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OPINIÓN | El bar de Pepe | Que viene el lobo | Joaquín Hernández

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No crean que el cuento de Caperucita roja y el lobo feroz tiene el final que le han contado, ni de coña, el final del cuento es totalmente distinto. El lobo feroz no se quería comer a la abuelita de la niña bien mandada, nada de eso, el fiero animal a quien se comió fue a Caperucita, cosa de la que, según dicen malas lenguas, quedó encantada.

De tiempos inmemorables se dice “que viene el lobo, que viene…” como aviso de una tragedia, que llegue la manada de lobos y se coma el rebaño en lugar de comerse a Caperucita Roja.

Ahora se ha puesto en marcha la sirena de alerta, nos están dando el coñazo con el aviso que llega una crisis peor que la que estamos atravesando.

Uno, yo, que tiene su edad, que ha pasado toda su vida en una puñetera crisis, económicas, vitales, acojonantes unas y demoledoras todas, cuando oye los tambores de guerra, cuando empiezan a largar los gurús económicos, los ayatolas de la económica mundial la próxima “desaceleración” de la económica en el mundo mundial y que nos va a caer la del pulpo, sinceramente, ¿quieren que les diga lo que pienso? Pues que como no me quede embarazado, cosa bien improbable, me la trae al pairo la pregonada crisis.

El otro día, en un debate radiofónico, un señor (luego me enteré que era intelectual y economista a la vez) avisaba, en plan “que viene el lobo”, de los desastres que conllevaría el follón que se nos avecina, o sea, el tipo hablaba con tanto convencimiento que empecé a apretarme el cinturón otra vez más.

Y es que uno, yo, está harto de estar en ese estado “critico” desde que nació, que ha trabajado en el mundo de los medios de comunicación, que sabe de la estrategia del capital carroñero para lanzar campañas mediáticas encaminadas a controlar el mercado laboral y cuando te vienen con los “globos sondas”, te meten el miedo en el cuerpo, sabe muy bien que al sonar el tam tam, las señales de humo, cuando empiezan a utilizar el código morse, sabes muy bien a donde, a quien y porqué de la cosa.

Porque verán ustedes, hoy por hoy, cuando quieren desacelerar, acelerar, pisar el freno, o el acelerador, lo hacen sin decir ni pio, simplemente los seis de siempre, los que hacen y deshacen con nuestras vidas lo que le sale de los cojones, deciden en que zona aplicar el rodillo y hasta qué punto aplicarlo y se acabó, ya lo puede decir quien lo diga que se cargan a unos cientos de millones de personas en un abrir y cerrar de ojos.

Pero todo esto tiene una doble lectura, una pasa página.

Si tenemos en cuenta que vivimos en una crisis permanente, ya no solo económica también de valores, no es descabellado pensar que de lo que se trata es de convencer al obrero, al trabajador esclavizado por las sucesivas reformas laborales, que la espada de Damocles sigue sobre nuestras cabezas.

El tema es advertir que cualquier tipo de reivindicación de sus derechos en un escenario de preaviso de tsunami económico, puede suponer el “desastre” empresarial y por consiguiente la pérdida de su curro que, por muy indigno que sea, por muy esclavizado que lo tenga, por lo menos te permite no mendigar en los Bancos de Alimentos los primeros 15 días de mes.

¿Quién o quienes nos quieren contar que vamos directos al caos? Esta gentuza es tan cabrona que no saben, o si lo saben les importa tres mil pares de huevos de Koalas, también llamados “Phascolarctos     cinereus”, australianos, lo que a usted, querido lector o lectora, o a mi nos suceda. Lo que si les importa es avisar al currante que de reivindicar derechos laborales nada de nada.

Con esta situación “adversa” es normal que el gobierno de turno nos venga con la milonga: “Cuidado, que yo quiero derogar la reforma laboral que hizo el zoquete de Zapatero y el cabronazo de M. Rajoy, pero con estas circunstancias es imposible” … así que si gobierna Pedro como si lo hace Pablo, harán un par de retoques al tema pero tan pequeños, tan insignificantes que usted y yo no lo notaremos.

El capital se prepara para ganar más, y no se trata de ganar con el valor añadido al producto, ahora y desde hace 12 años, los empresarios tienen doble beneficio, el propio del llamado “beneficio industrial” y el otro añadido el del “trabajador esclavo”, el del currante callado, obediente, y rogando aquello de “Virgencita mía, por lo menos que me quede como estoy”.

El puto salario del miedo, la incertidumbre de saber que estás caminando por encima del filo de la navaja, tanto es así que al final te acostumbras a ser un caracol…

Cuando les hablen de avisos de crisis, háganme caso; manden al carajo a quien se lo diga… por favor!! háganlo.

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