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OPINIÓN | El bar de Pepe | El caso de Tomas Cook | Joaquín Hernández

Ya lo decía mi suegro Daniel Vera que en paz descanse: “Joaquín, no te olvides nunca que a marea baja golpe a la lapa”. Mi suegro fue un hombre sabio que la universidad de la vida lo había nombrado catedrático de honor, sabía muy bien que cuando las cosas se ponen “a huevo” hay que aprovechar la situación, o sea que la suerte no es otra cosa que saber aprovechar las ocasiones favorables.

La quiebra del tour-operador Thomas Cook no es un caso nuevo, ni siquiera aislado, ni algo inesperado, todo aquel que estaba metido en el mundillo del turismo sabía muy bien que el gigante ingles se estaba yendo a pique, se hundía sin remedio.

La pregunta es ¿a quien perjudica la quiebra de Thomas Cook y a quien beneficia?

Pues la contestación es bien simple, perjudica a los de siempre, a los 22.000 trabajadores que tiene repartidos en hoteles, agencias de viaje y transporte aéreo y marítimo, a nadie más y si le dicen lo contrario díganles que mienten como bellacos.

Verán ustedes, si observan bien, la movida financiera está detrás de todo este tinglado de ingeniería económica. No se trata de teorías conspiratorias, se trata de un complejo entramado de empresas superpuestas, capas de pintura, el mismo perro con distintos collares.

Después de cada quiebra existe, en la mayoría de los casos, espurios intereses de los propietarios de la  empresa quebrada, o sea, Thomas Cook ha caído en picado pero sus propietarios volverán a ser propietarios con otra empresa que comprará a la baja el patrimonio empresarial de la quebrada, esto no es nada nuevo bajo el sol.

Cuando las cosas no funcionan, lo mejor es aplicar  el viejo refranero mundial: The dog is dead, rabies is over» (muerto el perro se acaba la rabia).

Dentro de unos meses veremos las oficinas de Thomas Cook, sus hoteles, sus aviones y sus barcos con otro anagrama, todo volverá a ser igual, los millones de turistas británicos regresaran a las islas canarias, a las baleares, a la costas españolas volando en los aviones de la extinta empresa.

Por otro lado, el sector turístico español aprovecha el “muerto” para, con el victimismo que les caracteriza,  echar el anzuelo y pescar alguna que otra subvención millonaria que servirá para repartir “beneficios” añadidos a su excelente cuenta de explotación.

Pese a la muerte del tour operador británico, los hoteles, los bancos, los turistas esperando soluciones en los aeropuertos, pese al vandalismo que supone el despido de más de 22.000 trabajadores, este año España volverá a batir el récord de llegada de turistas, Canarias y Baleares mantendrán sus cuotas de turismo inglés e incluso se negociará al alza las contrataciones con los “nuevos” propietarios de “Amitis  British  air line” por ejemplo.

Sin embargo, sin beberlo ni comerlo, sin más culpa que nuestro sol, los españoles pagaremos, vía subvenciones, a los “sufridos” hoteleros unos milloncejos de euros que así como el que no quiere la cosa puede suponer, entre el gobierno central y los autonómicos “damnificados” por el affaire inglés la friolera de 15 a 20 millones de “eurazos” a fondo perdido.

No si ya lo decía mi tío abuelo Bernardo: “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

Pero que real es el refranero, ¡¡Me cachis en la mar!!

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