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OPINIÓN | Homogeneizar la fórmula de promesa o juramento | Salvador García Llanos

Arranca la legislatura con el show de las fórmulas para prometer o jurar el cargo a cargo de sus señorías. O se corrige esto o quedamos expuestos a que en cada sesión constitutiva de las Cortes se produzca un número similar que sea, incluso, más noticia que la elección de los componentes de la Mesa. Ya está bien.

Desde que se inventó aquel ‘imperativo legal’, a peor la mejoría. Han ido adornándolo con expresiones superfluas, con connotaciones de tipo político, con latiguillos que hasta devalúan la fórmula. ¿Tan difícil es prometer o jurar, sin más? Parece que sí, cuando no se trata más que de una afirmación con la que se formaliza la toma de posesión.

Pero, nada, salen los valientes y los díscolos, los que creen sumar más afectos y ganarse a los propios o a aquellos que pasaban por allí y les gusta dentro de la rutina. Rutina inevitable, por cierto.

Que sepan los protagonistas del show que escriben una página que solo aumenta el desafecto hacia la política, especialmente entre quienes ya están hartos o son incrédulos. Algo tan serio y tan solemne, una formalidad, también inevitable, que debe estar reglada de manera uniforme, no habría de prestarse a chanzas ni extravagancias, por muy oportunistas que se presenten.

Quien no esté conforme, que no tome posesión. Y que advierta a su electorado. Así de radical. O que se prepare para recibir una sanción jugosa por su desvío. Cierto que el Tribunal Constitucional ha autorizado y ha dado por buenas fórmulas caracterizadas por la flexibilidad, o sea, que no desvirtúan el hecho principal: la asunción del cargo y su consiguiente responsabilidad política. Pero, con el debido respeto al alto tribunal, y siendo consecuentes con la libertad de expresión, la dignificación de la política y del parlamentarismo, empieza, precisamente, porque las primeras palabras de un diputado o de una diputada, ante el pleno de la Cámara y ante millones de espectadores que lo siguen por vía audiovisual, sean de respetable igualdad.

Nos gustaría saber si los empleadores de tan ‘originales’ y llamativas fórmulas, con alusiones más o menos veladas a las causas que abrazan, las autorizarían en sus respectivos ámbitos de influencia. Estamos casi seguros de que serían más radicales aún. A ver qué propugnan si a algunos grupos parlamentarios o a la propia Mesa les da por regular la fórmula, mediante ley o precepto reglamentario, homogeneizándola o uniformándola.

Señorías: si para lo básico y para la elemental cortesía institucional, si para lo inocuo, parlamentariamente hablando, no son capaces de converger y ponerse de acuerdo, no extrañe que el rechazo social hacia la política y sus manifestaciones siga creciendo.

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