FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | La deriva | Francisco Pomares

La balsa de Medusa | Foto: Théodore Géricault | Wikipedia.

Al fulminante cese de Alfonso Alonso como candidato del PP a lehendakari en el País Vasco, motivado por su rechazo a los pactos con Ciudadanos, ha seguido el nombramiento digital de Carlos Iturgaiz, como candidato de Génova. Iturgaiz es un político resistente, un hombre de los tiempos duros en los que ser del PP en el País Vasco era estar en la diana de los terroristas de ETA. No puede decirse que él haya conspirado para sustituir a Alonso, pero sí que su nombramiento define una nueva etapa de hacer las cosas en un partido -y en una coalición, PP+Cs- que ha decidido refugiarse en el espíritu de Colón.

El nuevo candidato conservador en el País Vasco se ha estrenado calificando a Santiago Abascal como «una magnífica persona», y ha llamado a aunar fuerzas con Vox -un partido, como Cs, sin representación en las Vascongadas- para lograr la unidad de todo el electorado de derechas. Un discurso diametralmente opuesto al de su antecesor, el destituido Alonso, que siempre ha manifestado su desconfianza de Vox, un partido del que ha dicho en más de una ocasión que no defiende la Constitución.

En realidad, la depuración del PP vasco, y el nombramiento directo por Madrid de su candidato para las próximas elecciones, se enmarca en la inevitable política frentista y de bloques que hoy caracteriza el mapa político español. Las izquierdas y las derechas de toda la vida han optado por radicalizarse y abandonar el centro del espacio político. La formación del último gobierno social-comunista de Sánchez, con la entrega del presidente a Pablo Iglesias, mandamá de un partido minoritario, al que se premian sus declaraciones contrarias a la política del Gobierno con un puesto permanente en la comisión de control del CNI (una de las viejas aspiraciones de Iglesias), ha focalizado definitivamente la política española en dos bloques: uno es el de las izquierdas, necesitadas del apoyo de las fuerzas nacionalistas e independentistas para gobernar, y otro es el bloque de derechas -PP y Cs-, entregado ya sin tapujo alguno a un discurso legitimador de la ultraderecha, porque sin los votos de Vox (como el PSOE y Podemos sin los votos independentistas) la derecha no podrá volver a mandar.

El daño producido por la nueva política y sus criaturas -Podemos y Cs- al sistema político español ha sido devastador. Contra todo pronóstico, ni Podemos ni Cs han traído más democracia, más participación o más pluralidad. Todo lo contrario. Las estructuras de ambos partidos son poco democráticas, se sostienen sobre un centralismo asfixiante, la exaltación de sus líderes nacionales -que actúan como la casta que decían rechazar- y el sometimiento a las políticas emanadas de la dirección. No hay gran diferencia entre el liderazgo populista y nepótico de Iglesias y el liderazgo autoritario de Rivera o Arrimadas, monarcas absolutos, que rechazan compartir el poder interno y deciden sin concurso de nadie. Los partidos que iban a cambiar la democracia la han convertido en una excusa para que sus dirigentes medren, y con eso la política se desconecta cada vez más de las necesidades de la gente y se instala en discursos, peleas de salón y reparto de prebendas.

Lo peor es el contagio de las formas antidemocráticas, que hoy afecta a todos: PSOE y PP han olvidado sus promesas de primarias, democracia interna, direcciones colegiadas y reforma electoral. Sánchez no va a ser menos que Iglesias, ni Casado menos que Arrimadas o Abascal. Aquí manda el que manda: los afiliados hacen la ola y aplauden, y calientan las redes con insultos. Y alguno consigue colocarse. Esa es hoy la deriva de la partitocracia española.

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