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Cementerio de Mingorrubio

Al final, el nuevo parque temático de la ultraderecha patria se instalará en Mingorrubio, entre la verja de acceso al cementerio y el mausoleo de la familia Franco. Después de años de decadencia de Cuelgamuros, el desenterramiento del dictador ha logrado devolver la caspa ya olvidada de la fachería nacional a la actualidad política. Franco vivo de nuevo, cuarenta años después de ponerle la losa encima.

Quién lo iba a decir, el Gobierno no ha escatimado recursos (a pesar de mentir diciéndonos que el coste del operativo será de apenas 12.000 euros) en el show de sacar a Franco de su cajón de granito y devolverlo al Pardo. Policía, camiones, ingeniería punta en materia de deshacer entierros y un helicóptero militar para transportar el féretro (el nuevo o el viejo, si aguanta) y evitar que el cadáver pueda ser interceptado por sus seguidores y nos den el soponcio en los telediarios con unos cuantos huesos desparramados.

Personalmente, yo era más partidario de la reasignación (creo que se dice así) del Valle de los Caídos como triste monumento funerario y museo del desastre. Pero parece que la presencia de Franco en el interior del túmulo que se hizo construir no procede por unos cuantos motivos perfectamente demostrables, entre ellos el más importante sería el de no ser finado de guerra, sino un señor que murió en su cama después de habernos dado dictatorial brasa durante cuarenta años. Creo que no habría estado mal resolver este asunto cuando tocaba, quizá en los primeros años posteriores a la Transición. Otros cuarenta años después de haber sido enterrado, con el franquismo afortunadamente superado y olvidado, toda la operación resulta un tanto? vamos a decir que inútil.

Si el sentido de toda esta funeralidad desatada es ofrecer a la nación el mensaje cívico de que la democracia ha triunfado, se me queda corto: habrá triunfado sobre un cadáver, pero no en sus objetivos principales de ofrecer seguridad, asistencia y felicidad a la ciudadanía. Si se trataba de cantar victoria, hacerlo ochenta años detrás, cuando hasta los partidarios del difunto son apenas el recuerdo de una tropa entre fantasmal y folclórica, hay que decir que es muy probable que no quede en pie ni un solo damnificado real por la guerra, y tampoco parece que la cosa merezca la pena. Y si se trataba de Justicia, con mayúsculas, pues vale, entonces adelante, pero sin redoble de tambores, aprovechamiento electoral y discursos heroicos: aquí el heroísmo ha sido mover de sitio unos kilómetros los huesos de un muerto, al que solo ha defendido -y solo en los tribunales- una familia diezmada.

El presidente Sánchez tiene ahora dos atracciones en las que lustrar su mensaje de renovación, modernidad y compromiso: uno es el parque de la violencia y la aventura, esa Cataluña donde con casco pueden romperte la crisma de una pedrada, y sin él mejor no salgas de paseo. El otro es este parque del terror en que van a convertir Mingorrubio, con sus huesos franquistas, sus bigotitos demodé al prespunte, sus procesiones falangistas, sus brazos en alto, sus montañas nevadas y sus banderas al viento. Una propuesta para sacar pecho sobre un grano de caspa en el trasero del olvido, una invitación para desenterrar (más que a Franco) la nostalgia del fascismo.

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