FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Torra mueve ficha | Francisco Pomares

Quim Torra oficializó ayer el anuncio de lo que ya era un secreto a voces en Cataluña: habrá elecciones anticipadas al Parlament hacia mediados de año, si se cumple el acuerdo entre los de Colau y el Govern, para que los presupuestos se voten el próximo 18 de marzo. Muy en su estilo -ni sí ni no, sino todo lo contrario-, Torra ha dejado meridianamente claro que no habrá elecciones hasta después de que se aprueben las cuentas, algo que no es del todo seguro que vaya a producirse a la primera intentona. Pero lo interesante del anuncio es que Torra finiquita la legislatura respondiendo a su propio y personal interés: antes de convertirse por decisión del Supremo en el ‘pato cojo’ de la política catalana, Torra decide que todos sean palmípedos averiados. Una curiosa estrategia la de este cuatrero racista que hoy preside la que fuera una de las más avanzadas y prósperas regiones del país, hoy convertida en un ‘nación’ con la democracia hipotecada, donde no se cumplen las leyes y se alienta la xenofobia.

Torra no ha consultado su decisión de convocar elecciones con sus socios republicanos, ni siquiera con su vicepresidente. No en balde, el interés de este anuncio que Torra presenta condicionado a la aprobación de los presupuestos (en realidad es irreversible) es responsabilizar a Esquerra de haber roto la unidad de acción del independentismo, al aceptar (con la boca chica) que si el Supremo inhabilita a Torra, Torra queda inhabilitado. En definitiva, Torra convoca elecciones porque el presidente del Parlament ha asumido cumplir la decisión del Supremo, antes de acabar también él procesado.

«Esta legislatura no tiene más recorrido político», ha dicho solemnemente el sucesor de Puigdemont, cuando lo que debería haber hecho es retirarse y dar paso al siguiente. Torra se escuda unos meses más en la trinchera de su despacho, esperando hasta la aprobación del presupuesto, después de tres años de prórroga y bloqueo económico, con la Generalitat noqueada financieramente, y a la espera de recibir al presidente Sánchez la próxima semana. Cuando se vean, Sánchez sabrá de primera mano que la mesa de negociación entre gobiernos pactada por el PSOE con ERC se ha ido al garete: el secesionista Torra es un tipo tan sobrado que antes de ofrecer a Esquerra la victoria de ese encuentro entre ‘gobiernos iguales’, ha preferido dinamitar toda la estrategia republicana. No habrá mesa de negociación, y a cambio, lo que habrá es una radicalización creciente de una parte del secesionismo y de la política catalana, con unas elecciones en medio: uno no sabe si la bronca entre nacionalistas -la táctica del PSOE- mejorará las cosas, o incendiará de nuevo las calles de Cataluña. Combustible para la juerga de Perpiñán, a finales de febrero, desde luego que hay. Pero también es obvio es que la quiebra entre los de Torrá y los de Junqueras abre la posibilidad de un futuro gobierno de izquierdas -Esquerra, PSOE y los Comuns- que parece el único posible tras las próximas elecciones. La pregunta del millón es si eso puede ser útil para serenar la política catalana y reconducir al Govern por el camino de la legalidad y el servicio público, o más bien servirá para mantener secuestrado al PSOE, cautivo de sus contradicciones, y sometido a la deriva de la radicalización independentista.

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