FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | A Babor | También es responsabilidad nuestra | Francisco Pomares

Existe entre los periodistas un cierto consenso sobre el hecho de que la ruina del actual modelo informativo es irreversible. Hace más de dos décadas que venimos hablando de crisis, casi desde que -en los últimos años del siglo pasado- se produjo la generalización de Internet como medio de acceso a la información. Ese debate sobre la muerte del periodismo -escrito y audiovisual- ocupa al mundo de la comunicación desde hace mucho tiempo, pero fueron la crisis económica y sus secuelas las que aceleraron la percepción de agotamiento del modelo informativo de noticias, una certeza que hoy se vive en las redacciones y que se ha convertido en preocupación recurrente de la profesión.

Es cierto que el panorama es desolador: en los últimos meses, sólo en Canarias, hemos visto la desaparición de tres medios informativos, incluyendo Antena 3 Canarias, que ayer emitió su último informativo regional.

Pero la crisis del modelo no es solo fruto de las dificultades económicas y los avances tecnológicos: vivimos también desde hace años un fenómeno del que se habla menos, que es el distanciamiento creciente entre información y sociedad, una suerte de rechazo al narcisimo de los medios, más pendientes del efecto de sus intervenciones sobre el poder que de su papel social. El desembarco en el mundo de la información de intereses absolutamente ajenos a esta, la concentración de los media, la entrada en los periódicos de grupos empresariales que mueven sus recursos de un negocio a otro, que trafican subvenciones con los gobiernos y que funcionan bajo la exclusiva lógica del beneficio comercial, ha provocado una verdadera quiebra de valores en la profesión. A veces esa quiebra llega hasta el extremo de renunciar a la deontología mínima del periodismo, que es contar lo que ocurre, o incluso a sustituir la información por mentiras y propaganda interesada, al servicio de intereses muy concretos.

Entre silencios y manipulaciones, el periodismo español atraviesa uno de los peores momentos de su historia, corroído por múltiples pecados: la aculturización, el amarillismo más descarnado, un corporativismo mal entendido que pretende colocar al profesional del periodismo por encima del bien y del mal, el recurso permanente a gastadas soflamas en defensa de una libertad de expresión que no es tal, sino patente de corso para el insulto y la injuria, el chalaneo servil con el poder político y económico, la sumisión a las fuentes que aportan exclusivas o publicidad, el partidismo, el vedettismo, la espectacularizacion y la mentira. Todas estas perversiones adornan hoy una profesión que se enfrenta cada vez más al desinterés y el desprecio del público.

Que eso ocurra es también responsabilidad del propio periodismo, de los periodistas, culpa nuestra. Porque lo que debería preocuparnos no es la caída de ventas de los periódicos, el cierre de medios o el desastre que supone todo esto para la profesión, sino la muerte de las noticias, del debate público, de la opinión independiente y -en definitiva- de la democracia y la libertad.

Debería preocuparnos qué clase de sociedad será una sociedad que se informe solo a través de las noticias más leídas, seleccionadas por algoritmos. La única certeza de que dispongo es la de que si no le ponemos algún remedio, esa será una sociedad aún peor que la nuestra.

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