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OPINIÓN | Basuras | Agustín Gajate Barahona

El otro día salí de casa con la intención de tirar en el contenedor de plástico y envases todos los que había desechado y acumulado a lo largo de la última semana y que representaba un importante volumen, más de el doble del resto de basura, aunque el peso fuera insignificante. Cuando llegué al lugar donde se encuentra el contenedor en el que habitualmente deposito estos materiales, me lo encontré rebosando y con más bolsas y envases a su alrededor.

Busqué otro contenedor y estaba igual y luego otro y otro y otro, hasta que encontré uno que estaba casi lleno y pude dejar mis bolsas y envases en su interior, no sin cierta dificultad, ya que tuve que empujar para hacer hueco. Hace unas semanas también me había encontrado mi contenedor habitual rebosando, pero no tuve que dar tantas vueltas para tirar los plásticos y envases.

Por curiosidad, durante los últimos días, me he fijado en la situación de estos contenedores y cada vez los veo más rebosados. Por pura casualidad coincidí con el camión de la basura que recoge los contenedores no destinados al reciclaje sino, en teoría, a la basura orgánica, y me extrañó el ruido que hacían al volcar la basura de su interior: sonaba a plástico y botellas de vidrio. Por si fuera poco, una mujer esperaba con dos bolsas que aparentemente contenían envases de plástico y espuma de poliestireno, que entregó al operario de limpieza y que fueron a parar al camión de la basura orgánica. Además llevaba en la otra mano dos garrafas de agua vacías con las que regresó a su casa.

No puedo hablar por el resto de personas y familias, pero en mi casa la mayor parte de la basura son envases de plástico, latas, tetrabriks y otros similares, mientras que la basura orgánica que generamos a diario cabe prácticamente en el cuenco de una mano y eso que cocinamos con hortalizas y comemos fruta a la que le sobra la cáscara, como plátanos, naranjas, melones y sandías, por poner algunos ejemplos.

Junto a la basura orgánica tiro también algunos envoltorios mixtos, que incluyen plástico y papel, como los que utilizan algunos grandes supermercados para empaquetar el pan y que resultan imposibles de separar.

Por eso me surgen una serie de preguntas: ¿Cada cuanto tiempo recogen los camiones los envases depositados en los contenedores? ¿Generan los demás hogares el mismo tipo de basura que el mío? ¿No habría que poner más contenedores para el reciclaje de envases y menos para los restos orgánicos? ¿No habría que impedir que los supermercados mezclaran plástico y papel en los envoltorios? ¿Los bares, cafeterías y restaurantes seleccionan la basura antes de llevarla a los contenedores? ¿Hay normativas municipales, insulares o autonómicas que ayuden, incentiven u obliguen a las empresas a gestionar sus residuos primando el reciclaje? Y en caso de que las hubiera ¿Se vigila su cumplimiento?

Acaban de constituirse los gobiernos locales e insulares y pronto se espera que lo haga el ejecutivo regional: ¿Podrían tomarse un poco en serio este problema y gestionar mejor los residuos y el reciclaje? Parece que todo el peso de estas acciones recae sólo en los ciudadanos, cuando debe implicar también a empresas y administraciones, que también generan muchos residuos, mediante actuaciones coordinadas, para evitar que la basura que generamos entre todos sea la triste protagonista de nuestras calles.

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