FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | A Babor | Saber irse | Francisco Pomares

Albert Rivera anunció anteayer que deja la presidencia de su partido, su escaño en las Cortes y la política. Y lo hizo: dejó la presidencia de su partido, su escaño en las Cortes y la política. Sin esperar al día siguiente, a la convocatoria del Congreso extraordinario de Ciudadanos, o a la elección de su sustituto. Rivera no quiere tutelar la promoción de quien haya de sustituirle, ni pretende pastelear con su retirada. Se va y punto pelota. Dedicó quince minutos a explicar su decisión a sus colegas, a los votantes que le acompañaron hasta el final y -sobre todo- al resto de los españoles, y lo hizo sin una sola crítica o reproche, ni a sus adversarios, ni tampoco a sus compañeros de dirección, probablemente tan responsables del fracaso de Cs como el propio Rivera. Sólo se permitió un dardo envenenado envuelto primorosamente en una sentencia del presidente Obama: «Si para ganar tienes que dividir a la gente, vas a tener un país ingobernable», dijo. Y todos los que le escucharon supieron a quién se lo decía.

Rivera es sin duda un personaje extraño a los modos y las formas de la política española, un tipo levantisco y osado, ajeno a los hábitos de cálculo y resistencia a toda costa que caracteriza a la mayoría de nuestros líderes. Pero no estuvo muy hábil en las decisiones adoptadas estos últimos años, no fue capaz de digerir el extraordinario éxito de Cs en las elecciones del pasado 28 de abril, y es posible que incluso llegara a creerse que tenía la Presidencia del Gobierno al alcance de la mano, cuando el PP de Casado perdió la mitad de sus diputados. En los últimos cuatro años, el tiempo que Rivera ha estado en el Congreso, su trayectoria centrista fue escorándose cada vez más hacia posiciones de derecha liberal, demostrando que el centro en política no es un lugar en el que pueda permanecerse mucho tiempo, sino un sitio por el que se pasa.

Cs llegó a la política española para moderarla y sustituir a los nacionalismos periféricos como bisagra del PP y PSOE, pero hace dos años Rivera cambió esos objetivos, intentando sustituir al PP como gran partido del centroderecha. Su error, probablemente, fue no entender que sus opciones reales pasaban por sostener un Gobierno de izquierdas (o uno de derechas), jugando el rol tradicional de los partidos bisagra europeos. Rivera había ensayado esa posibilidad cuatro años atrás, recién llegado de Cataluña a Madrid, cuando intentó alcanzar acuerdos con el PSOE de Sánchez, que no prosperaron. Después tuvo que soportar ser convertido en encarnación de la ultraderecha (cuando Vox aún no asomaba mucho la nariz), por los mismos que le habían querido como socio, y más tarde en el compañero de viaje que los afiliados del PSOE no querían de ninguna manera.

Parece que ese desprecio le afectó más a él que al propio Sánchez, acostumbrado a sellar o romper acuerdos hoy con Juana y mañana con la hermana. Es difícil saber por qué Rivera se resistió tras el 28 de abril a un pacto que le habría dado la Vicepresidencia del Gobierno, y probablemente le habría colocado -a él y a su partido- en el centro de la política española durante décadas. ¿Ambición? ¿Coherencia? ¿Cabreo con Sánchez? Quizá de todo un poco.

Ahora no está. Y, aun siendo un hombre joven, es probable que no vuelva nunca al foro. Un desperdicio: se aprende más de la derrota que del éxito. Y Rivera es (o lo parece) un hombre decente. Tanto como puede serlo un político.

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