugando con la vida de centenares de miles de personas, solo para demostrarse a sí mismo y al mundo que Reino Unido es diferente.

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