FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Duelo de gestos | Salvador García Llanos

Escarlett O´Hara
Desde antes de ejercer cargos públicos, hemos preconizado la importancia de las formas en política, no digamos ya en el ámbito parlamentario o en cualquier otro institucional que esté a la vista o requieran de transparencia. Son innumerables los episodios en los que predomina el irrespeto, en cualquiera de sus expresiones: palabrotas, insultos, intentos de agresión, gestos, comportamientos completamente impropios o inadecuados. Hemos comentado algunos de ellos, no por un excesivo afán moralista o porque vayamos por la comunicación con una obsesión de enjuiciar los hechos siquiera desde una óptica exclusivamente ética, sino porque consideramos que los cargos públicos, en el ejercicio de los mismos, deben dar ejemplo, actuar en todo momento de forma cabal y conducirse consecuentemente. Jamás perder las formas, es un pensamiento que hemos defendido en más de una oportunidad.
Se observa que no solo es nuestro país ni allende las fronteras donde se producen hechos reprobables que van acentuando el rechazo hacia la política y siembran el desprestigio entre la clase política. Cuando se ha visto -literalmente- pelear, a puñetazo limpio, en parlamentos orientales e incluso hispanoamericanos, embarga la tristeza y genera automáticamente ese movimiento de cabeza de desaprobación que lo dice todo.
Ahora también en escenarios presuntamente civilizados y democráticamente maduros, como Estados Unidos, se registran hechos inaceptables y hasta difíciles de creer si no fuera porque las señales de televisión actúan como fedatarios públicos. Allí, donde el mismísimo presidente, Donald Trump, está siendo sometido a un juicio político para intentar destituirle, abochorna su comportamiento en la sede del legislativo, donde con su talante habitual, que hace presumir una prepotencia inconmensurable, se permite no saludar a la presidenta de la Cámara cuando ésta, de pie, desde su sitial, le da respetuosamente la bienvenida antes de empezar. Damos por supuesto que allí conocerán lo que aquí conceptuamos como cortesía parlamentaria. ¿O quizá no? Está claro que los tratamientos posteriores, de presidente a presidenta, ni existirán.
La titular de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, no se quedó atrás: aguardó a que Trump terminara de leer su discurso para afrontar el debate y rasgó los folios del texto a la vista de todos, puede que en clara señal de disconformidad con su contenido o de devolución de la malcriadez por no haber sido correspondida.
Si el primero hizo la cobra -se dice así, ¿no?-, la presidenta de la Cámara lo reprobó sin miramientos. Fue un duelo de gestos, desde luego. Pero en uno de los templos de la democracia y en el arranque de una solemne sesión parlamentaria, no debió producirse. Pelosi está siendo calificada de Escarlata O’Hara y puede que haya salvado los muebles pero los caucus de su partido fueron poco menos que caóticos, valga el juego de palabras.
La proximidad en el tiempo de ambos acontecimientos habrá inclinado la balanza. La mayoría parlamentaria republicana obró una absolución, por lo demás, esperada. A estas alturas, las formas y los gestos en la política -también en territorio yanki- importan cada vez menos.
Pero seguiremos pidiendo respeto.

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