FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Ni omisión ni contravención | Salvador García Llanos

Imagen de kalhh en Pixabay.
Con mil euros de sanción han despachado en Coalición Canaria (CC) la disidencia de la diputada Ana Oramas en el voto de la investidura de Pedro Sánchez, ya presidente español, pese al ‘no’ rupturista de lo que inicialmente habían acordado los órganos de la formación nacionalista.
Hasta la solución -independientemente de la cuantía- parece ahondar en el proceso que vive CC desde que, pese a mejorar resultados en las elecciones de mayo del pasado año, ha ido siendo desalojada del poder en las instituciones, en algunas de las cuales se mantenía desde hace décadas.
La decisión de Oramas, que parecía visiblemente arrepentida el día después de modo que hasta llegó a pedir perdón por no decir a los suyos que iba a irrespetar su decisión, no es buena para la democracia ni para el sistema de funcionamiento de los partidos. Cierto que Oramas fue jaleada -como si aquella indisciplina hubiera sido un acto de heroicidad- pero a medida que transcurrieron las fechas y se sucedieron algunos acontecimientos, cualquier persona juiciosa sabe que esas cosas no se hacen. Ni la omisión ni la contravención. En una época en la que la política y los agentes para canalizar sus decisiones -se supone que democráticas- necesitan solidez y coherencia, para que la ciudadanía conserve, al menos, los grados de confiabilidad que se otorgan y no prosiguen su evaporación ante el avance de opciones populistas y radicalizadas, callar ante los propios leales las verdaderas intenciones y no avisar de la desobediencia en la que se va a incurrir, es, cuando menos, reprobable, políticamente hablando.
Razones habrá tenido Ana Oramas que quizá algún día sean conocidas. Y admitimos que pueden ser el germen de alguna operación política que signifique la voladura controlada de CC y la resurrección de las Agrupaciones Independientes de Canarias (AIC), con el correspondiente reparto territorial. Total, para que Canarias siga siendo región polémica (con permiso de Carballo Cotanda) o territorio incapaz de una mínima entente vertebrada, pese a haber disfrutado de las mieles del poder durante años y años.
Pero su disidencia no contribuye a la madurez política. Hasta es relativamente fácil protagonizarla. Pero queda mal si no se es consecuente con la determinación. La renuncia era el siguiente paso. Pues no: dio pie a la confusión de propios y simpatizantes, alimentó el desconcierto -mucho tiempo jugando a eso con la gente- y vio minimizado su impacto desde que Unidas Podemos propuso a Victoria Rosell como delegada del Gobierno en su lucha contra la violencia de género y desde que Pedro Sánchez dio a conocer en las primeras horas de la mañana del sábado el nombramiento de Carolina Darias San Sebastián como ministra de Administraciones Territoriales y Función Pública.
Oramas se ha quedado sola. Duran poco los papeles de heroína. Cuesta mucho que la valentía -si es que la hubo- sea reconocida en política y vaya impregnada de sostenibilidad. Su disidencia y las circunstancias dejan a CC en un oscuro callejón.

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