FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Tortura en Venezuela | Francisco Pomares

Conocí a Chávez con ocasión de su visita a Canarias, invitado por Román Rodríguez, en un encuentro organizado en Presidencia del Gobierno en Las Palmas. Los que asistimos a esa cita salimos de allí fascinados por la personalidad histriónica y envolvente de Chavez. Y unos meses más tarde, después de algunas gestiones, pude verme con él en Caracas y entrevistarle. Ya entonces la sociedad de Venezuela -un país que he visitado una decena de veces- se encontraba en un proceso de grave bipolarización, y se empezaban a intuir los síntomas de desencanto y rechazo, y la radicalización de posturas e intereses. A pesar de eso, el magnetismo de Chávez seguía manteniendo su asombrosa intensidad. He de confesar que aquel segundo encuentro fue menos agradable que el primero: Chávez mantenía su carisma redentor, pero también me reuní con viejos amigos de siempre, demócratas comprometidos, que habían sufrido la bolivarianización del país, y desarrollado un rechazo hacia el Chavez y el chavismo que rozaba el odio.

Pero me estoy perdiendo en historias de abuelo Cebolleta: lo que debiera ocuparnos ahora no es el carácter fascinante del predecesor de Maduro, un tirano sin conciencia cuyas tácticas represoras desvela con todo lujo de testimonios contrastados el informe del Instituto Casla sobre la tortura y encarcelamiento de millares de venezolanos presentado ayer en el Senado.

Lo que debe preocuparnos es la candidez del socialismo español con las estrategias desestabilizadoras que sigue practicando el gobierno bolivariano. Hace ya cinco años, al inicio de la crisis política española, el embajador venezolano en Madrid, Mario Isea, entregó a los diputados del Partido Socialista Unido de Venezuela un informe, filtrado por ‘El País’, en el que pedía al Gobierno de Caracas que -antes que procurar la normalización de las relaciones con el Ejecutivo español, muy tensas durante el Gobierno de Rajoy– mantuviera la confrontación y movilizara a todos sus contactos internacionales para acallar las protestas por el encarcelamiento del opositor Leopoldo López. El informe fue redactado poco después de que el presidente español pidiera la liberación de López y recibiera a su esposa.

Icea describía la situación -desempleo, deuda, pobreza, tensiones territoriales, corrupción- y afirmaba que la agudización de las contradicciones en España favorecía a la izquierda, y si no se producía un «estallido social» era por la tradición de ahorro de las familias y la ausencia de alternativa política. Subrayaba Icea que éste último factor se había debilitado por la irrupción de Podemos y especulaba sobre lo que representaría para Venezuela y para sus socios de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (esa ALBA cuyo banco financió suculentamente al profesor Monedero) la llegada de Podemos al Palacio de la Moncloa. «España servirá de plataforma de difusión para toda Europa, de los logros del modelo venezolano» y se lograría «neutralizar la campaña» por la liberación de los opositores presos en las cárceles militares venezolanas, incluyendo a quienes se apartaron del bolivarianismo tras su deriva totalitaria.

Porque hay un chavismo de antes y un chavismo de después de hacerse con el poder. El de antes despertó las simpatías de miles de personas de todo el mundo y el de después nos trajo el actual estado represor de Maduro, un estado que ya no es más que la suma de una superestructura autoritaria, una dirigencia engolfada, una nación bicéfala y una sociedad rota y sin posibilidad de recuperar su cohesión interna.

Kafka escribió «cuando pasa el torrente de la revolución, lo que deja detrás es apenas el lodo de una nueva casta». Le falto añadir a esos centenares de opositores presos, encarcelados y torturados, de esas mujeres violadas, que hoy claman por justicia, mientras el gobierno español coquetea con un régimen asesino.

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