FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | ¡Viva Cartagena! ¡O León! | Francisco Pomares

José Antonio Díez Díaz

Ya saben que el alcalde socialista de León -y los suyos-, con el voto del concejal de Podemos y de una conga electorera local, quieren acabar con la dependencia del viejo reino de León de la taimada Castilla, tierra de reinas desaseadas y compulsivas, empeñadas en robarles a los leoneses su identidad, sus linajes y su mejor mantequilla.

En fin… lamento decir que no me sorprende: España es un país de idiotas. Cuanto más viaja uno fuera más se da cuenta de lo estúpidos que somos, sobre todo cuando se trata de defender lo propio común. Supongo que no es políticamente correcto hacer esta declaración sobre nuestra estulticia que quizá ofenda a muchos compatriotas. Pero resulta que en este país de idiotas, hay cada vez más idiotas dispuestos a ofenderse precisamente si los tratas de compatriotas. Supongo que ellos no se sentirán especialmente aludidos.

Es probable que el alcalde de León -preocupado ahora por cuestiones tan importantes para el futuro de su ciudad como la identidad leonesa- sí se sienta aludido: él no ha pedido romper con la indisoluble, ejem, unidad de la patria, solo quiere librarse de las provincias pobres de Castilla-León (Soria, Avila, Segovia) que son, sin duda, las que impiden el sagrado desarrollo y bienestar de los leoneses. Malditos sean siempre los pobres. Los pobres de carne y hueso y los territorios donde viven. A ellos se puede aplicar el eslogan catalán de éxito, ahora ajustado al estupidario leonés: «Castilla nos roba».

Ustedes dirán que escribir del alcalde de León, este ilustrísimo gaznápiro, es una pérdida de tiempo. Puede. Pero son estas memeces edilicias las que al final cargan la munición del odio y la sinrazón que enfrenta -a veces hasta la sangre- a los españoles.

La historia se repite en este país como un estribillo de canción del verano: cada tanto perdemos el juicio y la cordura, cada tanto nos matamos unos a otros con fiereza y saña.

Y siempre empieza con cosas así de vanas: el 11 de febrero de 1873, Amadeo de Saboya, harto de los líos españoles (el era italiano), lió el petate y se mandó a mudar. Unas Cortes con más de los dos tercios de diputados pertenecientes a partidos monárquicos tardó apenas cuatro horas en proclamar la República, y cuatro meses después, en las tres cuartas partes de las provincias se habían constituido cantones federales.

¿Y qué?, se preguntará alguno… Pues no. Ocurre que en España tenemos cierta tendencia a dejar que nos gobiernen imbéciles o criminales: los que mandaban entonces en Cataluña hicieron lo que suelen, y en el País Vasco siguieron en sus guerras por los fueros (a tiros) con el resto del país.

Eso es costumbre: no lo era el que un almirante cartagenero secuestrara los barcos de la Armada y bombardeara con ellos Almería, y acudiera a imponer a cañonazos la república federal en Alicante. O que Granada declarara la guerra a Jaén, Jumilla (la del vino) a Murcia, Cádiz a Jerez y se enviarán 3.000 efectivos a Madrid desde los cantones levantiscos. O que el presidente de la República (duró 18 meses) autorizará a los ingleses y alemanes a capturar a cañonazos a la flota díscola con pabellón colorado del cantón. Solo fue un pequeño ensayo de la salvaje matanza que vino sesenta años después. Porque el nuestro es un país de idiotas con muy mala memoria. Y mucha mala leche cuando se sueltan.

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