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OPINIÓN | El bar de Pepe | Chicote y los niños canarios | Joaquín Hernández

El programa de Alberto Chicote en la 6ª televisión ha causado “ampollas” entre los ciudadanos canarios.

El famoso cocinero, más famoso por sus apariciones en la pequeña pantalla dando las campanadas de fin de año junto a la Pedroche y sus transparencias, que por su arte culinario, en su programa ¿te lo vas a comer?, destinado a la alimentación de nuestros chavales en los comedores de los colegios de nuestra comunidad, nos ha dicho que los niños canarios están obesos, gordos, y mal nutridos por culpa de la comida que les dan los catering o cocinas de los centros educativos canarios.

Alberto, que es muy de televisión amarillenta, puso contra “las cuerdas” a nuestras autoridades de la Consejería de Educación y Sanidad del Gobierno de Canarias.

Tal y como pudimos observar, nuestros mediocres y guanajos políticos hicieron el mayor de los ridículos ante las preguntas del cocinero televisivo.

Chicote nos vino a decir que, en base a sus “investigaciones culinarias”, en los centros docentes de las islas nuestros chicos comen fatal, muchos fritos, mucha papa arrugá, mucha croqueta y mucho filete empanado y que ese es el motivo principal de la obesidad de nuestros jóvenes.

El cocinero-periodista se pateó 50 colegios públicos del Archipiélago canario y en todos encontró una serie de irregularidades alimentarias en la confección de los menús dirigidos a los alumnos que prestan estudios secundarios en esos centros.

Yo creo que el problema no es el que nuestros hijos coman muchas papas fritas o arrugás, ni siquiera que se manden entre pecho y espalda un buen potaje de berros o unas buenas costillas con papas, o un bistec de cerdo con mojo picón, no creo que el problema de la obesidad de nuestra gente menuda esté en el tema de una buena y sana alimentación, porque de ser ciertas las instrucciones de los endocrinos y nutricionistas amigos que colaboraron con el interdicto informe, nosotros, los mayores, deberíamos estar todos por encima de nuestro peso una pasada de kilos.

Yo recuerdo que en mi niñez y posterior juventud, nuestros padres nos daban para desayunar un buen tazón de gofio con una rodaja de pan con aceite de oliva o mantequilla y miel, y nos íbamos al cole más felices que nadie. Al volver al medio día, entonces no se comía en las escuelas, ya estaba el potaje en la mesa donde tampoco faltaba una “pella de gofio amasado” con un buen trozo de queso de cabra y el pan nuestro de cada día, pero pan, pan como Dios manda, no la mierda calentita que comemos hoy y que llamamos “bague”. Por la tarde volvíamos a darle al trozo de pan con una onza de chocolate, aún estoy oyendo a mi abuela que me decía… “Joaquinito, engaña al chocolate, bocado grande de pan y pequeñito de chocolate” y para cenar cualquier cosa era buena, una tortilla papas de dos huevos para todos con una mandarina, naranja o manzana nos servía de ultima comida del día.

Nosotros no teníamos endocrinos, algunos, muchos, pasaron hambre, yo nunca.

La alimentación era natural, los alimentos no tenían más limitaciones que su valor económico, y las chuletas de cerdo rodeada de buenas papas fritas con su mojo colorao no faltaba los domingos en la mesa familiar, el rey de la mesa canaria siempre fue el Gofio, hoy sustituido por otra clase de mierda empaquetada llamados “corn flakes”.

Claro que nosotros, los niños de entonces, una vez que comíamos, casi con la comida en la boca, salíamos a la calle y no parábamos de dar patadas a una especie de balón hecho de retales de tela que robábamos de la cesta de coser de nuestra madre o abuela y con una cuerda atábamos en plan de pelota que nos servía para jugar al fútbol. O sea no parábamos 5 minutos en casa, la calle era nuestro recreo, parques no existían en nuestro barrio y hasta que no escuchábamos los gritos de nuestras madres llamándonos a casa.

Los niños de entonces no teníamos endocrinos ni expertos nutricionistas ni nadie que velase por nuestra salud, los niños de mi época nunca estuvimos obesos, jamás supimos lo que era el colesterol, y nos hartábamos de papas y huevos fritos, de chorizo y morcilla, de pan y aceite de oliva…

Los niños de ayer no teníamos televisión, ni “play station” ni “game boy” ni rollos macabeos donde permanecer sentados en plan zombi, con el mando en la mano y poseídos por el juego horas y horas, y sus papas contentos de que sea así y los deje tranquilos chatear con el móvil o ver su programa favorito…

A los chicos de hoy les hace falta más mover el culo del sofá, más gimnasio y actividades físicas y menos endocrinos y gallinas jóvenes en vino agriado o lo que quiero decir… menos pollas en vinagre.

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