FIRMAS Joaquín 'Quino' Hernández

OPINIÓN | El bar de Pepe | ¡Pin, pan, pun… Fugo! | Joaquín Hernández

El caso es desviarnos de nuestra ruta, cambiar nuestra mente de los problemas auténticos y cotidianos, hacia simulacros de problemas que en la realidad o no son problemas o son minucias, sin más interés, en  la educación global de nuestros hijos, que lo puede tener elegir entre estudiar griego, francés o inglés. El famoso Pin paterno es otra de las muchas chorradas que tenemos que aguantar y que sabemos solo sirve para dar “notoriedad” al partido que propone el rollo macabeo.

La educación de nuestros hijos no depende de pin y si de pan, porque en un hogar donde el padre no tiene trabajo o lo tiene a ráfagas, que se las ve y desea para pagar el recibo de la luz, el del gas y apenas pueden con la hipoteca o el alquiler abusivo del  piso que habitan, con un salario del miedo que apenas le permite llegar al día 10 de cada mes, hablarle de la educación que les ofrecen a nuestros hijos en las escuelas o institutos, me parece demagógico, irrelevante e incluso perverso.

La educación que ofrecemos a nuestros hijos no debe recaer en el programa de estudios, no serán ni mejores ni peores personas colocando “filtros” educativos a la enseñanza reglada, porque, ante todo, somos los padres y el entorno familiar los primeros y máximos responsables del futuro de nuestros hijos. Digamos que un 60% depende de las condiciones socioeconómicas del chico o chica en el ámbito en el que se desarrolle su juventud. Está científicamente  comprobado y demostrado, que los mayores niveles, en nuestros jóvenes, de drogadicción, delincuencia y analfabetismo se encuentran en los barrios marginales de nuestras poblaciones. La pobreza genera marginación social, de nada sirven las leyes educativas, de nada han servido las sucesivas reformas de nuestra forma de enseñar.

No hay más. Todo lo que podamos decir, todo lo que digan los libros más sesudos pasa por aquí. Los hijos se salvan o fracasan, principalmente por el entorno familiar de sus padres, mira a tu alrededor y lo verás.

Esa es, ahí está, la auténtica siembra de la educación. Ya podrás leer libros, ya podrás llevar a tus hijos a los mejores colegios, ya podrás matarte para que no les falte de nada. Como les falten esas misteriosas radiaciones que se desprenden (no se sabe cómo) de la familia, no acabará de granar su humana madurez.

Si más tarde, el hogar se convirtiera en una guerra constante, tendréis, antes o después, carne de abandono, de droga, de delincuencia, de depresiones… El ser humano en formación, sometido a las tensiones del orgullo liberado, en permanente choque, de aquellos que le debían amar, acaba estallando para buscar, también en caída libre, un escape aquel infierno.

Los padres tenemos la obligación de tener autoridad sobre nuestros hijos. Autoridad, sí, pero autoridad moral. Autoridad que viene de saber más, renunciar más, servir más, entregarse más, ser más… Autoridad poco sermoneadora, autoridad de la palabra oportuna y del silencio oportuno, en lugar de la verborrea o de los gritos, puro desahogo. Autoridad de maestro que convence. Autoridad sí, pero no policía.

Los hijos exigen autenticidad, verdad. No educamos con palabras sino con un lento contagio personal, al fin y al cabo, la palabra no es sino un  signo convencional con el que expresamos, o no –hipocresía-, lo que llevamos dentro. Pero la vida se expresa también con otros signos, y, mucho más de fiar, por más espontáneos que la palabra. Solemos muchas veces decir cosas estupendas, sobre todo cuando sermoneamos. Pero como de verdad es con esos otros signos que muestran nuestro comportamiento. Supongo,  que se darán  cuenta que soy un tío grande diciendo lo que hay que hacer. Me parece que les estoy sermoneando. Otra cosa es hacerlo. Las palabras vienen  bien para clarificar las ideas, para ayudar a asimilarlas. Pero en la educación que vengan después del testimonio.

Para terminar. ¿Saben cuál es el colmo de desinterés por los hijos y que ellos intuyen y por ahí empiezan multitud de problemas? Echarlos a la tele para que no nos roben el tiempo y nos dejen en paz. Acaban vengándose.

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