FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | A Babor | Querer la luna | Francisco Pomares

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No tenía aún doce años cuando Neil Armstrong pisó la Luna aquella noche del 20 al 21 de julio de 1969. España era entonces un país muy distinto al que es ahora, la mayoría no podía permitirse tener televisión y la gente veía la tele en bares, tabernas, parroquias y tele-clubs. Andaba yo además de vacaciones con mi familia en Mazarrón, entonces un pequeño pueblo costero, con puerto y playa, donde veraneaban los murcianos que no podían permitirse los hoteles de la Manga.

No pude ver esa noche el alunizaje del módulo LEM, ni el pisotón de Armstrong sobre el fino polvo lunar. Cuando ocurrió, en España eran las cuatro de la madrugada, no era hora para que un niño estuviera en un bar. Pero más de 500 millones de personas siguieron a Armstrong en directo y le vieron bajar por la escalerilla del Apolo 11, y plantar su huella sobre la superficie. Yo lo viví al día siguiente en diferido -con idéntica ilusión en aquél tiempo de información diferida-, y escuché a Jesús Hermida desde Houston citar la rimbombante frase: «un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad». Y compré con mi padre todos los especiales de la prensa y todas las revistas -‘Actualidad Española’ publicó un maravilloso coleccionable en fascículos couché que aún conservo- y eran tantos los detalles técnicos, los mapas, los planos, tantas las fotografías, tan prolijas las explicaciones, tan entusiastas las entrevistas y declaraciones, que parecía como si la Humanidad entera que conoció la hazaña (o al menos la Humanidad entera que uno trataba: los amigos de vacaciones, mis padres y hermanos, mis primos, el tendero, el señor que alquilaba las sombrillas en la playa, la abuela, el cura y el camarero que nos servía en el bar; la Humanidad a ojos de un crío de once años), vivió el éxito de la NASA como un éxito de todos.

Para ese crío de once años, aquella luna de julio en el cielo negrísimo de la noche, dejó de ser la novia del toro enamorado, para convertirse en una brillante puerta al futuro, al espacio y a las estrellas, el destino último de los hombres. Pisamos la Luna -por supuesto que lo hicimos-, y hacerlo supuso para quienes sentimos el peso de aquel día una inolvidable conmoción. Porque la nuestra fue una generación que quiso la Luna, que creció en el sueño y las promesas de la Luna y creyó que el gran paso de Armstrong sobre un cráter al sur del Mar de la Tranquilidad, aquella huella de gigante, suponía el inicio de la gran aventura de la colonización sideral y cambiaría nuestras vidas para siempre.

Nuestras vidas han cambiado, sí, pero la Luna no tuvo al final demasiado que ver con ese cambio. En Estados Unidos, Vietnam sustituyó pronto a Cabo Cañaveral, y luego vinieron el desastre de Teherán, Reagan y la contra, la ‘guerra de las galaxias’, la caída del muro, la Perestroika, el choque de civilizaciones, el fin de la historia, internet, AlQaeda y el 11-S, la guerra de Irak, la crisis, Obama, Trump y las fake: el rastro de un mundo revuelto, perplejo y ensimismado, que dejó de mirar hacia el infinito y más allá. Ese fue el verdadero fraude que nos trajo la carrera espacial: hacernos sentir que conquistaríamos el universo, y descubrirnos años después que todas las ilusiones depositadas en el mayor esfuerzo científico de la historia, perseguían tan sólo ganar el espacio a la propaganda del enemigo.

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