FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | A Babor | Suspenso | Francisco Pomares

Lo que suele ocurrir cuando no te preparas un examen es que suspendes. Incluso es posible que lo suspendas si lo has preparado, porque -ya se sabe- el esfuerzo no es garantía de éxito, pero si no haces la tarea, lo normal es que te des un batacazo. Eso es lo que le ha pasado a Sánchez: convencido de su proverbial baraka, y tirando del manual de resistencia, acudió a la primera sesión del pleno de investidura sin haber hecho el más mínimo esfuerzo, y el hombre se ha llevado un bofetón de antología. Solo le han votado los suyos y el diputado cántabro, que debe estar convencido de que en la nueva Moncloa el presidente y su familia son dados al consumo de anchoas.

Sánchez ha realizado su apuesta: o Gobierno o elecciones. Es una apuesta tramposa, porque todavía no se decide si habrá elecciones antes que gobierno (elecciones habrá más temprano que tarde, porque vivimos en tiempos inestables), pero lo que se decide ahora es qué clase de Gobierno está dispuesto a aceptar Sánchez, y qué clase de política es la que quiere hacer, y con quiénes? para sorpresa de todo el mundo, Sánchez no ha preparado la investidura, convencido en que el gobierno será «sí o sí» socialista. Lo que ha hecho es rizar el rizo del tacticismo, como suele, y esta vez no le ha salido bien.

Ha ofrecido a los españoles (sobre todo a una parte de los españoles) un discurso de candidato de centro buscando la abstención del PP y/o Ciudadanos, una abstención que ni está ni se la espera, y mientras, ha enviado a la señora Calvo a negociar con Echenique un gobierno de coalición imposible, para tener entretenidos a los colegas de Podemos. Una apuesta doble, que además contenía un olvido sorprendente: en dos horas de discurso, el principal problema al que se enfrenta hoy el país -Cataluña- el presidente ni lo mencionó. Con Cataluña, Sánchez hace lo mismo que con la investidura: espera que el asunto se lo resuelvan otros. La investidura que la resuelvan el PP y o Ciudadanos absteniéndose, o Podemos votándole a cambio de una chapita que diga ‘ministra’ para la señora Montero, y Cataluña que lo resuelva el Supremo, que también tienen que ganarse el sueldo los jueces. Uno no entiende las ganas de Sánchez de mandar, si cuando tiene la oportunidad de hacerlo, quiere que sean otros los que lo hagan.

Una parte del pedestre discurso de anteayer estuvo dedicada a la necesidad de cambiar la constitución para que resulte más fácil pasar el examen de investidura. Es como si un alumno que sabe que va a ser suspendido pidiera cambiar el formato del examen. Y es que ocurre que la política comienza a olvidarse de que para gobernar es necesario contar con mayorías. El nuestro es un sistema parlamentario, por mucho que algunos recién llegados estén convencidos de que es presidencialista. Y en un sistema parlamentario se habla con el resto de los partidos, se negocia y se buscan acuerdos. No se exige a los demás que hagan lo que uno se ha negado a hacer.

Sánchez tiene tres oportunidades más: una hoy, las otras dos en septiembre. Nadie en este país (quizá con la excepción de Casado y eso no es más que una hipótesis) quiere que Sánchez convoque unas nuevas elecciones que probablemente tampoco van a cambiar mucho las cosas. Todo el mundo espera que haga lo que tiene que hacer. Negociar. Hacerlo con quien o quienes pueda gobernar, y asumir el riesgo que eso suponga.

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