FIRMAS Marisol Ayala

OPINIÓN | Promesa paterna | Marisol Ayala

Una foto, un número de teléfono y algún recuerdo vago de adolescente. Con eso y un papel con un nombre y apellido se vino a Las Palmas. Tiene unos 50 años; cuando era pequeño su padre, un valenciano, le habló mucho de sus amigos canarios, de la gente que le ayudó a salir adelante en Canarias, a finales de los años setenta, años complicados.

Era pequeño y no podía ponerse en el sentimiento y la gratitud que escuchaba en las palabras de su padre de tal manera que su primogénito le hizo un encargo. “Si un día vas a Las Palmas localiza a Ramón, mi compañero, mi amigo, el hombre más bueno que he conocido. Búscale”.

Hace 15 años que papá falleció. El encargo paterno lo guardó en su memoria. Estaba afincado en Valencia y eso dificultaba encontrar a un señor del que nada sabía, salvo su bondad. Una aguja en un pajar, pero ese hijo sabía que su padre y Ramón eran como esos hermanos que elegimos sin imposición. El hijo acabó haciéndose cargo de los negocios de su padre.

Hace unos días en la casa de Ramón sonó el fijo. Él nunca ha querido ni móvil ni reloj porque dice que teniendo localizados a los suyos el resto no le interesa. Pues eso, que sonó el fijo y su mujer que atendió la llamada. Al otro lado una voz educada y nerviosa no sabía cómo iniciar la conversación así que disparó a bocajarro. ¿Ahí vive Ramón?, preguntó. En dos segundos la mujer le indicó que Ramón había ido a sacar a la perra. “No tarda nada, no va muy lejos. Déjeme un teléfono que desde que llegue le digo que lo llame”.

Ella sabía de la amistad de su marido con el empresario valenciano así que desde que apareció Ramón los hombres se vieron. Hablaron tanto, fue tanta la emoción que se quedaron solos en la barra y se hizo de noche.

 

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